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sábado, 9 de agosto de 2008

Los budas de la Línea 4


"Frente a los desaparecidos Budas, Bamiyán, Afganistán" (f. http://lacomunidad.elpais.com/viajealasantipodas/posts).





Durante los ochenta, la macro intervención urbana que significó la construcción del Metro de Caracas fue universalmente aplaudida. Después de coronar con éxito sus propios fines utilitarios de construir la línea principal de la ciudad, todavía quiso rebasar sus objetivos aprovechando para dotarla de una cadena de espacios públicos y peatonales con los que no contaba hasta entonces.

Esta plusvalía del proyecto fue un colosal regalo a Caracas, inesperado y revolucionario, si consideramos los tiempos que corrían y el escenario en el cual se produjo. Recordamos que por ese entonces se calificó a Cametro de empresa ejemplar, de oficina magistral de la ciudad, de institución ejecutiva pero filantrópica, consenso colectivo que fue coronado con el Premio Nacional de la Octava Bienal de Arquitectura de Venezuela. Todo el mundo había quedado muy contento, y ésto, sumado al efecto de confianza de años posteriores de buen manejo del sistema, nos llevó a abandonarnos en los brazos de Morfeo de Cametro, creyéndola incapaz de retroceder en sus propios niveles de exigencia, que considerábamos de irrenunciable calidad urbana.

Por años nadie discutía ésto. Cuando mucho, la única objeción crítica a la obra fue contra el desmadre arquitectónico de los diseños de las propias estaciones, a las que calificábamos de egocentristas, autoregodeándose por encima del nivel de la calle como primadonne irruptoras en la trama urbana en detrimento de la continuidad de la ciudad. Las de la Línea Principal fueron estaciones con un marcado complejo de superioridad Héctor Guimardiano, aquejadas de un frenético protagonismo arquitectónico. Tampoco nos gustaron las bocas de salida que se sembraron en todas partes, tropezones urbanos, obstáculos forrados de baldosas de baño y techados con horribles tridilosas y techos plásticos que afearon –y afean y obstruyen- nuestras aceras y nuestras calles. Pero qué le íbamos a hacer. No se le podían pedir peras al olmo de los años ochenta. Las estaciones invisibles y bocas de salida discretamente camufladas en la arquitectura existente son una lección de elegancia que Cametro aún tendrá que aprender.

El problema consiste en que allí se estaba gestando un mal que ahora se ha manifestado con toda su fuerza. Al recomenzar las obras del gran proyecto del Metro (2001), particularmente de la polémica Línea 4 en su sector bajo la Avenida Lecuna, las nuevas estaciones Teatros, Nuevo Circo y Parque Central están siendo plantadas esta vez sobre la fábrica urbana con una gradilocuencia y una soberbia demoledoras. Ya no sólo egocéntrica, como en los ochenta, sino literalmente arrolladora: todo se lo llevan a su paso. Alegando su sola funcional razón de ser, tratan de justificar cualquier acción contra el borde tradicional construido de la Lecuna con meras “necesidades del alineamiento y de implantación de las estructuras de estación, cambiavías o áreas de trabajo de los contratistas” o con ramplones “requerimientos de carácter técnico”, afectando de un plumazo cada vez casi una hectárea del centro histórico de Caracas. Y afectar es una palabra demasiado suave: léase mejor destruir, borrar, suplantar, y nadie sabe con qué (¿patios de maniobras?¿depósitos?¿garajes de maquinaria?) Para Cametro, pareciera que los caraqueños son sólo usuarios del metro, y a éso se reducen. Su flujo cómodo está primero que otras prioridades que son flagrantemente ignoradas, como por ejemplo su memoria, su sentido del lugar, su historia y sus tradiciones urbanas y arquitectónicas.

Al proyecto de la Línea 4 nadie se preocupó en irlo ni a ver cuando Cametro sacó su Cartel de Notificación pública en el año ‘98, simplemente por la confianza que ésta había recaudado en el pasado. Habíamos puesto nuestra ciudad en sus manos. Nada temíamos. Y ahora que los ciudadanos -queremos decir- los usuarios, se levantan tardíamente contra éste porque están viendo cómo les están demoliendo fragmentos ireemplazables de su ciudad, perplejos de que veinte años después lo está haciendo el propio Metro, el Gran Benefactor, resulta que Cametro ha resuelto asumir una actitud inesperadamente prepotente: “Nosotros avisamos, ustedes no respondieron. Ahora friéguense”. Los valores patrimoniales fueron “tardíamente invocados”. El desprecio al clamor ciudadano ha sido tal, que uno de los directores del Metro en una reunión en la Asamblea Nacional llegó, supuestamente, a decir que “si en Afganistán se están tirando a los budas milenarios y ni siquiera la UNESCO puede hacer nada, ¿a quién le importan unos pocos edificios viejos del centro de Caracas?”

La Lecuna es una avenida cambiante que pasa por diferentes barrios, muy depauperados, sí, pero de valor urbano coral innegable, como las inmediaciones de El Silencio, la significativa cuadra de Miracielos a Hospital –de milagro del limonero del Señor y todo-, la Parroquia de San Agustín -declarada patrimonio cultural municipal- y El Conde (1928). Aquí nadie está hablando de obras maestras de la arquitectura universal, sino de nuestra fábrica urbana tradicional. Los inmuebles antiguos que se piensan destruir en San Juan y Santa Teresa, son justamente parte del entorno ambiental de varios monumentos históricos, y, como el edificio Alcázar o el Hotel Diamante, lo que saben hacer (y por éso deben ser respetados, sin importar cuántas modificaciones haya que hacer a los proyectos, allá Cametro si a estas alturas no tiene un departamento propio de Historia de la Ciudad) es construir un borde urbano continuo y hablar un lenguaje urbano armónico, cosas que Caracas está olvidando.

¿Se convertirá Cametro en un reducto totalitario de francotiradores sordos e iconoclastas contra los sagrados objetos de nuestra cultura urbana? ¿O, por el contrario, honrará su propia herencia en defensa de la ciudad, recapitulando hacia el patrimonial espíritu de los tiempos?


Boca de salida de la estación de Metro “Boissières”, del arquitecto Hector Guimard. París, 1900 
(f. http://1900.art.nouveau.free.fr/?Entrees-de-stations-du-metro).




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 2 de Abril de 2001.




martes, 5 de agosto de 2008

Domicilios

La Maison de Balzac, entrada por la rue Berton, por Eugène Atget, 1913 (f. Musée Carnavalet. PMVP, cliché Briant).




“Yo habito en una pequeña calle
que usted sin duda no conoce…”
Honoré de Balzac.1

En el número 47 de la rue Raynouard del barrio de Passy, está la casa de Honoré de Balzac. Adentro, un plano colgado en un pared del salón, el “Nuevo Plan completo de París”, le indica a los visitantes el peregrinaje que el novelista hiciera por la ciudad a través de sus diferentes domicilios: “desde la mansarda de la rue de Lesdiguières, evocada en La piel de zapa y Facino Cane, hasta la última morada de la rue Fortunée, hoy rue Balzac”.2 De todas ellas, pareciera ser la de la rue Raynouard (esa calle que, como escribiera Gérard de Nerval en 1850, “costea los altos de Passy dando sobre la planicie de Grenelle, la Isla de los Cisnes y el Campo de Marte”, la que más se mereció ser escogida como santuario del escritor, y en esto tienen que ver sin duda sus singularidades urbanas y habilidades arquitectónicas, colgada como está de un flanco de la colina que mira a lo lejos sobre todo París.

