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martes, 2 de abril de 2019

El muro de las alteraciones


 Muro de concreto de los Patios ornamentales del Parque del Este siendo alterado por la pintura de un mural (f.  @parquedeleste, 2015).



"No asumo la paternidad de nada que yo cree y sea modificado".
Roberto Burle-Marx (1975). 1


1. Obra limpia
Nadie quiere dejar tranquilo al Parque del Este. Debe ser su condición de obra maestra del paisajismo, de epitome del jardín moderno americano, de paradigma, que no está en el exterior sino aquí mismo en Caracas, lo que quizás lo hace tan atractivo a quienes constantemente lo irrespetan y avanzan en su desfiguración. Porque está muy claro: todo lo que afecta el diseño del Parque del Este es inmediatamente noticia; tan caro es este bello espacio publico en el corazón de los caraqueños.

Este gobierno ha encontrado un especial placer en destruir, de manera reiterada y sostenida, y en muchas formas distintas, entre todos los patrimonios modernos de la capital, al Parque del Este. La lista de agresiones y alteraciones es larguisima y variopinta contra este mundialmente aclamado Bien de Interés Cultural: la pérdida y sustitución de la flora de su paisajismo original por lo que a cada director de @Inparques o funcionario relacionado le ha venido en gana plantar; el abuso del uso y la proliferación de las construcciones y los usos espurios dentro del conjunto del parque; el polémico y lamentable episodio del Leander, de tan ingrata memoria;2 la mudanza y desfiguración de la Puerta Norte.3 Tanto es así, que en 2010 el Parque del Este entro a formar parte de la lista de Patrimonio Mundial en Peligro, la Watch List 2010 del World Monuments Fund, y los acontecimientos están siendo seguidos online por todos los expertos del mundo en el área.4

Pero lo peor de todo es el giro reciente que han tomado las cosas. Porque la ultima y solapada forma de agresión es la que hace desviándose de los lineamientos del proyecto original moderno de Burle-Marx de 1959 en las obras recientes de "restauracion" y "embellecimiento". Con enorme burla se hace gala de las nuevas "reinterpretaciones" contemporáneas del proyecto de Burle-Marx, léase por ejemplo la desfiguración hecha por PDVSA La Estancia de las fuentes de los Patios de Azulejos, que se le vende a los ciudadanos como una maravilla. De esos lodos proviene la denuncia de hoy.

Gracias a los esfuerzos de los ciudadanos que mantienen la magnifica cuenta @parquedeleste (a quienes esperamos que algún día algún esclarecido gobernante les encargue el cuidado del parque al que con tanto respeto aman y por el que todos los días luchan), nos hemos enterado del desmán que está ejecutándose contra un largo muro de concreto en obra limpia perteneciente a los Patios de Azulejos, o Patios de los mosaicos, de la zona norte del Parque del Este.5 En una insólita operación de megalomanía, andan pintando el concreto del muro con un mural multicolor de un conocido artista (que seguramente desconoce la gravedad y sinsentido como están usando su obra), yendo en contra de todos los valores plásticos, estéticos, arquitectónicos, paisajísticos y patrimoniales de los Patios definidos por estos mismos muros.

Los únicos muros de colores que deben existir en este sitio patrimonial de tan alta jerarquía son los que hizo en mosaicos artesanales el genial maestro carioca, quien por sobre todas las cosas era un artista. Allá no hay lugar para nada ni para nadie más. Ni que el mural exterior lo creara, como bien escribió @parquedeleste estos dias, "ni el mismísimo Leonardo da Vinci".

Conminamos al Instituto del Patrimonio Cultural a tomar cartas en el asunto y a hacer respetar la declaratoria que protege el Parque del Este. Pedimos la remoción del mural agresor que oculta la obra limpia del muro escultural de concreto y que se multe por igual a contratistas y contratados. Este muro de las alteraciones debe ser restituido a su aspecto original. YA!




