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viernes, 5 de abril de 2019

El hub de Bello Monte


El Hub de Lower Manhattan. Nueva Estación PATH en Nueva York (f. www.youtube.com).



"Un buen recuerdo vale más que la realidad".
Julio Cortázar. 1
           
1. CalatrAVE
Hace apenas dos semanas en Lower Manhattan, en la ciudad de Nueva York, se inauguraba el muy esperado World Trade Center Transportation Hub o estación PATH (Port Authority Trans Hudson), diseño del arquitecto español Santiago Calatrava.

Tras una gigantesca operación, con una plaza, seis líneas de metro y un costo de cinco billones de dólares, el nuevo nodo de transporte del sur de esa ciudad aporta al sistema de transporte subterráneo además treinta y cuatro mil metros cuadrados de nueva área comercial anexos al Westfield World Trade Center Mall. Pero es la monumental entrada del Hub, es decir, el "Oculus", situada en las cercanías del Monumento Ground Zero, con su estructura de acero hecha de trescientas vigas Vierendeel en dos "alas' de cuarenta y seis metros de alto y su atrio hundido, que ya se ha convertido en el nuevo gran salón de la ciudad, el verdadero Talk of the Town, y del mundo.2

El Oculus partió de la idea de Calatrava de querer hacer parecer la estación a un ave que está siendo liberada por las manos de un niño. El resultado fue el aterrizaje forzado en el vertical contexto del Finantial District de un artefacto que habla más de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia (1998) que del lenguaje de la ciudad de Nueva York. Con ello, los neoyorkinos no hicieron sino sucumbir ante el trend mundial de convertir las nuevas estaciones de tren y de metro de las grandes ciudades en rutilantes Objetos/Espectáculo a escala metropolitana. Tal es el caso por ejemplo, de la nueva estación del TGV de Lyon (1992), del mismo Calatrava (antecedente directo del Hub); de la estación de metro de Dubai (Jebel Ali Free Zone Station) concluida por la firma arquitectónica Aedes en 2012, y de la paradigmático Centraal Station, conocida como la "Capilla Sixtina" de Rotterdam, diseño de Benthem Crouwel e inaugurada en 2014.

Ocupando ampulosamente casi todo el espacio publico de la "Hub Plaza" sobre la cual se levanta, el Hub fue tildado desde el principio de "monstruosidad auto-indulgente". Su critica más brutal, escrita por Steve Cuozzo, critico del New York Post, es una pieza de colección. Se titula: "Aquí llega el Calatravasaurus".3




El Hub de Bello Monte. Nueva Estación Bello Monte en Caracas  (f. Félix Laya, 2015. Hoyvenezuelainfo.com).



2. Ni tan calvo, ni con dos pelucas
A fines de Noviembre de 2015, en otra capital del mundo se inauguraba también luego de larga espera, otra importante estación de transporte subterráneo: la Estación Bello Monte, en Caracas. Al ser la primera de diez estaciones en la línea 5 del Metro de Caracas, con la apertura del Hub de Bello Monte, se hacia realidad el sueno de ver finalmente ver llegar la red del Metro al sureste de la ciudad.4




Vista en Noviembre de 2015 de la Estación Bello Monte (f. elcolinero.org, 2015).
 

Aunque se inauguró sin estar terminada totalmente, con solo una salida al exterior y un anden, y al momento que escribimos estas líneas toda la parte externa de la estación sigue todavía en construcción, ya podemos adivinar por donde vienen los tiros.

Porque, que es lo que nos encontramos en el "Hub Plaza" colinero? Lo primero que nos impacta es que pareciera que el Metro de Caracas se hubiera quedado congelado en el tiempo! Frozen en los 80. Que los años no hubieran pasado desde que hicieron su primera aparición las bocas de estación a lo largo de la Línea 1, con sus salidas tipo cajas de zapato atravesadas en las aceras e irrumpiendo inmisericordemente en el espacio publico. Casi tres décadas después, el diseño, lejos de fundirse en la ciudad, sigue siendo exactamente el mismo: la estación se autoproclama en toda su esplendida pobreza arquitectónica y se olvida la tradición Metro de construcción de espacio publico al pasar por la ciudad.