Como la casa de Víctor Hugo, que se halla inserta en el interior de una esquina de la Place des Vosges, ambos domicilios transpiran la personalidad y el estilo de sus dueños, y los revelan deliciosamente con matices como solo la arquitectura puede hacerlo. En estas casas el inquilino ya nunca cambiará, para fortuna de la ciudad. Aquel apartamento del Marais muestra un mundo interior, diseñado, casi pintado, de cuartos sucesivos arreglados con inteligencia que se potencian por la proximidad del espacio urbano más exquisito de la ciudad; en tanto que esta casa-cabaña situada entre el señorío de Passy y el de Auteuil, es una casa ambigua, de doble cara, con dos fachadas y dos puertas, que nos sorprende por la grácil destreza con la que salva la pronunciada pendiente de casi treinta metros hasta la rue Berton, donde tiene su segunda entrada (usada por Balzac para escapar de sus acreedores). Nerval llegó a bautizarla como “feliz casa inversa”, la cual recordaba diciendo: (al llegar) "…nada de casa frente a uno. Un muro, una puerta verde y un timbre. En el segundo piso bajando reencontramos la logia inicial, mas quedan aún dos pisos. En el último nivel, uno se encuentra en un patio. Dos bustos de tierra cocida indican al fondo la residencia del novelista. Una vez la puerta abierta, un olor delicioso habla del aroma del hombre de gusto, como aquel olor de manzanas verdes del que se habla en el libro de Salomón”.

Allí, como unos intrusos redimidos por el tiempo y la ausencia, vamos en busca de ese espacio que es la clave de todo el entorno: el gabinete de trabajo del escritor. Balzac lo conmemoraba con un símbolo que quedó grabado en otra de sus casas: el emblema de una cabra amarrada a una estaca. El gabinete da al sur, junto al jardín donde él recogía las lilas y las primeras violetas “venidas al sol de París en esta atmósfera de gas carbónico donde las flores y los libros se dan como champiñones”. Al decir de la guía de la Maison de Balzac, decenas de millares de líneas fueron escritas sobre este pequeño escritorio. El gabinete, “tenso de terciopelo rojo” conservado idéntico con sus muebles originales, permiten imaginar al escritor en bata, “anclado” a su pequeña mesa, que fue, como él escribió en 1834, “testigo de mis pensamientos, de mis angustias, de mis miserias, de mis aflicciones, de mis alegrías, de todo!”. 

Balzac disponía de cinco piezas: a la derecha el comedor, situado frente a la entrada, el dormitorio, el salón y el gabinete de trabajo en enfilade; a la izquierda, detrás de la cocina, el dormitorio para los amigos. La “cabaña de Passy” fue el lugar de un trabajo intenso; Balzac corrigió allí el conjunto de La Comedia Humana y escribió algunas de sus más grandes obras maestras: Un negocio tenebroso, Ursule Mirouët, Esplendores y miserias de las cortesanas, La prima Bette, El primo Pons… Llena de sus objetos personales –que cada día más el museo recupera- retratos esculpidos y pintados, mármoles, bronces, medallones, medallas, cartas, yesos… asemeja, como Balzac quería, “exactamente un Louvre”. Hoy, además de este patrimonio crecientemente recuperado, cuenta en la planta baja con una biblioteca, un centro de investigación y de estudios balzacianos y románticos, que multiplican exposiciones y publicaciones y enriquecen cada año sus fondos.

Escribía una vez Javier Marías que las almas insisten “en volver a los sitios que conocieron cuando fueron mortales”. Y si es verdad que vuelven, uno podría temer qué puede ser de una ciudad donde los mejores espíritus son pocas veces conmemorados y por ende menos percibidos, una ciudad donde las casas que éstos habitaron desaparecieron o están cambiadas “y en ellas hay inquilinos que ni siquiera saben de su existencia pasada, ni la conciben”.3 Una urbe sin peregrinajes, ni santuarios.

Mirando desde la puerta el gabinete de Balzac, en cambio, podemos imaginarlo escribiendo “…a las ocho de la mañana, bajo los rayos de un bello sol que entra por la izquierda y que envuelve de un manto rojo el estudio, los cortinajes y los papeles”.4 Y nos preguntamos: ¿dónde están las casas de nuestros escritores más queridos? ¿Qué queda de ellas? ¿Cuáles fueron los domicilios de Teresa de la Parra, de Rómulo Gallegos, de Juan Liscano o de Arturo Uslar Pietri, por nombrar solo unos pocos, donde podamos ir e indagar cómo habitaban, o si esas arquitecturas marcadas guardan alguna clave para nosotros? ¿Están en Caracas las bibliotecas destinadas a emigrar, las colecciones condenadas a esparcirse, los muebles a repartirse, la memorabilia a desintegrarse, las arquitecturas a ser habitadas por “hombres y mujeres que creen que el mundo comenzó con su nacimiento”?

Balzac, en Passy, se vanagloriaba diciendo: “yo habito en una pequeña calle que usted sin duda no conoce…”.5 Recorrer la ciudad, seguir el plano, y llegar lejos hasta finalmente encontrar estos domicilios es un placer inmenso que le queda reservado solo a las ciudades que han sabido entender el secreto de las arquitecturas rondadas por el genio.

Vista del jardín de la Maison de Balzac desde la escalera que lleva a la rue Raynouard. Paris, XVIe arrondisement (f. www.paris.fr, 2007).



NOTAS
1. Maison Balzac. Guide Général, Paris-Musées, Paris, 1991.
2. Maison Balzac. Guide Général, Op. Cit., 1991.
3. Javier Marías. Cuando fuí mortal, Alfaguara, Madrid, 1996, p. 85.
4. 5. Ibid, 1991.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 23 de abril de 2001.




martes, 8 de julio de 2008

Caracas perdida (I)

Pennsylvania Station. New York City (f. Berenice Abbott, 1930s. The New York Public Library Collection. flickr.com/photos/32912172@N00/2417426323/).