Roberto Burle-Marx en su estudio (f. Ali Cordero Casal, 1991).


2. Un diseño protegido
El Parque del Este, considerado la mejor obra publica del maestro del paisaje moderno Roberto Burle-Marx, fue declarado Bien de Interés Cultural en la Gaceta Nº 36.490 / 07-07-1998 en 1998. A casi veinte años de esta declaratoria, se hace necesario seguir insistiendo en el significado de Patrimonio Moderno y en la difusión de los valores de las mejores obras del Movimiento Moderno en Venezuela. La comunidad debe convertirse en la principal defensora y vigilante del patrimonio moderno venezolano del siglo veinte, un siglo donde se produjeron la mayor cantidad de obras maestras de la arquitectura de nuestro país. Ya basta de anarquía e improvisaciones.






NOTAS
1. CENTRO de la Ciudad, foro "Revisitando 'Roberto Burle-Marx, el innatural arte del jardin'". Sala Mendoza, Caracas, 2009:
http://centrodelaciudad.blogspot.com/2009/10/postal-18-re-visitando-roberto-burle.html
2. Hannia G
ómez. "El antimonumento", Opinión, EL NACIONAL, Caracas, martes 23 de Septiembre de 2008: http://hanniagomez.blogspot.com/2008/09/2008-el-antimonumento.html
3. H. G
ómez. "Golpear un parque", Opinión, EL NACIONAL, Caracas, martes 31 de Marzo de 2015: http://www.el-nacional.com/hannia_gomez/Golpear-parque_0_601139994.html
4. Parque del Este. World Monuments Fund: http://www.wmf.org/project/parque-del-este
5. H. G
ómez. "Los treinta jardines del Parque del Este", Opinión, EL NACIONAL, Caracas, martes 9 de Junio de 2015: http://www.el-nacional.com/hannia_gomez/treinta-jardines-Parque_0_643135930.html





Publicado en: Opini
ón, EL NACIONAL, Caracas, septiembre, 2015.




jueves, 21 de agosto de 2008

El templo de Abraham

Agencia VIP Banco Unión, La Castellana. Abraham Coriat, 1998 (F. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Lo conocí de una manera muy peculiar. Me lo señalaron en la facultad diciendo: "Ese es Abraham, está en séptimo semestre", pero (y bajaron sigilosamente la voz, con cierto respeto) "ya es un arquitecto". Yo, que ya cursaba cuarto, no comprendí en absoluto el asunto. ¿Es que uno un día era un simple estudiante de arquitectura para el siguiente vivir, sin previo aviso, la radiante mutación?

Desde entonces, una veneración recóndita empecé a sentir hacia su trabajo, escaso y oculto, pero continuo y seguro; trabajo como de eremita, o mejor, como de elegido, como de ratón de biblioteca (preferiblemente de libros de Louis I.. Kahn), de corazón latiente en un rincón oculto de la ciudad. Si seres como éste diseñan todavía, lejos, perdidos por entre los antros tumefactos de la Avenida Urdaneta, algún consuelo nos queda… Basta un justo para que no se pierda toda la ciudad… por no decir toda la comunidad.

Es por éso que hoy quiero dedicarme a llorar –y me estoy convirtiendo en una plañidera irredimible- por la pérdida de la más inminente víctima que van a cobrarse la ignorancia y el desprecio por la buena arquitectura de Caracas. Hoy ya no se trata de un edificio antiguo, no de un vestigio del pasado remoto y legendario, sino de una obra reciente: la Agencia VIP del Banco Unión en la Avenida Principal de La Castellana (1993-98), de Abraham Coriat, arquitecto, con María Eugenia Sajía y Francisco Silva como colaboradores. Sus propietarios la han vendido como si fuera un árbol más de los existentes en el sitio junto con el terreno, a los dueños de Automercados Plaza. Poco tiempo le queda al que fuera nuestro único remanso arquitectónico en la zona… Y por éso les digo: corran, corran a por sus cámaras.

