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sábado, 13 de junio de 2009

El fantasma

Villanueva fantasma (f. Paolo Gasparini).



"Una cadena circula a través de nuestra existencia,
enlazando lo que ya está muerto con lo que está plenamente vivo”
Marcel Proust.1

Un sábado en la noche, tuvimos la suerte de pescar en ValeTV una serie de la BBC –a la que ya no pudimos dejar-, titulada “The Hemingway Adventure”. La aventura en cuestión no era otra que la filmación de un individuo que tenía la pauta televisiva de recorrer el mundo siguiéndole los pasos a toda huella, a todo vestigio, a toda memoria que hubiera dejado sobre la faz de la tierra Ernest Hemingway.

Una idea genial para una serie. En ella se mezclaban en forma muy actual los documentales de descubrimiento de paisajes del mundo con los programas sociologizantes que muestran las culturas humanas, con una suerte (por lo aventurero de las peripecias registradas en cámara) de re-edición de Indiana Jones, pero literario.

Armado de una casaca de khaki, de un sombrero de cazador de patos y de un bolso de municiones repleto de libros del perseguido autor, el presentador británico iba de Madrid a Venecia, de Idaho a París, de Key West a Cuba y hasta al corazón de Africa, hasta el mismísimo nacimiento del Nilo, esforzándose obsesivamente en usar los mismos medios de locomoción y de vida originalmente empleados por el incansable “Papa” en sus escarceos trotamundos, de la bicicleta a la avioneta al tanque de guerra al bote de remos, y de la canoa al lomo de caballo palomino hasta las motocicletas con remolque.

La pesquisa del fantasma de Hemingway por todas sus casas y todos sus lugares (que invariablemente ostentan un orgulloso “Aquí estuvo…”) discurría entre lo patético, lo tragicómico, lo poético y lo maravilloso, y uno no sabía si reir o estar agradecido, porque todos los sentimientos del espectador se iban confusamente mezclando… Lo más increíble era la constatación del grado de veneración mundial hacia los instantes de vida de un hombre notable, de un ídolo bienamado, por más volátiles o fugitivos que éstos fueran. Como su paso por un puente de provincias en bicicleta o, peor aún, su provisión de víveres en la bodega del pueblo: “aquí E H compraba sus lombrices de tierra para irse a pescar lubinas”, práctica que se exageró hasta el punto de conducir al célebre cartel disuatorio en la entrada del famoso mesón madrileño Botín, en los bajos de la Plaza Mayor, que reza sobre el dintel:

“Hemingway NO estuvo aquí”

El espectro de la veneración es variopinto, y es una de las inclinaciones a las que más está dada nuestra época. Valga otro ejemplo, aún más suculento: Ediciones Gallimard publicó el año pasado (2001) la obra de un cineasta-escritor llamado Jérome Prieur, quien se dió a la tarea de perseguir por París el paso de Marcel Proust, itinerario-homenaje que culminó en el genial libro Proust fantasma.2 Otra afortunada noche tuvimos el chance de agarrar al vuelo una entrevista que le estaba haciendo Radio France a Prieur. En ella él se preguntaba qué es la vida de un escritor, pero sobre todo, qué es lo que queda de ella. De nuevo, como en la serie de la BBC, su libro “no es una biografía, sino una aventura”. Lo importante es que el fantasma del personaje perseguido sea de novela, preferiblemente negra. Los lugares habitados por su presencia, las escenografias abandonadas, “algunas fotos, cierta suerte de reliquias, de marcas medio borradas, de relámpagos de luz, de brazadas de pequeños recuerdos, sirven de talismanes”. Todo es bueno para volverle a dar cuerpo a ese ser invisible, para adivinar a qué se parecía cuando era de este mundo, para “invocar su imagen como se invoca a los fantasmas”.

Prieur se dispuso entonces a recorrer la ciudad de París dispuesto a hallar todas las reencarnaciones de Proust. Así, enfrentó la redacción de todas las vidas imaginarias discurridas en paralelo a la que tuvo realmente, exhumando página tras página en las calles, en las habitaciones, en los edificios parisinos, el soberbio cuerpo arquitectónico proustiano. Escuchó su voz, miró por sus ojos “de mirada de mil facetas como la de las moscas, mirada de lobo que engorda todo lo que toca”, surfeó sobre las ondas del pasado y elaboró toda una nueva teoría de los espectros, donde, fuera del tiempo, gracias a los miles de ex-votos dispersos por París, se puede hacer reaparecer a ese hombre invisible, intocable, que, sin cuerpo, permanece vivo –“vivant"- en la ciudad. Las expediciones de Prieur pueden lucir como obsesión, es cierto, y hasta como cursilería, pero, es innegable que, como médium amantísimo, nadie como él para hacer aparente y traducir para los menos sensibles la “bruma de las inhalaciones urbanas”. La ciudad se llena de nuevas estaciones solemnes de peregrinaje.