Puede que ante esta critica se nos responda: "plaza habrá cuando terminemos las obras". Pero un recorte de espacio publico entre dos cajas no es lo que este lugar soñó ser cuando fue creado, en 1950. Cuando era la Plaza Ibarra.

2. Memorias urbanas de la Plaza Ibarra
Hagamos memoria urbana. Gracias a la amistad con que Inocente Palacios, el promotor y urbanizador de Colinas de Bello Monte, distinguió a mi familia, he tenido la fortuna de conocer de primera mano mucha documentación sobre esta notable pieza de la historia urbana de nuestra ciudad. De la mano del arquitecto italiano Antonio Lombardini, el urbanista de Colinas, oriundo de Roma, no podía dejar de tener este desarrollo una entrada digna, una puerta, un espacio publico, que justamente estaba donde hoy se encuentra nuestra vernacula "Hub Plaza".

El lugar era el mas lógico en toda la comarca. Justo a los pies de una singular colina, el desaparecido Topo Bello Monte, donde se encontraba la antigua casa de la hacienda Bello Monte (que no la casa Belle Mount, que estaba al otro lado del río). Y así, en la confluencia de la "Gran Avenida Bello Monte" (hoy Avenida Río de Janeiro) y de las calles Newton y Garcilazo, surgió una discreta media luna, formandose un gran bidente que competía con el de Altamira, donde una calle llevaba hacia el este y la otra hacia el corazón de Colinas: la Concha Acústica.

La Plaza Ibarra, nombrada así en honor a la gran Hacienda Ibarra, de la cual formaron originalmente parte los terrenos de Colinas de Bello Monte, era pequeña y simétrica. En fotografías áreas de la época puede verse, con sus espejos de agua y árboles en los extremos. Lo más importante de todo: justo en ella desembocaba un puente que atravesaba el rio Guaire, y que conectaba Colinas con la Avenida Caroni de Bello Monte.

 
Son los sueños urbanos de una ciudad que necesita despertar. Qué nos dicen, amigos del Metro: estamos o no a tiempo de hacer de verdad la Plaza Ibarra? No vale un buen recuerdo más que la realidad?



La Plaza Ibarra, puerta urbana de Colinas de Bello Monte (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950).






NOTAS:
1. Julio Cortázar. Papeles inesperados, editorial Alfaguara, 2009, p. 189.
2. ‏Michael Kimmelman. "Santiago Calatrava’s Transit Hub Is a Soaring Symbol of a Boondoggle", Art & Design, Architecture Review, Marzo 3, 2016:  http://www.nytimes.com/2016/03/03/arts/design/santiago-calatravas-transit-hub-is-a-soaring-symbol-of-a-boondoggle.html?smprod=nytcore-ipad&smid=nytcore-ipad-share
3. "Un ciclópeo terminal sobre el que aterrorizantes “alas” han sido insertadas como monstruosos plásticos mutantes extraídos de una película de ciencia ficción de los 50. O mas bien las alas, no de plástico sino de acero, lo que sugieren son dientes afilados hacia abajo por un dentista sádico? O una espina de pescado gigante? El Hub agota nuestra capacidad para los chistes baratos". En: Steve Cuozzo. "New York’s $4B shrine to government waste and idiocy", New York Post, New York City, Agosto 2, 2014: http://nypost.com/2014/08/02/new-yorks-4b-shrine-to-government-waste-and-idiocy/
4."Sin culminar la obra, fue inaugurada la estación del metro Bello Monte", El Colinero,  4 de noviembre, 2015: https://elcolinero.org/2015/11/04/sin-culminar-la-obra-fue-inaugurada-la-estacion-del-metro-bello-monte/


Publicado en: Opinión, @ELNACIONALweb, Caracas, Marzo, 2016.


miércoles, 26 de septiembre de 2007

Serenísima


Carlos Raúl Villanueva, también serenísimo.