He visto a mis amigos suspirar ya nada más por el minimalismo de la reja perimetral, que el propio Abraham califica hecha de "nada de nada". Muchos habían incluso soñado con tomar la agencia para usarla como Centro de Arquitectura, tan ajustada les parecía en su proclama tectónica de muros de ladrillo-concreto y de alados aleros de ajustadas proporciones. Toda una generación de nosotros ha gustado de aleros como ésos, pero pocos los hemos logrado tan bien. Pregúntenle a quien quieran. La agencia, estoica en su belleza y en su incomprensión, abandonada a su suerte, cubiertos sus pisos de concreto -que habían sido amorosamente martillados durante todo un año- de las hojas secas de los árboles, es la imagen misma de la mejor arquitectura del país… escasa y exquisita. Hace poco la tuve como primera opción a candidata por Venezuela al Segundo Premio Mies de Arquitectura Latinoamericana, pero por su fecha de conclusión quedaba fuera del lapso establecido. Algunos lo llaman destino… Pero dedíquémonos mejor a contar el proyecto. Quedan poco espacio, tiempo y…

La Quinta Chaguaramo era una casa abandonada que había servido de lugar de temperar, como una especie de estancia. Cuatro parcelas fueron integradas para acogerse a la zonificación R-4, Código PC3, donde si uno mantiene la estructura original de las casas, puede hacer un comercio local. Pero Abraham no se contentó simplemente con mantener lo existente, sino que quiso "hacer su lectura" y rendirle un homenaje a la casa. Así se estableció entre lo nuevo y lo viejo esa conversación inteligente y creativa que distingue a los discursos arquitectónicos contemporáneos de altura y que tánta falta hace que se produzca más en nuestra nueva arquitectura.

La quinta, simple como era, tenía sin embargo un cierto carácter, de volúmenes claros y fragmentos destacados. "Yo leí éso", dice, y para "tratar de mantener su personalidad original, empecé por reconstruir la pérgola pobre de maderas gruesas, ese residuo de pérgola campestre", en la arcada de acceso a la agencia. Obsesionado con la geometría desde los tiempos en que trabajaba con Carlos Gómez de Llarena, Abraham la organiza y reconoce las simetrías existentes, trocando todas las partes, tanto viejas como nuevas, en "piezas" que se componen entre sí y están referidas todas a un gran muro de ladrillo de fondo de cinco metros de alto y ochenta centímetros de espesor al que "todo se ata": el segundo elemento primordial del partido. Aunque la construcción fue de "Re-Fast Track" (proyecto y construcción al mismo tiempo, de un modo más rápido de lo normal), el trabajo logró producir quinientos preciosos planos, donde aparecen registrados todos los pormenores por los que deseemos preguntar, desde los despieces de los marcos de madera, de los vanos, de las fachadas en ladrillo-concreto, de los dinteles, de los goteros metálicos y de los canales de agua de lluvia, hasta toda la arquitectura interior, la señalización, el mobiliario o la iluminación.

Un comentario final merecen el tema de los muros, que ya venía implícito en la Quinta Chaguaramo, y que aquí es desarrollado con una habilidad casi poética. La casa original era toda de ladrillo de carga. "Honrando los muros de carga", los nuevos muros fueron trabajados con cinco bandas de ladrillo de cinco centímetros intercaladas con bandas de concreto que permiten que hagamos una lectura tangible de la superposición de los dos edificios. Los ladrillos antiguos, de esta manera puestos en evidencia, guardan para el lector atento la revelación de las hermosas marcas de sus fabricantes originales… un regalo también Minimal dejado por un arquitecto que con modestia se precia -¡imagínense ustedes!- de "no saber hacer arquitectura liviana".