1. La lista de Silver
A fines del año pasado (2000) apareció en la revista The New Yorker un artículo del crítico de arquitectura de la casa, Paul Goldberger, quien destacaba la importancia que había cobrado con el paso del tiempo una obra editada en 1967. El libro en cuestión, Lost New York (Nueva York perdida), había sido escrito por un arquitecto desconocido, Nathan Silver, quien se lo dedicó a su padre, “quien había crecido en Broome Street" (página 206) y a su madre, “que más tarde dio con él  'uptown'”.1

Este arquitecto logró convencer a la escuela de arquitectura de Columbia University (y aprovechamos para darle la bienvenida al grupo de cuarenta y dos estudiantes y profesores de dicha querida escuela y universidad que esta semana -2001- nos visitan) de hacer una exposición, con la cual se editaría luego el libro. Decía Goldberger, que lo crucial fue que Silver lograra coronar su esfuerzo en unos años cuando la ciudad Nueva York era una jungla inmisericorde, donde nadie hacía nada en cuestiones de preservación arquitectónica, habiéndose por entonces acabado de anunciar la demolición de la Estación de Pennsylvania, estando en ciernes un final semejante para la Opera Metropolitana de la Calle 39 y cuando los viejos edificios comerciales de Worth Street estaban siendo alegremente aplanados para servir de vil relleno a un vulgar estacionamiento.

Lost New York, toda una novedad en su estilo, se impuso mostrar una imagen colectiva de las nobles arquitecturas perdidas para hacer un grave recordatorio: “cuánto más agradable hubiera sido Nueva York como ciudad si todos sus mejores edificios de siempre permanecieran aún intactos”. Pero muy pronto su autor se dió cuenta, claro está, de que, siendo una ciudad “mucho más que una colección de edificios”, el libro tendría que recordar más cosas: los viejos lugares de recreación, los distritos trabajadores, los barrios residenciales, los sistemas de transporte y los parques. El trabajo se le volvió mucho más vasto entre decenas de archivos de fotografías, dibujos y planos, y Silver empezó a referirse a él más en términos de un trabajo en proceso.

Allí mostró por primera vez a un público amnésico que exclamaba ante cada nueva imagen, "!Oh, qué pena que esto se perdió, si era tan bello! !Oh, qué pena que aquéllo se perdió, si era tan viejo!” –agrupados sencillamente por tipologías- la escena urbana y los espacios públicos, los lugares de privados de encuentro, la arquitectura cívica, las grandes casas, las row houses (casas en fila) neoyorkinas, las casas de apartamentos; las iglesias, los sistemas de movimiento en la ciudad, el comercio, las atracciones públicas, y por último, la parte que Goldberger consideró más digna de encomio de todas y la más beligerante en el tiempo: la "Lista de Monumentos en Peligro", hecha con los edificios y lugares amenazados, que luego se convirtió en bandera para que toda una ciudad se defendiera del olvido.

Los edificios de la “Lista de Silver”, así, se convertirían en los que serían protegidos por las nuevas leyes, asociaciones civiles y movimientos en pro de la memoria de Nueva York que surgieron a raíz de su publicación (y de la dolorosa caída de Penn Station). Hoy, esas arquitecturas, preservadas como el oro, embellecen a esa ciudad y son su mayor orgullo.

2. La lista de Malraux
Una saga de libros semejantes empezaron a copiar a Silver por todo el mundo: Lost L.A., Lost London, Lost Berlin... Lost New York, se convirtió él en sí mismo en una tipología editorial. Entre ellos, el más deliciosamente complejo es –era de esperarse- el Lost Paris, o Paris perdu: el París perdido, aparecido tan tarde como 1995, y realizado por una serie de héroes de la Asociación SOS París, el Pabellón del Arsenal, el Museo Carnavalet y la Biblioteca Histórica de la ciudad de París.2

El paso de los años redundaría en una mayor sofisticación de la memoria y del conocimiento amoroso de la ciudad, palmo por palmo. En este libro, la incertidumbre de las arquitecturas y los lenguajes arquitectónicos del París histórico frente a la rapiña de la especulación inmobiliaria, se rastrea ahora barrio a barrio, con elocuentes fotografías de “antes” y “después” que demuestran la gran mutación sufrida en el ambiente urbano, y que cada quien saque sus propias conclusiones…

Pero lo más novedoso, y quizás lo más remarcable de toda la operación, es el desparpajo con que se maneja el contenido de la fábrica de la ciudad. París perdu va mucho más allá de lo que pudo siquiera soñar Silver en los sesenta, adentrándose con aladísimo ojo en las mismísimas arquitecturas de lo cotidiano. Más allá de lo monumental perdido (el palacio tal, antes de su demolición, el hotel cual, destruido en fecha tal) que también, por supuesto es registrado con fruición, Paris perdu da cuenta de la arquitectura cotidiana perdida, es decir, de todas aquellas “modas y modelajes” que produjo la ciudad a través del tiempo y que, al desaparecer, se llevaron consigo gran parte de su riqueza patrimonial: patios, traspatios, pasajes, frágiles jardines, pequeños edificios, ángulos, elementos del tejido parisino.

Este delicioso desparpajo urbano le viene a los franceses de la llamada “Lista de Malraux”, elaborada coincidentalmente en el tan singular año de 1967. En aquél entonces, André Malraux era a la sazón Ministro de Asuntos Culturales, cuando expresó su deseo de que el inventario de monumentos históricos se extendería para incluir las construcciones contemporáneas notables. La inclusión de edificios cuyo valor descansaba en el contenido conceptual o en la sola elaboración arquitectónica, cambió el rumbo de las cosas. A partir de esos primeros cincuenta edificios en los que se empeñó Monsieur el Ministro (encabezando su lista con uno de Hector Guimard) ya fue posible proteger en la ciudad estructuras carentes de pedigree “arqueológico” o incluso de “monumento-testigo”: se daba paso a la apreciación del arte urbano y arquitectónico puro en la ciudad. El último espaldarazo lo dió de nuevo una demolición sangrienta: la caída, en 1971 de Les Halles de Baltard.

Mientras tanto, aquí en Caracas, penosa es la cuenta que la historia de la arquitectura hace de los edificios y los lugares que han desaparecido. Pasar de este fracaso del duelo a la elaboración de una honorable Caracas perdida, depende todavía de nosotros.








NOTAS
1. Natahm Silver. Lost New York, Schocken Books, New York City, 1967.
2. Paris Perdu: quarante ans de bouleversements de la ville, Asociación SOS París, Pabellón del Arsenal, Museo Carnavalet, Biblioteca histórica de la ciudad de París, Editions Carré, Paris, 1995.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 29 de Enero de 2001.




miércoles, 25 de junio de 2008

Jardín litoral (II): La Bluette de Macuto

La Azuleja. Paseo marítimo, Macuto. Litoral central 
(f. Hannia Gomez, 2000. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





El botánico preparó su primera expedición. Calibrando sus instrumentos, cargó su cesta con las vituallas de su oficio: lápices, redes, lupas, pinzas. No quería esperar a que las vicisitudes del tiempo o de las circunstancias empeorasen, poniendo en peligro los frágiles y exquisitos especímenes. Planeaba partir de inmediato para tratar de reconstruir, con lo que quedaba, el jardín litoral... al menos en su cuaderno de apuntes. Sería un viaje largo, de muchas jornadas.

Ya iba caminando por la costa. Aguzó la vista. Aquí y allá
brotaban entre el barro las especies sobrevivientes al desastre natural de 1999, aflorando entre roca y roca, ilesas, como flores desvalidas. Nada más el viento podía llevárselas. El viento, el desprecio, la ignorancia, la mediocridad o el simple azar. Había que darse prisa.