 “¿Soy yo el mismo que todos conocen, o ahora soy otro, 
mi negación, mi detractor, mi prolongación, mi fraude o mi asesino?”
Javier Marías.1

Me encantan los espíritus atribulados, ésos que se contradicen con el paso de los años. Mientras más en conflicto consigo mismos, mejor. Adoro quienes amanecen cuestionándose las ideas de siempre como si de pronto fueran otros, deshojando cada mañana la margarita de sus sueños para quedarse con algunos sí y otros no. “¿Soy yo el mismo que todos conocen, o ahora soy otro, mi negación, mi detractor, mi prolongación, mi fraude o mi asesino?”, diría Javier Marías.1 Siento una especie de simpatía mezclada con morboso deleite viéndolos retractarse con disimulo o contemplándolos volver por sus fueros en medio de fuegos artificiales. Sus titubeos me inspiran la más sincera admiración.

Y cómo no sentir simpatía por estos hombres escindidos, por estos vizcondes demediados, ¡si es algo tan propio del siglo! Tantas ideologías que fueron y que vinieron, que subieron y que cayeron, manteniéndolos de la manera más tremenda con el corazón en la boca y con el hígado en la mano... ¡Cómo no mirarlos con curiosidad histórica, con resabios de análisis finisecular, con dulzura, incluso! Yo tengo, producto de una infancia modelo en los sesenta y de una adolescencia absorta en los setenta, por el contrario, un espíritu absolutamente cándido, un pensamiento totalmente débil, y la mirada -como me imputaran hace poco- lánguida y perdida en el crepúsculo. Para mí, el aniversario del Mayo francés lo prefiero en una bella vitrina en la Librería Gallimard del Boulevard Raspail; para mí, las prohibiciones, los faux-pas y los dogmas no sólo no existen, sino que incluso me interesan lo suficiente como para intentar escribir sobre ellos, lo cual ya no es una victoria: es una circunstancia. Veo un batir de alas, y de lo que me lleno es de profunda emoción histórica. Nacía tarde en el siglo; lo único que deseo es flotar ilustradamente por él...

Así, frente a cada resurrección dogmática de Juan Pedro Posani, me siento como con ganas de pedirle un autógrafo. Y es que hacía tiempo que no lo veía, permítaseme decirlo, tan rabiosamente “posánico”. Hemos presenciado una nueva sublevación de su espíritu, ha podido volver a ser “él” y demostrarnos cómo se hace para ejercer una teoría patrimonial existencialista diseñando una sinfonía personal del gusto arquitectónico y haciendo de ello la política central que nos gobierna a todos. Un tema reciente, la reconstrucción de la hermosa y serena torre de Carlos Raúl Villanueva en la Zona Rental (con la cual yo, por mi parte, estoy a favor), desató de nuevo su carismática, arengática prosa, lanzándonos al vacío el veto iracundo de su conocido básculo rector: ¡No a la reivindicación en piedra de “los sueños de gloria”!

Posani ha tenido lo que se llama una vida singular. Alguien debería hacer una novela histórica con su vida: allí encontrará todo lo que necesita para explicar el devenir arquitectónico del país del siglo veinte, para entender los complejos, las hazañas y las dudas, las omisiones, las preferencias y hasta las grandes corrientes. Su paradigmática condición de colaborador por veinte años de Villanueva, lo ha marcado tánto... y tan abrumadoramente. La Planoteca de la Universidad Central de Venezuela en la Casa Ibarra, da exquisita fe de ello. Por doquier aparece su mano menuda, detallista y virtuosa, acusando esa epopeya suya tan personal. De allí que sea comprensible su molestia intermitente a pasar por demasiado “villanuevista”, porque todos sabemos que los grandes amores pendulan siempre entre la aversión y la pasión: hoy defendemos su “cosa moderna”, mañana denigramos de sus eclecticismos; hoy iniciamos una campaña para hacer Patrimonio de la Humanidad a la universidad, mañana nos resistimos a designar siquiera monumento histórico a El Silencio; hoy pensamos que Villanueva no trabajó para los ideales de la dictadura en la UCV, mañana vemos en la Torre Rental el símbolo abominable del deseo de poderío de una época.