Agencia VIP Banco Unión, La Castellana. Abraham Coriat, 1998 (F. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL. Caracas, lunes 11 de junio de 2001.

sábado, 17 de mayo de 2008

The Wall

Avenida Principal del Caracas Country Club (Postal, c. 1940s - Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).







“Behold the Wall”.  
Alexander Pope. Epístola a Lord Burlington.1

Dice la leyenda que cuando Caín construyó la primera ciudad, lo hizo tratando de recordar el Jardín del Edén. Esto dió origen al llamado "Síndrome de la nostalgia del paraíso”, una afección de la memoria que ha aquejado a infinitos diseños de arquitecturas, ciudades y jardines desde tiempos inmemoriales, y que afecta a todos los hombres por igual. Dice también la leyenda que así como dicha primera ciudad partiera de la idea de un jardín que Adán cultivaba, se asegura que el paraíso último, es decir, la Jerusalén celestial del fin, será una ciudad.

Todo será ciudad un día; para allá vamos -Caracas también- y habrá de tenerse mucho cuidado en cómo llegaremos. Una manera negativa de hacerlo sería observando la urbanización progresiva del mundo y la desaparición de toda naturaleza virgen como un mal; otra manera más creativa sería adjudicándole desde ya valores urbanos a lo que antes era natural, transformando en patrimonio de la ciudad aquellos escenarios y panoramas vegetales aledaños a las urbes o encerrados en ellas.

Con ésto quiero entrar en la polémica de estos días (2000) en torno a la decisión de la Directiva de la urbanización Caracas Country Club de ocultar tras un vulgar muro la vista de sus campos de golf. Como toda diatriba sobre la cosa público-privada en las ciudades, es una controversia cuyo punto de partida y llegada sólo puede ser el bienestar colectivo. Es verdad que nadie puede desconocer que los campos son propiedad privada de sus dueños, pudiendo hacer éstos con aquéllos, en principio, lo que quieran. Pero tampoco, por otra parte, nadie podría desconocer que en las ciudades todos tenemos un derecho legítimo a defender nuestros bienes estéticos, ya no tan sólo los edificios y los distritos históricos, sino también los paisajes naturales urbanos, aunque no contemos aún (2000) con jurisprudencia -local- sobre el asunto.

Los caraqueños hemos adquirido el “derecho de uso” de las vistas sobre esos jardines olmstedianos de los campos a fuerza de recrearnos por años con ellos al pasearnos por allí. En un país en el que a los abusadores invasores de terrenos la ley les otorga a los no sé cuántos años de habitación ilegal la propiedad de la tierra; en una nación en la que los vecinos de las haciendas convienen otorgarse entre sí un “derecho de paso” para que todos se beneficien de los caminos, nosotros, benignos invasores de la mirada, inocuos usurpadores del paisaje, nostálgicos paseantes, urbanos pastores, ¿no tenemos entonces derecho alguno sobre el paisaje al que desde hace más de medio siglo nos hemos acostumbrado a disfrutar? ¿No tenemos un “derecho de admirar” estas otras tierras cultivadas? ¿A compartir el paisaje?

Una ley no escrita impide en Madrid que le pongan un muro bloqueador al Parque del Retiro, en París al Bois de Boulogne, en Nueva York al Central Park. La misma ley sí escrita en Viena prohíbe con pelos y detalles erigir muros en las áreas aledañas al Tiergarten, solo permitiendo rejas no obstrusivas soportadas por un zócalo de cincuenta centímetros. ¿Por qué? Muy simple: en esas ciudades las áreas verdes cultivadas todavía están inscritas en la zaga simbólica del jardín.