Un prisma blanco cercano al playón le indicó que estaba frente al primer hallazgo valioso del viaje, y allí mismo acampó. Sobre sus rodillas abrió un cuaderno en blanco. Sacó también un libro, la novela Ifigenia de Teresa de la Parra. Y se dijo: “si mal no recuerdo, por la página 43 de esta edición habla que Macuto era... aquí está: "nuestra playa elegante, nuestro balneario de moda, el Deauville de Venezuela´.1 Y repitió "…el Deauville d
e Venezuela". Mientras tanto, una elegante villa se alzaba frente a él, sola y erguida como un signo de interrogación en un barrial sobre lo que antes era un paseo frente al mar.

Deauville y Macuto. Efectivamente, a dos horas de París y de Caracas, estas dos ciudades del agua compartían, a la vuelta del siglo, el privilegio de ser la playa de la capital. A lo largo del siglo diecinueve, con la reactivación de las virtudes del termalismo y sus cualidades terapéuticas, las élites y el cuerpo médico europeo -y local- quisieron racionalizar la moda del baño de mar y hacerla evolucionar como una práctica mundana. El equipamiento balneario litoral se fue disponiendo poco a poco en los sitios adecuados, naciendo así las llamadas “villas de baños de mar”, o también “villas de curas y placeres”. Arquitecturas todas al borde del mar.

El botánico continúaba hablando para sí: “más adelante
en Ifigenia aparece que '...en Macuto muchas casas las construyeron según planos originales de las viviendas de verano de la Costa Azul'". Con esto, empezaron a desfilar en su memoria las villes d’eau que hacia 1875 florearon nuevas sobre la Mancha: Saint-Malo, Granville, Luc-sur-Mer. Cabourg, Trouville, Honfleur, le Havre, Boulogne, Calais, Malo-les-Bains... Entretanto, la blanca floración real que es La Azuleja reverberaba inquietante bajo el fiero sol, como un acertijo radiante. Y apuntó: "Nombre: La Azuleja; Reino: vegetal-litoral; Familia: de las Balnearias caribenses; Especie: villa; Subespecie: Art Nouveau; Género: ...Género: un objeto 1900. Lista esta clasificación, se dispuso a dibujar la planta.

En La Azuleja las paredes blancas se acentúan, justamente, con azulejos; una operación ornamental típica del momento floral por el que transitaban t
odas las artes. Es, por otra parte, alta, fina y profunda. La entrada central por un porche está oculta, mientras que la fachada, marcadamente anclada al este en la torre-escalera, no acusa esta simetría interna. El botánico dio fe de esta curiosidad en el cuaderno: “una falsa asimetría... ¿Será un duelo entre distintas aspiraciones formales? ¿Una inspiración versus una tradición, una influencia versus un ascendente?”. La planta iba naciendo en el papel: la sala frente al mar, la ubicación directa sobre la franja de mar, el revestimiento quebradizo de los muros, el azul en los detalles, el sutil juego de planos, el gracioso balcón frontal, la entrada por un porche, el vidrio esmaltado, la avanzada circular de la torre... El botánico tuvo que detenerse para echar mano violentamente de su Manual de las Especies Art Nouveau de la Costa Normanda. Una urgente asociación iba creciendo en su mente...

Otra joven villa de fin del siglo diecinueve, pero de la Côt
e Fleurie, en la región de Calvados, languidecía nostálgica por los ecos marítimos de La Azuleja en el paseo, la estrella de la villeggiatura balnearia macuteña. Era La Bluette, un excéntrico chalet próximo a Deauville, la única obra de Hector Guimard en toda la costa normanda y su único monumento clasificado en la zona. Como su tocaya Art Nouveau del Caribe, también es azul, con una torre-ventana circular en el extremo derecho de su fachada al mar. Se levanta a la salida de la ciudad en el 272 de la rue du Pré-de-L'Isle, en Hermanville-sur-Mer, habiendo sido preservada prácticamente sin cambios hasta hoy (2000).

Guimard la diseñó en paralelo a sus dos otras excéntricas villas: el Castel Moderno, en Garches (hoy  transformado), y el Castel Henriette, en Sèvres (hoy destruido). “Esta casa” -reza el Manual-, “la más célebre de Hermanville-sur-Mer, fue construida en 1899 por Guimard para Prosper Grivellé, un abogado de París. Es una de las más bellas obras conservadas del gran arquitecto del Art Nouveau. Allí encontramos una sabia imbricación de los volúmenes y de las líneas, en particular un sorprendente plano falso de madera doblada. El uso de gallets y de conchas le confiere a la construcción su carácter marino. Sobre el portal, la placa en lava esmalatada que lleva el nombre de la villa proviene de la casa de Gillet en París, mientras la que llevaba la firma del arquitecto desapareció”.2

"La Bluette
traduce perfectamente como La Azuleja", se dijo el botánico. “Mas esto no basta como prueba de su parentela. Sin embargo, ¿quién se atrevería a cuestionar que esta obra del arquitecto de las entradas del Metro de París no gozaba de suficiente reputación internacional como para poder haber sido recordada, emulada o hasta parodiada transoceánicamente? ¿No existe en la naturaleza acaso la polinización intercontinental?”.


Y sacó una foto de La Bluette. El juego multiplicado de los quiebres y de las avanzadas circulares reforzaban la articulación continua de las fachadas, alejando al edificio de la concepción clásica en la que domina un prisma unitario. “En ésto puede que sí que se distancien”, gruñó molesto, para sí. La arquitectura guimardiana lucía más escultórica y conectada con el universo medieval, de cierta evocación japonesa tratada de un modo fantástico; entretanto, La Azuleja sometía sus formas a un universo lírico indudablemente mediterráneo... Aunque ambas arquitecturas elevaban por igual sus nervaduras arborescentes y puntualizan la fusión vegetal con elementos de vidrio esmaltado, como finas gemas iridiscentes sobre la fach
ada atlántica.

El botánico concluyó: “el litoral es una zona de contactos e intercambios entre las culturas, no importan cuán lejanas éstas estén entre sí. Quién sabe cuánto tiempo estuvieron mirándose en silencio estas dos villas a través del océano, hermanas gemelas de continentes errantes…”

Y, dándose cuenta de que atardecía, decidió levantarse. Mañana retomaría su trabajo.



La Bluette. Rue du Pre-de-L´isle, Hermanville-sur-Mer. Calvados (f. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados).









NOTAS
1. Teresa de la Parra. Ifigenia.
2. Yannick Lecherbonnier y Hervé Pelvillain. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados, 125 Itineraires du Patrimoine, Développement culturel en Basse-Normandie/Direction régional des Affaires culturelles de Basse-Normandie et des communes de Lion sur mer et Hermanville sur Mer.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 24 de Abril de 2000.

lunes, 28 de abril de 2008

Absolutismos

El château de Chantilly en 1680 (f. Liven Cruyl (vers 1640-1720) – © https://franceetmerveilles.wordpress.com)




"El espacio es el poder".
 Louis XIV.