Pero todo ésto es adorable. Adoro su terca resistencia con algunos de sus viejos esquemas, como las transgresiones que efectivamente ha hecho a muchos de ellos. Comprendo que la arquitectura híbrida, mestiza y ecléctica le sea indiferente hast
a el punto que, impasiblemente, vaya dejando que desaparezcan muchas de las ciudades invisibles de Caracas, mientras que, ¡oh, paradoja!, hace crecer efectivamente y con fortaleza el Instituto del Patrimonio Cultural (1998). Adoro, comprendo y admiro. Pero hasta ahí.

Inmersos como estamos en una ciudad cada vez más envilecida, donde los ejemplos de buena arquitectura difícilmente se topan con la mirada sedienta, estamos más que nunca necesitados de esa epifanía de Villanueva. Sinceramente, hoy a nadie importa mucho ya qué diablos expresaba la torre en 1956 (a mí, por supuesto, nada). Antes que atacarla habría que preguntarse: ¿para sustituirla con qué? ¿Con más espantosa “arquitectura” especulativa como la que se está haciendo por toda la ciudad? En cambio, ¿No es ésta es la gran oportunidad para hacernos con otra buena pieza de Gran Diseño, para s
ujetar el espacio en fuga de la Plaza Venezuela, para enganchar a un buen promotor con el prestigio internacional que promete de la construcción póstuma de una obra de uno de los más grandes arquitectos latinoamericanos, para (como el mismo Posani propone) replantear el obsoleto y pobre plan de diseño urbano existente con un concurso internacional, para aupar la candidatura de la UCV a Patrimonio de la Humanidad, y en fin, para que la universidad instruya con su ejemplo respetuoso al país sobre cómo se salvaguarda la memoria urbana actuando eficazmente en la ciudad? Piénsenlo dos veces.


Este año, encima, el globo entero celebra, con bombos y platillos, cómo hace ya tres décadas que quedó prohibido prohibir.


Daisy Profile. Gordon L Wolford, 2007.




NOTAS
1. Javier Marías. Corazón tan blanco.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Junio de 1998.




domingo, 23 de septiembre de 2007

Poesía del Archivo N. 7

"...elegantes pasamanos dobles de madera de nogal..." Detalle de una baranda de las escaleras de la Torre Rental.
Carlos Raúl Villanueva, 1956.





Era el invierno. Los cielos se desgajaban por completo cada tarde, llevándose consigo todo lo que encontraban en su camino al Guaire. Tejas viejas, sobre todo; en especial, aquellas centenarias que por haber sobrevivido a su argamasa, eran arrastradas como hojas secas por las pendientes de los techos hasta abajo, hacia el torrente. La cuneta era un revoltijo de ramas rotas y cascotes partidos rodando por la cuesta... Al descubierto iba quedando la frágil cubierta de la casa, medio podrida en la intermitencia anual de los aguaceros.

Unos metros más abajo, en la penumbra de su lecho metálico, sumidos en un largo sueño que no alcanzaba a quebrantar el irrespetuoso golpe de las goteras, una foresta de papel. De frágil, amarillento, quebradizo papel vegetal. De ese que se pulveriza de un simple papirotazo. Planos, miles de planos, agolpados unos contra otros, como hermanitos abrazados en la cama patrimonial, chicos y grandes, en medio del fragor de la tormenta, aterrorizados por los truenos, contando juntos los segundos hasta el próximo relámpago (¿la tempestad se aleja o más bien se acerca?), temiendo morir como los árboles...