El peso de un elemento tan poderoso como el muro es reconocido profundamente, y manejado con respeto y exactitud. Aquí, pareciera que la única zaga paisajística de la que se dispone es la de un maléfico síndrome, esta vez local: el llamado “Síndrome de Playa Pantaleta”, de torvo recuerdo para los propietarios de otro club caraqueño, el vilmente saqueado Club Camurí Grande. Allí se usó por años el muro en una sola de sus acepciones fundamentales: como separación-frontera-propiedad entre los individuos, como muralla creadora de un recinto de un mundo ilusoriamente inexpugnable. Y es que los muros, virtualmente armas de doble filo, aunque son compañeros indispensables, sí, de deliciosos jardines secretos, tienen el inconveniente de que al proteger el dominio que encierran, son adalid de la separación y la comunicación cortada en su doble incidencia psicológica: seguridad y a la vez ahogo; defensa pero también prisión; protección pero también provocación y potenciación violenta del deseo.

Si los paraísos terrenales se tornan inaccesibles, la aspiración al paraíso perdido se volverá universalmente brutal. ¿No creen ustedes, señores miembros de la Junta Directiva del Caracas Country Club, que ese muro de los lamentos se les va a volver en su contra? ¿Que es la operación equivocada?

Valdría la pena más bien gastarse esos dineros ya no en seguir erigiendo tan horrible obstáculo visual, sino en replantar los campos con más vegetación seductora visualmente accesible a todos.  Encomendar una reja divina de fina raigambre olmstediana por la que trepará el verde y -lo más importante- blindará legalmente a la urbanización como lo que ya es para todos los caraqueños, nuestro Coral Gables, Jardín de las Hespérides, Parque Visual, Distrito Histórico, santuario ambiental y refugio arquitectónico, para, en fin, protegerlo de la voracidad inmobiliaria que ya desde hace tiempo lo está rondando.

Como dijera Alexander Pope (1688-1744), paisajista inglés, profeta del paisaje total, en su Epístola a Lord Burlington: 

“Behold the Wall”.





NOTAS
1. Alexander Pope. Epístola a Lord Burlignton.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 10 de abril de 2000.



sábado, 26 de abril de 2008

A un maestro de La Guaira




Recorriendo hace poco (Octubre de 2000) el devastado casco histórico de La Guaira llegamos, luego de pasar el río Osorio y remontar los escombros más allá de la catedral, hasta los tres fatídicos recodos centrales del cauce urbano, donde ya nada queda. Allí presenciamos la magnitud real de lo desaparecido: el vacío pavoroso de las tres manzanas completas de fábrica continua que quedaron borradas del mapa en el propio corazón de la ciudad-monumento.

El jefe del comando armado de policía que nos escoltaba haciendo la "visita" de las ruinas era oriundo del lugar. Liendo Edrián se llama. Había crecido entre aquellas cosas destruidas que, como fantasmas, todavía veía habitar en el espacio; casas que se conocía especialmente bien gracias a un hermano pintor que vive de hacer cuadros de La Guaira colonial. Pues bien, Edrián, guía perfecto, nos fue mostrando todas las cosas que merecían nuestra atención: la piedra con una cruz plantada encima, fruto del diluvio del año 1951; el terraplén donde estaba la casa y la carreta del cochero que transportaba a los turistas hasta los fortines; los desvíos colosales del cauce; la moneda de 1811 con una imagen de Napoleón que se encontró entre el barro, y muy especialmente, las situaciones diversas de todas las casas: las que salieron ilesas a centímetros del furor de las aguas, la de José María España pendiendo milagrosamente sobre el vacío, las terribles casas-sepultura, las aún tapiadas, las marcadas en sus fachadas por los pobladores que se fueron y esperan volver, las heroicas que vuelven a estar habitadas a pesar de hallarse en medio del infierno, y las casas nuevas que muchos guaireños con orgullo están reconstruyendo ellos mismos.

Entre estas últimas, encontramos que las había de dos tipos: unas de factura más rápida que están naciendo entre la semi destrozada fábrica intentando inútilmente equiparérsele con humildes elementos pseudo-coloniales (dando al lugar un creciente aire “hatillanizante”) y otras, o mejor dicho, “otra”, que va más lentamente construyéndose,
pero que resaltó del conjunto de las reconstrucciones populares porque su incipiente obra consiste sólo de un grueso muro de tres hileras de bloques que marca el perímetro frontal de la calle y que devendrá su fachada con dos ventanas y una puerta. Y apuntó el capitán Edrián: “Esta, es la casa que se está haciendo el profesor de matemáticas”.