El 16 de Septiembre pasado (2000) se cumplieron trescientos años de la muerte de André Le Nôtre (1613-1700), jardinero y arquitecto paisajista a la orden de Louis XIV. La temporada musical clásica parisina abrió en su honor ese día con un concierto en la Iglesia de Saint-Roch de la rue Saint Honoré, en el que una soprano cantaría un repertorio de Lully frente a la tumba del maestro. Le Nôtre, quien había comenzado su carrera heredando de su padre el oficio de jardinero de Las Tullerías, había expresado su deseo de ser enterrado cerca de su primera casa, donde había crecido viendo a Pierre Le Nôtre atender los parterres en la vieja tradición jardinera francesa.  

También allí, en el Palacio de Las Tullerías, aprendería, tras un acto de rebeldía familiar, las artes de la perspectiva y de la arquitectura en los talleres de los pintores y los arquitectos que María de Médicis sostenía en los semisótanos de la llamada “Galería del agua” de palacio, junto al Sena. De ese crisol nacería su arte personal de “pintar con las flores y construir con los árboles”: el Jardín Clásico Francés, parte pintura renacentista, obsesionada con la perspectiva, parte arquitectura del Gran Siglo, calculada y grandiosa, parte urbanismo, en total control del paisaje, y parte jardinería, profunda conocedora del suelo, del clima y de las especies de Francia.

En todas las vitrinas de la ciudad un libro era anunciado con éxito: Retrato de un hombre feliz:
André Le Nôtre 1613-1700, de Erik Orsénna, de la Academia Francesa.1 El título fue sacado de una frase famosa del propio Louis XIV, registrada por el Duque de Saint-Simon en la corte: “Es usted un hombre feliz, Le Nôtre", le dijo sonriendo una vez el monarca frente a todos. El Rey Sol “..apreciaba particularmente a Le Nôtre, el cual al cabo de los años se había convertido en su amigo personal”. Y efectivamente, no se conoce otro caso semejante en la historia de la arquitectura y el urbanismo en el que un diseñador hubiera tenido jamás tan total carta blanca para plasmar sus ideas sobre el paisaje como ocurrió con Le Nôtre en Versalles y luego, por emulación cortesana, también en el llamado “archipiélago”de sus jardines por toda L’Ille de France: Trianon, Marly, Fontainebleu, Saint Cloud, Saint-Germain, Chantilly…
 
En tales pensamientos estábamos mientras el gigantesco globo aerostático anclado con una guaya a un lado del Gran Canal de Chantilly, iba subiendo le
ntamente hasta estabilizar su altura lo suficiente como para poder flotar estable y permitirnos arriesgar un vistazo por la borda, mecida por la brisa. Desde el aire, contemplamos la vasta foresta de Chantilly envolviendo por el sur el castillo del Gran Condé, horadada de las graciosas alamedas, rotondas y avenidas que le hiciera el Príncipe de los Jardineros, en tanto que al norte divisamos el gran parque con sus juegos de perspectivas cruzadas, y el valle de la Nonnette en la pradera de Quinquempoix, zurcado de los pequeños ríos que fueron canalizados para dar agua al Gran Canal… 

Era inevitable que a esas alturas ya nosotros también empezásemos a sentir la misma sensación creciente de inefable poderío, la misma embriaguez de la que seguramente disfrutaron el Gran Condé y su jardinero al sobrevolar de la misma guisa Chantilly. En Chantilly la intervención parecía no sólo ser total, sino que parecía no tener límites: llegaba hasta donde alcanzaba la vista… Era el dominio absoluto del lugar. Y así, nosotros deseamos ser, también, absolutistas. 

¿Absolutistas? Sí: porque quisiéramos volver a tener el dominio absoluto sobre nuestros territorios y no tener que compartirlo tánto con quienes no conocen nuestro arte; absolutistas, porque quisiéramos volver a detentar el control to
tal del espacio y sentirnos por ello amados de los príncipes; absolutistas, porque quisiéramos el dominio de sus voluntades para que hagan de una buena vez nuestros sueños urbanos realidad. 

Quisiéramos ser como Le Nôtre, absolutamente creativos y talentosos, pero también tan pletóricos de esa bonhomía suya que convencía de ser el “más humilde y más obediente servidor”, mientras que en realidad era el más elevado y poderoso señor del reino. Quisiéramos de nuevo, como en el Gran Siglo francés, todo el poder para la arquitectura, esta vez en Caracas y no tener que luchar tánto para hacerle recordar a la sociedad, como dijera hace poco Manuel Vicent en su columna de El País, que “…los antiguos aplicaban a cada espacio un dios protector: a los ingenieros se les llamaba pontífices y los arquitectos tenían un caracter sagrado”.2  

En el siglo diecisiete, la famosa frase acuñada por Louis XIV, “el espacio es el poder”, nos permite entender que él, al menos, no se engañaba: sabía muy quién le daba el poder a quién. Es comprensible que Le Nôtre se retirara de su oficio justo cuando empezó a ver que el rey, envalentonado por años de colaboración codo a codo, quizo empezar a hacer también él de jardinero.

Chantilly fue el jardín favorito de Le Nôtre… aún más que Versailles. Su única pequeña traición secreta a Louis XIV. Lo sabemos por una carta que al final de su vida le escribe al Embajador de Inglaterra (carta cuyo original estaba expuesto en el Museo Condé de Chantilly en la exposición “André Le Nôtre y los jardines de Chantilly”, clausurada el 9 de Octubre de 2000), donde éste le decía: “acuérdese Usted de todo lo que ha visto de los jardines de Francia, Versailles, Fontainebleu, Vaux-le-Vicomte, las Tullerías, y sobre todo Chantilly”.3 

Flotando sobre sus vastas extensiones favoritas, que él mismo plantara, canalizara, irrigara, transformara y modelara, celebramos que el ICOMOS haya decidido organizar un Coloquio Internacional sobre Le Nôtre para desenmarañar los asuntos que aún quedan desconocidos de su arte (Le Nôtre nunca escribió sus memorias, ni un tratado, ni tampoco dejó notas). El Contralor de los Edificios del Rey, ennoblecido con el título de Caballero de la Orden de San Miguel para los escritores y los artistas, todo lo que hizo lo dejó escrito con majestad en el paisaje... por la gracia divina.


Portrait d´un homme heureux. André Le Nôtre (1613-1700). Erik Orsénna. Ed. Fayard, 2000 (f. www.erik-orsenna.com/erik_orsenna_livres.php).




NOTAS
1. Erik Orsénna. Portrait d´un homme heureux. André Le Nôtre (1613-1700), Ed. Fayard, 2000.
2. Manuel Vicent. El País.
3. Catálogo de la exposición "André Le Nôtre y los jardines de Chantilly", Museo Condé, Chantilly, 2000.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 23 de Octubre de de 2000.

viernes, 21 de marzo de 2008

Adriano

                                             
El Adriano de Sagalassos, Turquía (f. http://tijlv.studentenweb.org/sagalassos07/statue/).