Al pie de las planeras verticales crecía un pequeño lago veraniego, un charco de agua de lluvia. De tenue agua de lluvia, de cristalina agua de lluvia. De la que se recoge con el trapo del coleto para vertirla en un tobo de limpieza, una y otra vez, cantando una alegre canción; agua salpicando agua, por entre las rendijas de los armarios, los cuales, a su vez, se asomaban al espejo del charco como Narciso en las aguas del río: contemplando peligrosamente su propia belleza. Agua que de allí llegaba hasta lo más profundo para anegar los balcones del Hospital Universitario y dar de beber a una ingente colonia de hongos, cada vez más arraigados en las profundidades de la fibra vegetal, moteándolo todo, fachadas, cortes y escaleras, marquesinas, barandas y pabellones con funguíferas motas de color beige. El hospital había sido puesto en cuarentena otro invierno. Se temía que contagiara al resto de la familia. Como en el cuento, la princesa estaba sumida en un sueño profundo que se parecía a la muerte.

Si en la penumbra se llegaban a destapar los proyectos de la Universidad Central de Venezuela, ellos sacaban asustados las cabezas debajo de la sábana, y se podía disfrutar -todavía- de su incomparable belleza a punto de esfumarse, sumida mágicamente en una infancia de cuarenta años atrás. Magníficos, cándidos, lúcidos, íntegros, prometedores, secretos, indefensos y perecederos. Una infancia sin fotografías, sin filmes, sin escáneres, sin récords, como si más bien transcurriera en los tiempos arcanos de aquella casa histórica que los cobijaba absurdamente con todos sus huecos, con todas sus urticarias, con todas sus colonias de huéspedes indeseables. Sólo dos ángeles (que nadie podrá echar jamás del Paraíso), San Iván y San Henrique, custodiaban humildemente aquel surrealista sueño ottocentesco.

Mas resulta que un archivo, más que ninguno, mantenía en condiciones perfectas el papel y el lápiz, y por ende, la arquitectura desde el año 1957: el archivo número siete, una rupestre planera horizontal que guarda el proyecto de la Torre Principal de la Zona Rental, que por Dios sabe qué celestiales designios se mantuvo fuera de la trayectoria de las goteras y otros males durante casi medio siglo a pesar de su anchísimo cuerpo metálico.

Las superficies inmaculadas de los planos despedían un perfume de túnel del tiempo al develar su contenido prodigioso. Sólo un milagro, una explicación paranormal, quizás la epifanía de un alma inquieta que no se resigna desde las alturas a aceptar las malas intenciones de los hombres que quieren obrar sin memoria sobre la Tierra, podría explicar este fenómeno de conservación impecable de seiscientos veintidós planos contra viento y marea.

Los haberes del archivo eran vastos. Sin lagunas. Las fachadas, plantas y cortes eran tan grandes que habían sido dibujados por mitades para narrar completos todos sus esplendores, más todas las puertas y ventanas en exactos cuadros, detalles que florecían junto a la firma floral inconfundible de Villanueva, largas listas de acabados que no dejaban lugar a dudas ni para un centímetro cuadrado. En total, setenta y siete planos de arquitectura más que acotados.

Los trescientos ochenta y tres planos de estructura, exquisitamente calculados, eran el retrato fiel de fundaciones que ya están más que fundadas, moteadas de columnas numeradas, pantallas laterales, cajas de ascensores, losas, vigas y escaleras.

No faltaron tampoco los planos de instalaciones sanitarias, sesenta y siete, con plantas, diagramas y detalles, y sesenta y tres de instalaciones eléctricas, con las canalizaciones de piso, techo, señales y tomacorrientes y todas las especificaciones de alumbrado. En aire acondicionado (plantas, cortes, detalles) había treinta planos, más dos planos generales de conjunto y de replanteo. Para rematar, elegantes pasamanos dobles de madera
de nogal, dramáticos tragaluces de angular perfilería, ábacos solares para todas las posiciones imaginables de los quiebrasoles y una que otra deliciosa luminaria... Más que suficiente para un proyecto completo.

Pero era el invierno. La Planoteca, ciudad universitaria de papel, resistía al descampado. El techo parecía a punto de ceder. Tomé entre mis brazos una copia de uno de los detalles más hermosos del proyecto de la Torre Rental, y salí corriendo hasta aquí para probarles que hoy es más que nunca posible construirla.