El profesor de matemáticas, evidentemente, sabía lo que hacía. Aquéllas tres hiladas iban derechitas para arriba y ya insinuaban las incipientes chaflanes laterales de las ventanas futuras a la calle, como suele verse en muchas otras ventanas de las casas antiguas que sobrevivieron en La Guaira. El muro, en su espesor, aspiraba emular a su ancestro colonial de tapia. La escena era conmovedora, pero tremendamente dramática: para que aquel profesor pudiera reconstruir su casa como era -evidentemente su firme aspiración- en aquella calle que bordea el cerro y que se quedó sin la hilera completa de sus vecinas de enfrente, en una zona todavía lejana de las áreas adonde ha llegado la asistencia directa del programa de recon
strucción de viviendas, con el rigor que exige hacerlo bien, necesitaría forzosamente de alguien que lo ayude técnicamente ya. 

Porque, ¿cómo diablos si no se las arreglará para vérselas con las armaduras de las techumbres que deberán ir en aquél sector en el que, según como dicen los planos de La Guaira, toda vivienda tenía además un patio rodeado de techos que llegaban al cerro? ¿Cómo alcanzará a llegar felizmente hasta el alero, y desarrollar toda la simple pero a la vez compleja precisión de las proporciones de la fachada? ¿Estaría acaso ya olvidando el profesor los poyos que seguramente habían en las ventanas de las casas de su calle? ¿Cuál modelo de reja, de alero y de quitapolvo entre todas las tipologías guaireñas habría de seguir? Estas y otras preguntas nos hicieron querer acudir a las fuentes para intentar de alguna manera socorrerlo.

María Ortiz, del Instituto del Patrimonio Cultural, está preocupada por no contar aún con un plan idóneo de asistencia arquitectónica directa para los vecinos
“como ésos que se hacen en España, en Oviedo por ejemplo”, por lo que le recomendamos por ahora hacer como cualquier otro arquitecto y echar él también mano de las biblias de La Guaira, los libros ireemplazables de Graziano Gasparini, para entender lo que deberá hacer de ahora en adelante (confiando firmemente en que lo logrará gracias al tesón y a la inteligencia ya demostradas).1 El profesor Gasparini, por su parte, le manda a decir que su decisión de usar bloque es la más adecuada en una reconstrucción “donde no se justifica repetir los sistemas constructivos de la fábrica antigua preexistente”, pero que en cambio esté muy pendiente y tenga cuidado con el trazado del nuevo cauce del río Osorio que pretenden hacer los ingenieros “porque éste va a llevarse consigo despiadadamente gran parte de la trama colonial” y puede barrer en cualquier momento con todos sus esfuerzos y hasta con él mismo (la casa está en la trama antigua, justo frente al río). Finalmente, el profesor Lorenzo González Casas, del IERU de la Universidad Simón Bolívar, director del Inventario patrimonial que se hizo antes de la tragedia para el Litoral y del programa de asistencia para El Guamache, mucho más tranquilizador, le asegura que “su casa debe estar marcada con número en los planos y acompañada de levantamiento y descripción”, así que lo mejor será buscarlo para que la ubiquen juntos y ver exactamente cómo era, para terminar felizmente su pequeña obra.

En cuanto a nosotros, preocupados porque emule bien la ebanistería local, madre de tantas torneadas versiones de balcones y ventanas en la ciudad, podemos recomendarle que busque entre los depósitos de maderas que hay por toda la costa, orientándose por la humareda. Es probable que aún no hayan quemado junto con los troncos de los árboles todas las piezas de la colonia que se llevó el deslave y que pueda rescatar un par de ejemplares para instalar en su fachada (no hay nada más difícil de restituir que los procesos artesanales tradicionales).