“Aparejé un mundo como a un bello navío
para un viaje que durará siglos”
Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano.1
La estatua de piedra mide como tres metros de alto. La han colocado sobre el pedestal en un nicho gris, del mismo tranquilo color que pintaron el resto de las paredes. El mármol blanco, en toda su estatuaria belleza, recibe al público en la entrada, quien prácticamente se postra en silenciosa reverencia y casi besa el suelo del edificio de la Mairie du Cinquième Arrondisement, tan imponente aún es la verosimilitud del retrato del emperador. 

Publius Aelious Adriano, ocho siglos más tarde, sigue reinando majestuoso. Su pueblo hoy se ha engrandecido, más universal y numeroso que en tiempos del Imperio, más ecléctico e híbrido que cuando consistía en el saco de culturas disímiles provenientes de Oriente y Occidente que fueran pacificadas bajo su mandato en Roma; ya no persas, cátaros y nubios, sino europeos, asiáticos, africanos y americanos los fervientes admiradores de su memoria. Este global pueblo “romano” hace la cola todos los días a lo largo de la rue Soufflot en París, para ir a inclinarse ante su imagen majestuosa, casi vívida, palpitante, de cuerpo presente sobre el pedestal, y rendirle homenaje al más amado de todos los emperadores, al más legendario hito de las postrimerías de la antigüedad y al más significativo personaje del milenio. El besamanos es tan solemne, que la cola avanza lentísima…

Adriano. Basta mirarle el semblante. La cabeza barbada, noble, erguida sobre un cuerpo que nadie esperaba tan robusto, mira tranquila hacia otra parte, lejos, quizás hacia su adorada Grecia, en un gesto descuidado que se torna, por lo desprevenido, en amistoso. Sus ojos pensativos no tienen la dureza hierática que acostumbran los retratos de otros emperadores; son adustos, sí, pero no desconfían de quien tienen delante (decía Marguerite Yourcenar en el cuaderno de notas de Memorias de Adriano: “sentimos pena ante la presencia de los rostros esculpidos en piedra, a darles el color y la morbidez de la carne y su fragilidad. Somos tímidos en lo que concierne al pasado”).2

Los curadores de la exposición
“Adriano, tesoros de la villa en Tibur”, que clausura el domingo próximo (19 de diciembre de 1999), supieron lo que hacían al colocarlo en la entrada: su mirada nos obliga a ir de allí hasta la primera sala, al recinto donde nos espera la gran maqueta de la reconstrucción de la Villa Adriana, la cual fue sacada del lugar donde se guarda siempre, el Museo de la Civilización Romana (http://www.museociviltaromana.it/), al igual que las otras doscientas piezas auténticas que conforman la muestra, vasos, bustos, cuadros, estatuas, fragmentos, dibujos, planos, manuscritos, provenientes de todos los museos y colecciones del globo, unidas en la forma más completa que se conoce desde los tiempos de la villa. Este es el broche de oro con el que París y Roma, capitales culturales del mundo, quisieron cerrar el milenio.

Y allí está: la Villa Adriana. Doscientas hectáreas de diseños. U
na Villa hecha villa, que arranca como proyecto perenne de arquitectura hasta hacerse una ciudad; la ciudad de un solo hombre, un hombre que por ella luego, a su vez, se descubrió a sí mismo arquitecto y urbanista. Como escribiera en la introducción al catálogo el ilustre e inteligente Alcalde de Roma, Francesco Rutelli, es Adriano “un hombre extraordinariamente moderno, el símbolo de esa curiosidad intelectual que le permite a Roma acoger en el Imperio las tendencias, los estilos y los modelos de las ciudades sumisas, recreándolas, modelándolas y adaptándolas”.3 Y continúa: “la Villa en Tivoli es también un lugar de modernidad: ¿No asistimos nosotros hoy en día a tentativas a menudo infructuosas de contaminación artística, arquitectónica, cultural? ¿No es ésto precisamente lo que hacía el emperador Adriano, cuando hacía llamar a los mejores maestros, a los técnicos más avanzados?” A continuación, Rutelli cita a Yourcenar, quien habla de una similar decadencia por boca de Adriano (o viceversa): “estamos atestados de estatuas, repletos de delicias pintadas o esculpidas, pero esta abundancia es una ilusión; reproducimos sin parar docenas de obras maestras que ya no seríamos capaces de inventar”. La crítica del alcalde a la proliferación de la basura y de la clonación arquitectónica y urbana en la metrópolis contemporánea no puede ser más actual.

La humanidad recuerda a Adriano, gran fundador de ciudades, porque en su gobierno el arte, la filosofía, la literatura y la poesía fueron los motores de la acción cotidiana. Pero también, la arquitectura. Dicen que fue en el período adrianiano cuan
do la arquitectura romana se hizo la tectónica arquitectura romana que hoy especialmente admiramos (“...aparejé un mundo como a un bello navío para un viaje que durará siglos”). Sus construcciones carecían de un proyecto arquitectónico desde el principio; y es que se iban haciendo entre sus viajes, calmándose en sus ausencias y reanimándose al él volver (“había que disponerlo y construirlo todo (…) en un laberinto de máquinas, de complicadas poleas, fustes semi levantados y bloques blancos negligentemente apilados bajo el cielo azul”).

Adriano, el arquitecto, es célebre también en la historia por la diatriba arquitectónica que sostiene con Apolodoro el arquitecto al empezar la construcción del Panteón, obra cuyos planes “consideraba tímidos”, y que Yourcenar le atribuye (“esa obra, era mi pensamiento”). Al tratar de convertir “una ciudad admirable en una ciudad perfecta”, Adriano impulsa la arquitectura: rompe ejes visuales (Pequeñas Termas); crea sorpresas
espaciales; explota el valor de la cuarta dimensión, emplea como rótulas edificios enteros (Teatro Marítimo); recurre a ejes disonantes, acentúa el factor sorpresa (Piazza d’Oro); enmascara en el exterior la forma interna (Serapeum); forma pantallas de columnatas (Termas del Heliocaminus); gusta de simetrías y asimetrías, esquemas radiales, piezas imbricadas, muros perforados, ricas iluminaciones cenitales.

Es, sin embargo, al culminar que la exposición se devela magistral. Al final del pasillo esperan en unas sencillas vitrinas las páginas del manuscrito original de las Memorias de Adriano. Y concluye el Alcalde de Roma: “para nosotros, los italianos, y para el mundo entero, la época de Adriano es un punto de referencia en la historia de la cultura y de la civilización, pero es en lengua francesa que fueron escritas sobre él, y para él, las frases más intensas y verdaderas”. Italia deposita así, justo enfrente del Panteón francés, el más grande regalo a una escritora: traerle a casa ese “lugar donde hemos escogido vivir, esa residencia invisible que hemos construido al margen del tiempo”, los fragmentos de la Villa de Adriano.4






NOTAS
1.2. Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano.
3. Catálogo de la exposición "Adriano, tesoros de la villa en Tibur", Mairie du Cinquième Arrondisement, París, 1999.
4. Marguerite Yourcenar está sepultada en la Iglesia de Sainte-Geneviève, el panteón francés. El edificio de la Mairie du Cinquième queda justo enfrente.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 13 de Diciembre de 1999.