Casa de la Hacienda Ibarra. Ciudad Universitaria de Caracas.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 27 de Julio de 1998.






viernes, 21 de septiembre de 2007

Plea: para salvar la ciudad histórica y el sitio arqueológico de Ibarra

Ciudad Universitaria de Caracas. Carlos Raúl Villanueva (1950s) (f. www.viejasfotosactuales.org).








1. Rive Gauche

Parece haber una predilección urbana histórica de ciertas civilizaciones por las riberas izquierdas de los ríos para fundar sus ciudades universitarias. Luego de largos períodos oscuros en los cuales en estas culturas los centros de estudios eran encerrados en aislados claustros cercanos a las catedrales (para llevar una vida latente de sumiso recogimiento apatiado) se tendió a verificar una “urbanización” de los estudios superiores. “La ciudad”, escribió Renato Airoldi en un artículo de la revista Casabella, “se vuelve la verdadera y eficaz sede universitaria”. La universidad se convierte en ciudad.1


Esta “urbanización de la universidad” generalmente se da en una porción de la ciudad que se califica y aglutina para servir como lugar de estudio, recalificándose los edificios y los espacios con las funciones institucionales agregadas, pero puede también ocurrir en favorables terrenos extramuros, donde la universidad-huésped, al no encontrar una ciudad como tal, la inventa. El primero es el caso de París en el siglo doce, con todos las decenas de colegios universitarios ocupando hôtels particuliers que se aglutinan en torno a viejas abadías, como la de Cluny (1154); el segundo es el de Caracas en el siglo veinte, que imagina ex-nuovo un asentamiento universitario y lo “funda” al sur del Guaire, donde facultades y escuelas irán a comportarse siguiendo las leyes de un tipo de ciudad, funcionando de acuerdo a un modelo urbano predeterminado, viviendo un particular ideal elegido de vida citadina.

2. Como Sant’Ivo
Ya desde el primer germen de ciudad universitaria que se recuerde, inscrito aún sin saberlo dentro del claustro de la Abadía de Fontenay en Francia en 1119, pasando por los avatares sucesivos de colegios de morfología clásica, campus ingleses de derivación monástica, “pallazi della sapienza” al estilo de Borromini, etcétera, la organización del conocimiento humano se sublimará a medida que se acerque más a la organización formal, espacial y funcional del símil urbano. La estructura universitaria, consolidada en tan noble sede, amplía sus tipologías arquitectónicas emparentándose con las tipologías urbanas: los Alma Mater se empiezan a llamar “archigimnasios”, los claustros se mutan en palacios urbanos; capillas, pabellones y monumentos de toda índole se suman al programa, las aulas quieren ora simular capillas laterales ora estancias de una fortificación, florecen los huertos botánicos adosados a las academias, los campos se vuelven plazas... Sobra decir que en cuanto aparece una universidad que se traspone dentro de una ciudad de nueva planta, el trasvestismo tipológico estalla ferozmente en una multitud de nuevas formas e inventos académicos, y el resultado es que una ciudad moderna universitaria puede volverse histórica... ¡por lo inédito de su propuesta tipológica! 

3. Arqueología urbana moderna
Habría, entonces, que enumerar todas las invenciones de la Ciudad Universitaria de Caracas (UCV) como quien describe el perfil de un sitio arqueológico y con el espíritu de quien desentierra una ciudad histórica: porque representan un modo único de entender una forma cultural; una universidad moderna anclada en su era y a la vez anclada en la saga de las formas universitarias de la historia. En este sentido, todas las partes urbanas representadas en el proyecto se hacen tan indispensables como las piezas recién excavadas de un templo. Son sus ineludibles horizontes culturales. 