Así pues, querido maestro de La Guaira (¿o debemos decir mejor, arquitecto?), escarbe con cuidado. Y además, recuerde: usted, que sabe enseñar, conviértase en un ejemplo y eduque en las artes de la arquitectura a los vecinos. Siga sin miedo hacia adelante. Todos estaremos pendientes de su proyecto de reconstrucción.


La Guayra, ciudad histórica (f. wmf.org/ ).

 


NOTAS
1. Graziano Gasparini. La Guaira, Ernesto Armitano, editor.




Publicado en: Arquitectura. EL NACIONAL, Caracas, lunes 9 de Octubre de 2000.



sábado, 3 de marzo de 2007

Los patios de Giambattista

Plano de Roma. Giambattista Nolli, 1748.


“Un pase le fue enviado para que pudiera acceder
a todos los claustros de la Ciudad de Roma…”
C. Faccioli. G.B. Nolli y Su Plano de Roma, 1748.

Entre la tierra y el cielo, los patios de la ciudad. Como su quinta fach
ada, se dibujan horizontalmente, se recortan y se abren, abundantes y diversos, en las tramas tradicionales de nuestros centros urbanos, dando fe del persistente placer de la ciudad por ensimismarse, contemplarse y de su necesidad imperiosa de respirar y de iluminarse.

Los patios son la cara oculta de la vida pública, el reverso de su moneda construida. Su espacio principal, el pedazo de cielo que enmarcan, compartido entre las partes de un edificio o de varios edificios, es el reino de lo controlado, lo contenido y lo escondido, el umbral horizontal entre lo público y lo privado. Siempre será el vacío de un patio inmensamente más rico en sensaciones que los desolados e impersonales retiros entre edificios con los que el urbanismo moderno ha querido suplantarlo. Poco a poco, su presencia en la ciudad contemporáne
a como recurso urbano enriquecedor de recorridos, como antesala de los espacios internos, como claustro violable e invitante, ha ido dando paso más y más a las nuevas tierras de nadie instaladas entre los edificios, que a nadie interesan pero que, sin duda, ventilan.

Decía Barragán que los mexicanos “viven entre patios”. Ciudad de México es un muro interminable tras el cual se ocultan indescriptibles paraísos llenos de verdor y de gracia. Una vez traspuesta la frontera del portal, se abre la verdadera ciudad. Atrás quedan el smog, el bullicio y lo incontrolable. Mas, igual que Ciudad de México son todas las ciudades de Latinoamérica: ciudades tras los muros, de zaguán y de patio. De la memoria de la ciudad muraria que teníamos cuando todavía teníamos ciudad, nos queda ese afán misterioso de vivi
r escondidos, de guardar solo para el que alcanza penetrar en la intimidad de nuestras vidas la maravillosa revelación de nuestra exquisita vida doméstica. Si no, ¿cómo podría explicarse tánta gente guapa y sofisticada viviendo tranquilamente en tan horribles realidades urbanas? Todos vivimos cuidando el jardín secreto de nuestro patio. Basta querer asomarse por el zaguán para comprobarlo; querer hacer de paparazzi, y fisgonear, igual que cuando vamos caminando y descubrimos un patio desde la calle. Afuera queda lo indeseable, en este caso la ciudad que tenemos, que es la que nos va quedando de aquélla que sí tenía muros, patios, estructura y forma urbana.

Esta vocación irresistible por curiosear, por adentrarse en el espacio que se nos ofrece y experimentar lo que se vislumbra, fue reconocida, explotada y representada por primera vez en un antiguo plano de Roma que significativamente llevaba por nombre Forma Urbis Romae.1 Este era un mapa tallado en mármol que fue colocado por Septimio Severo a principios del siglo III DC en la pared de un edificio del Foro. En él, el exterior de la ciudad y el interior de los edificios aparecen integrados y el espacio fluye libremente por todas partes. Los fragmentos pétreos del mapa presentan una impresionante variedad de formas de
espacios abiertos y de edificios públicos cincelados en planta que nos hablan del genio romano invitando a asomarse a la nueva escala de su ciudad.