 

martes, 22 de enero de 2008

París intensivo

Fotografía de Robert Doisneau. 



¡ALCALDES! ¡FUNCIONARIOS DE GESTION URBANA!
8 días Desde US$ 565* por día

PARIS intensivo

Tour urbano para Autoridades Municipales

ATRACCIONES DEL VIAJE:
Mil años de historia de la ciudad esperando: El PAQUETE BASICO DE CULTURA URBANA, ha sido diseñado para todas aquellas personas trabajando en Gestión Urbana en los municipios y que quieren hacer planes, espacios públicos o permisar proyectos sin tener –honestamente- la suficiente formación en al ARTE DE CONSTRUIR LA CIUDAD. Con este tour único, tendrán la oportunidad de conocer intensivamente de primera mano la ARMONIA de una ciudad donde todo está hecho para hacerle la vida grata a sus habitantes. Un saber centenario; un catálogo de ideas, un museo de la calle. Un programa que sigue las rutas de los peatones más afortunados del mundo. Aprender lecciones seguras e indispensables en bulevares, plazas, parques y respetuosa arquitectura de la ciudad, guiados por notables arquitectos, urbanistas y profesores universitarios.
 
01 DO. EN VUELO
Salida en vuelo de Air France con destino a París.
Noche a bordo.
02 LU. PARIS
Llegada al Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle y traslado a un tradicional hôtel particulière, como el Hôtel du Dragon, o similar. Se pretende que los viajeros aprecien de primera mano lo que significa habitar y disfrutar de la vieja arquitectura histórica cuando se respeta y se renueva apropiadamente, de manera que cuando tengan de nuevo una enfrente en Caracas, lo piensen dos veces antes de permitir que sea echada por tierra. Alojamiento y resto del día libre. Opcional: un aperitivo en un café cercano, como el Deux Magots, sobre alguna inmaculada acera, para contemplar a los paseantes y empezar a entender de qué se trata todo el programa (aprovechar para tomar notas).
03 MA. PARIS
Desayuno buffet. Tema de reflexión del día: El tiempo como material de la ciudad. Traslado en autopullman hasta la Catedral de Nôtre Dame en l’Ile de la Cité. Charla en español del arquitecto Fernando Montes, profesor de arquitectura de la Universidad de París, sobre “La ciudad emocional de Víctor Hugo” desde el mejor observatorio original de la ciudad: la torre sur de la Catedral. Vista panorámica contemplando el vasto océano de las arquitecturas y de los urbanismos: el Barrio Latino, el Panteón, la Sorbona, el Palacio y los Jardines de Luxemburgo, la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos, la Plaza de l’Etoile con el Arco de Triunfo, la Plaza Vendôme, la Iglesia de la Madeleine, el Museo de El Louvre, los Grandes boulevares, la Opera y la Torre Eiffel con el Campo de Marte. Tarde libre.
04. MI. PARIS
Desayuno buffet. Tema de reflexión del día: El espacio público como proyecto. Salida en autopullman recorriendo los grandes bulevares. Charla del arquitecto Antoine Grumbach, profesor de arquitectura de la Escuela de Arquitectura de París-Belleville y Grand Prix de Urbanismo y de Arte Urbano 1992, sobre “El París Haussmaniano y la idea de orden”. Parada en l’Etoile. Descenso a pie por los Campos Elíseos y experimentación directa del mobiliario urbano. Se podrán tomar mediciones y fotografías de los magníficos brocales de piedra de las aceras, los drenajes y demás herrajes, los pavimentos, las cabinas telefónicas, los kioskos, los “pissoirs”, los postes de luz, las papeleras, las rampas para paseantes minusválidos, y demás amenidades High Tech del paseo hasta la Plaza de La Concordia. Almuerzo en la Rue de Rivoli. En la tarde, corta visita de la Place Vendôme para resaltar la importancia de los espacios públicos abiertos y sin obstáculos; pasar al Jardín de las Tullerías, conducidos por el arquitecto paisajista especialista en “promenades plantées” Alexandre Chemetoff, quien hablará (con traducción simultánea) de “Uso, contemplación y plantación en un parque urbano”.
05. JU. PARIS
Desayuno buffet. Tema de reflexión del
día: Las formas de la memoria colectiva. Visita a pie de la ciudad medieval. El Barrio Latino, las dos islas, la Sorbona y el Marais. Charla en dos partes, con traducción simultánea de Michel Vernes, nieto de Jules Verne, vecino de la zona (Gallerie Vivienne) y profesor de arquitectura en la Universidad de Nantes. La primera en el Palais Royal, titulada “El silencio en la ciudad”, y la segunda en la Place des Vosges, llamada “Proyecto y monumentalidad: o de cómo la democracia puede ser más Noble”. Almuerzo en la plaza. En la tarde, justo al salir del Marais, dos visitas cortas, primero al al Pabellón de l’Arsenal, en el 21 Boulevard Morland, con su exposición permanente: “París, la ciudad y sus proyectos”, y luego al Museo de la Historia de la Ciudad, en el Hôtel de Sevigné.
06. VI. PARIS
Desayuno buffet. Tema de reflexión del día: El fetichismo metropolitano. Excursión de un día entero. Visita panorámica en autopullman de los Grandes Proyectos. Charla del arquitecto Christian de Portzamparc, traducida simultáneamente, sobre “Modernidad, desarrollo y arquitectura de la ciudad”. Por la mañana, el Gran Louvre, el Museo d´Orsay, el Ministerio de Finanzas, el Instituto del Mundo Arabe, y la Biblioteca de Francia. Almuerzo en la vía. Por la tarde, el Parque de la Villete, el Gran Hall, la Ciudad de las Ciencias y las Industrias, la Ciudad de la Música, el Gran Arco de La Défense, el Parque André Citröen y el Stade de France.
07. SA. PARIS
Desayuno buffet. Tema de reflexión del día: La fábrica de la ciudad del hombre. Caminata por el Boulevard Raspail, la rue de Grenelle, y la rue de Varenne. Visita de edificios enclavados armónicamente en su contexto. Palacios, cités, hôtels particulières, jardines privados. Almuerzo en el Boulevard Montparnasse. Charla del presidente del Instituto Francés de Arquitectura con traducción simultánea, acerca de “La ciudad y la memoria”, en la propia sede del Instituto detrás de San Sulpicio. Brindis de despedida.
08. DO. PARIS
Desayuno buffet. Tiempo libre y traslado al aeropuerto. Fin del programa.