La UCV haría las delicias de un arqueólogo. En ella, el tipo del edificio aislado y el resultante protagonismo formal de las facultades tienen algo de esfinge; el complejo balance entre el detallado brutalista de las arquitecturas y la profusión ornamental que producen las artes integradas tiene algo de prometedor jeroglífico; los resabios monumentales del conjunto principal del rectorado como otra ciudad que asciende desde el pasado tienen algo de oculto; la manera onírica de trazar la “trama” vial y peatonal con su híbrida fluidez expedita y paseo vivencial a la vez tiene algo de hermético; el lenguaje de lo público secuencial habitado de vegetación tienen algo de babilónico; la inclusión libérrima del huerto, de las modalidades modernas del gimnasio, abiertas y cerradas y, para saldar el filón futurístico del ideario urbano moderno, la ciudad satélite con las nuevas tipologías del universo rental en una ciudad moderna: la torre inmensa y el gigantesco centro de convenciones, tienen, en fin, algo de históricamente único.

La UNESCO cuenta en sus ediciones con una colección llamada “El Patrimonio de la humanidad”. Con la excepción del caso moderno de Brasilia, allí todo son polvorientas, lejanas, antiquísimas joyas de la historia urbana y arquitectónica, a punto de desvanecerse en el aire. La isla misteriosa de Gorée; la ciudad histórica de Nara y su templo de Todaiji, que alberga la figura en bronce de Buddha más grande del mundo; o la ciudad de Taxila; el sitio arqueológico de Pagan; la antigua biblioteca de Alejandría; la viejas ciudades amuralladas de San’a’ o de Shibam; todo el cuerpo rocoso de la arquitectura sherpa; los templos y tumbas de la antigua Nubia, como Abu Simbel o Philae; las antiguas capitales búlgaras Pliska, Preslav y Tirnovo; el monumento de Chandi Borobudur; las ciudades árabes del Magreb o la ciudad púnica, romana y bizantina de Cartago... nombres fantasmagóricos y solemnes, todos amenazados de extinción definitiva. El listado es descomunal y dispar, pero guarda una gran preocupación en común: la de que si estas obras monumentales no hubieran sido protegidas, ya habrían desaparecido de la faz de la tierra. 

4. Plea
¿Qué amenazas, qué plagas, qué peligros, acechaban a estas joyas? ¿A cuáles emergencias aludieron sus deudos inmediatos para lograr conmover el corazón del mundo y llegar a subir el escaño y merecer un lugar en el panteón supremo de la humanidad? ¿Al paso destructor de las guerras, al acoso de plagas irreductibles, a hordas invasoras, a los saqueos por centurias, a los robos irrestrictos y continuos, al embate corroedor del tiempo?

El que un monumento sea moderno no lo deja menos al descubierto. En el sitio arqueológico de Ibarra, medio sepultado bajo profundas capas de escombros e inmundicie, yace otra inmensa ciudad histórica: una ciudad universitaria moderna, del período esplendente del gobierno de las ideas revolucionarias en la cultura contemporánea del reino de Latinoamérica. Sus titanes están derrumbándose, sus tesoros estan siendo saqueados, su perfil está siendo borrado. ¿De todos los peligros nombrados, habrá uno más amenazante? Sí: las mismas autoridades locales, quienes se cuestionan simplemente si vale la pena protegerla o no (1998). Alguna de ellas incluso creen que algunas partes de la ciudad histórica pueden ser “mejores que otras”, cuando sabemos que sólo rescatando la totalidad del sitio arqueológico y todas sus partes esenciales podemos preservar su naturaleza original y su verdad histórica. 

Señores de la UNESCO: la ciudad histórica de los cincuenta en el sitio arqueológico de Ibarra se derrumba con mayor velocidad que el sitio de Cartago. Para salvarla, la población local contemporánea se declara impotente. Necesitamos del apoyo de toda la Humanidad.


La Universidad Central de Venezuela, Caracas (f. www.viejasfotosactuales.org).





NOTAS
1. Renato Airoldi. "Universidad: notas sobre la evolución de las tipologías edilicias y de su relación con la ciudad", Casabella, 423, 1977.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 6 de Julio de 1998.