Con el tiempo, el mapa se cayó, se partió, algunos fragmentos se perdieron… y se convirtió en una leyenda. Las ruinas imperiales de la marmórea Forma Urbis fueron conservadas inconexas hasta 1741 en los depósitos del Museo Capitolino en Roma, cuando el Papa Benedetto XIV decidió encargarle su recomposición al Signor Giambattista Nolli, de Como, arquitecto, famoso especialista en planos y técnico de la imagen de la ciudad, a quien también ya le había encargado grabar el más grandioso plano de Roma hasta entonces.

Gianbattista, a pesar de que estaba muy ocupado con los perfiles en cobre de su Roma, aceptó gustoso la comisión de registrar y armar las notables piezas de mármol, quizás porque intuía que le iba a ser de gran beneficio. Lo que ocurrió fue que los fragmentos de mármol de la ciudad se convirtieron para él en una irresistible y sugestiva fuente de inspiración en la factura de su gran plano de Roma, al cual llegó a transformar por completo. Absolutamente inmerso en la cultura romana, y obcecado por la precisión, Giambattista midió y dibujó hasta representar once mil monumentos. Pero el análisis y definición de las Romas antigua y nueva empezaron a superponérsele… y los mapas comenzaron a parecerse.

El plano nuevo es tan explícito que describe las plantas internas de los edificios públicos hasta detallar esquinas y columnas (a escala 1:2750), en una inédita legibilidad arquitectónica; mientras tanto, el vasto conjunto de comercios y de viviendas de la ciudad se representa como simple relleno urbano. Pero lo que se dibujó con más fruición fueron las caracteríticas del espacio urbano, sus fuentes, obeliscos y escalinatas, y, sobre todo, sus patios. El elegir dibujar a la ciudad haciendo una sección por la planta baja en vez de desde los techos fue lo que le permitió explicar como nadie las relaciones calle/umbral/patio, e ilustrar diáfanamente el concatenado sentido de promenade que hay entre ellos.

Mil quinientos años más tarde del Forma Urbis, el Plano de Nolli de 1748 está contagiado de su misma forma de expresar la ciudad. El adentro y el afuera se integran íntimamente en una sola unidad de pensamiento y experiencia: “el Panteón se complementa con una fuente barroca del otro lado de la plaza; la Iglesia Il Gesù de Vignola se vuelca sobre la plaza frente a ella; el palacio curvo de Bernini en Monte Citorio remata el movimiento espacial del lugar”.2  Por su parte, los patios se manifiestan como una extensión y una completación de las experiencias de la calle, y, al mismo tiempo, extienden su influencia hacia afuera, afectando el carácter del sitio, y en algunos casos hasta la propia forma de los espacios externos ante ellos
. Gianbattista tuvo que amar mucho los patios, porque con su plano, igualó la jerarquía urbana de éstos a la de las plazas, las calles y los monumentos.

Giambattista Nolli pasó a la historia como arquitecto y no como cartógrafo, porque su plano en sí mismo fue considerado como un logro arquitectónico. Con su meticulosa y analítica reconstrucción, da la mejor interpretación posible de la ciudad, redescubriendo para siempre el rol urbano del patio, callado e imprescindible a la vez.



Plano de Roma. Giambattista Nolli, 1748.




NOTAS
1. Edmund N. Bacon. Design of Cities. Ways of seing the city, Penguin Books Ltd., New York City, 1976, p.160.
2. E. N. Bacon. Op. Cit., 1976, p. 161.



Publicado en Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 4 de Julio de 1993.