(recuadro final)
FECHA DE SALIDA:
Inmediatamente después de las elecciones municipales (cuanto antes, mejor).
EL PROGRAMA INCLUYE:
* Alojamiento en habitaciones con baño privado, en un hotel cinco estellas.
* Todos los impuestos de alojamiento.
* Desayunos continentales.
* Traslados aeropuerto/hotel/ aeropuerto.
* Recorrido en dos autopullman de lujo con aire acondicionado, y máximo confort.
* Las visitas indicadas, con traducciones simultáneas de las charlas dictadas por guías locales especializados.
* Manejo de una maleta por persona, con propinas o maleteros.
* Reconfirmación del vuelo de regreso
* Un kit de viaje para caminar por la ciudad que contiene: un plano de París, una botella de dos litros de agua mineral (renovada cada día), una brújula y un cuaderno de apuntes con un lápiz (se entrega en el hotel). Para los alcaldes, también se les incluye un ejemplar del libro El Peatón de París de Léon-Paul Fargue, de la Colección L´Ímaginaire, Ediciones Gallimard, París 1932. 1
* Diploma que certifica el haber asistido al tour PARIS INTENSIVO, firmado por la Universidad de París y el Instituto Francés de Arquitectura. Acredita un primer grado en Cultura Urbana, bueno para opinar sobre Planes de Desarrollo Urbano Local, amenización y creación de espacios públicos, construcción de aceras, la prioridad del peatón sobre el vehículo, vialidad, protección de la calidad del medio ambiente urbano, preservación de la arquitectura histórica, señalizaciones y publicidad, mobiliario urbano y pavimentos.
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(Este Precio especial con pasaje aéreo está calculado para ochenta Autoridades Municipales: quince funcionarios por municipio más un Alcalde. A los Alcaldes interesados se les ofrece además un descuento adicional de media pensión al mismo precio).
* Por persona.
Para mayor información, contactar: 
Arquitecto Hannia Gómez. 
Cupos limitados.

El Peatón de París. Léon-Paul Fargue. Colección L´Ímaginaire. Ediciones Gallimard, París, 1932.






NOTAS
1. Léon-Paul Fargue. El Peatón de París, Colección L´Ímaginaire, Ediciones Gallimard, París, 1932.



Publicado en: Revista Estilo, Caracas, 1999.


sábado, 1 de diciembre de 2007

Invierno


Hoja de esquicios del Hôtel de la Baziniére (París, 1653. Arquitecto François Mansart).




Para pasearse por una ciudad en invierno hace falta hacer gala de una imprudentísima pasión. Como un motor diesel reventándose en solitarias explosiones, así va impulsándose por las heladas aceras el apasionado paseante invernal. Mientras más camina, más necesita del calor de su cuerpo; mientras más entra en calor, más difícil le es detenerse. El largo día gris y húmedo de la caminata podría ser interminable, mas la febril máquina encuentra también en la ciudad, fatal objeto de su amor, una razón para claudicar. Cualquier banco frente al río puede servirle. En la niebla, la ancha costra de piedra luce mansa como nunca, y cobija densamente tibias maravillas. Inmóvil, admira la ciudad invernal... pero resulta que se congela. Demasiado bien sabe que su pasión resiste mal la intemperie: desatina al correr y desmaya al detenerse.
 
Se verá obligado a andar de nuevo. Abre una guía de
la sombría ciudad y la recorre, los dedos tumefactos, buscando algún rincón para guarecerse. Una cálida oferta le habla a su corazón: en el número 87 de la rue Vieille du Temple, el Hôtel de Rohan -sede del Centro Histórico de Archivos Nacionales-, extendía su planta en forma de "H" entre un jardín gigantesco y un patio empedrado. Era el aniversario del nacimiento de François Mansart (1598-1666), arquitecto del rey. Exhibían una recopilación exhaustiva de sus dibujos y maquetas originales.1 Hacia allí iría a conducir ahora el paseante invernal su furtivo frenesí.

Pasó bajo el portal de piedra altísimo. Cruzó el patio y entró por la puerta-vidriera. Una vez adentro, fue hacia las tranquilas salas apartadas. En
el eje principal del edificio dio con un plano de París tan grande como una mesa para treinta comensales, y sobre él dispuestas todas las obras del genio de la arquitectura; la ciudad se le ofrecía como una cortesana, pero ahora en el Grand Siècle.

En la cima de la escalera, un dibujo: la hoja de esquicios para la modernización del Hôtel de la Baziniére, de 1653. En una misma lámina, borrones y tachaduras, diseño sobre diseño de quien alcanzara la gloria por no poder decidir jamás por una última solución arquitectónica. Esta flaqueza le fue criticada duramente por sus coetáneos, quienes le blandían la máxima "paraphé ne varietur” (“se firma para que nada cambie”),
mientras él alegaba que “no podía amarrarse las manos, y quería conservar siempre para sí el poder de hacer las cosas mejor”.

Mansart se acogía al derecho de todo arquitecto a perseguir la forma perfecta, a no parar de diseñar jamás, aún en la obra. Su proceso creador iba más allá de la construcción, y eran de fama sus muros, bóvedas y tramos enteros de escaleras demolidos y vueltos a construir varias veces, para terror de clientes a la moda y maestros masones. La hoja de esquicios de la Baziniére podría también llamarse “Defensa e Ilustración del Arrepentimiento
”.

Subió la escalera. Los dibujos habían sido montados en atriles forrados de seda color cereza. Los passe-partouts color marfil tenían como un dedo de espesor, y alguien, copiando la cuidadosa caligrafía del arquitecto, había rotulado sobre ellos e
l nombre de cada dibujo... La tibieza era enervante. Las ropas le pesaban. Se sintió impelido a despojarse de todas, que fueron cayendo imperceptiblemente en cada sala del piso superior.

El sombrero fue el primero que saltó, frente al dibujo en tinta china del famoso frontispicio del Temple de Sainte Marie. La bufanda vino a colgarse descuidadamente de una esquina del marco de la planta del Ch
âteau de Coulommiers. Al ver los muros deconstruidos en el grabado del Hôtel de Chevreuse, dejó caer de un golpe al suelo el abrigo... Nadie vigilaba.

La chaqueta quedó a los pies del alzado del jardín del
Château de Maisons, y en alguna parte entre el esquicio para la Eglise de Val-de-Grâce y el plano múltiple de la elevación de la Eglise de la Visitation, enganchó el suéter con un murmullo de placer; ya en mangas de camisa, pasó deslizándose largamente por los veinte pares de pilastras del célebre gran plano de la fachada oriental del Louvre. Su soledad era absoluta. Sólo restaba la sala del Château de Blois, llena de mansardas asimétricas y de jardines en acuarela.

Dicen que fue completamente feliz allí, admirando Blois. ¡Qué dicha! ¡Al fin tener entre los brazos a “l´esprit d´escalier”! Los deleites estereotómicos de las bóvedas, el goce mansartiano del gran domo... 


Pero no fue sino al estar muy, muy cerca del papel, su aliento empañando los cristales, sus labios rozando la seda, cuando apreciaba la intensa profundidad del trellis en tinta simulando la sombra en los alzados del castillo, que sintió la presencia física de la arquitectura. El placer era completo. Cerró los ojos.

Tiempo más tarde el paseante invernal estuvo de nuevo a la fría intemperie. Sus pasos insaciables lo llevaron a algún ancho paseo de alta verja y leones verdes. Otra vez en el estilizado paisaje nevado.



François Mansart. El genio de la arquitectura.





NOTAS
1. François Mansart: Le genie de l´architecture, Centro de Archivos Nacionales, París. 17 de octubre de 1998 - 17 de enero de 1999.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Marzo de 1999.