Uno podría bien resistirse a los mitos, y evitarlos. Y negar, reconocer que existen. Pero éso, solamente, no los borra. Yo misma, luego de haber participado en uno de los equipos que trabajaron en el recién concluido (2002) "Concurso de Calidades Urbanas para la Zona Rental Norte de la UCV", quiero dar fe aquí de un tercer delicioso ejemplo de freudiano reencuentro con el fantasma de un ídolo en una ciudad. La ciudad es ésta, Caracas, y el fantasma es el de Carlos Raúl Villanueva.

En las bases del exitoso concurso tenemos un hermoso ejemplo de una comunidad arquitectónica que, como una hija tentada y atormentada, se debate ante cometer o no un parricidio. En la Zona Rental Norte yacen, nada más y nada menos, que las fundaciones y siete sótanos construidos de la Torre Rental, el edificio no-construido del maestro, cuyo proyecto terminado hasta el último detalle reposa en la Planoteca de la Universidad Central de Venezuela.

De una manera inconsciente, las directrices geométricas del rectángulo existente de la torre inacabada norman todas las líneas de diseño del conjunto que el nuevo edificio deberá seguir: sus ejes compositivos marcan todo con villanuévica cardinalidad. Ni qué decir que, consecuencia de este insconsciente respeto a la obra de un maestro fenecido, a la que sin embargo se quiere borrar del mapa y sustituir con unas enanas torrecillas, algunas propuestas buscaron olímpicamente suplantar la torre de Villanueva con una “mejor”, otras le pasaron por encima con un bucólico pasillo de adoquines y otras la dejaron como un resto arqueológico plantado de vegetación. Las cinco propuestas que compitieron, animadas, o poseídas, más bien, de este villanuévico espíritu, hacen de acuerdo a las estrictas bases, “ejes de la torre”, “halles de la torre” o “cortes volumétricos”, que responden a los alineamentos que “vienen de la torre”.

La Torre Rental, presente en el insconsciente de los organizadores del concurso, rechazada y a la vez imposible de olvidar, nos hace recordar las palabras de Proust, cuando escribía: "el presente inscribe también frente a nosotros palabras con las cuales no sabemos qué hará más tarde nuestro destino. Y una cadena circula a través de nuestra existencia, enlazando lo que ya está muerto con lo que está plenamente vivo”.3



Portada del libro Proust fantôme, de Jérome Prieur. 






NOTAS
1. Marcel Proust. Textos reencontrados.
2. Jérome Prieur. Proust fantôme, Le cabinet des lettrés, Editions Gallimard, Mayenne, 2001.
3. M. Proust. Op. Cit.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 11 de Marzo de 2002.



viernes, 14 de marzo de 2008

El valle de los caídos

El Valle de los Caídos. Arquitecto Pedro Muguruza, Madrid, 1959.




No, los caídos no son los que imaginan: no los que exalta el monumento franquista a sus héroes en la Guerra Civil Española (1959) ubicado en la Sierra de Guadarrama; no esos fantasmas encapuchados de mármol, semiocultos entre la caverna, no, aunque en lo tenebroso se les parezcan mucho en este valle falangista.

No los concejales de la Cámara Municipal de Chacao, al dar hasta ahora (1999) su brazo sin tregua para defender desinteresadamente la memoria urbana de su municipio a pesar de la incomprensión y la negligencia que abunda entre quienes mal los rodean, nombrando patrimonio monumental del municipio al edificio Galipán; al haber detenido por todo este tiempo la avalancha destructora que se cierne brutalmente sobre este querido fragmento arquitectónico de la avenida más importante del este de Caracas; al haber dado aquella inolvidable primera señal de ALTO, OJO: AQUI TENEMOS UNA CIUDAD, tenemos una historia, un carácter y un sabor urbano legítimos, y nuestra resposabilidad es defenderlo; Caracas no puede ser por todas partes borrón y cuenta nueva, nosotros sí sentimos orgullo ciudadano por lo poco que nos queda, no todas las parcelas del municipio son iguales, hay lugares de respeto, hay cosas inviolables, deben nacer nuevas modalidades para desarrollar y construir, sí, pero sin inmolar los íconos de la memoria urbana que nos hicieron como somos. Seamos responsables. Reflexionemos.

No. Tampoco la Academia, con un Consejo Universitario y un Consejo de la Facultad de Arquitectura que han dado magistralmente la talla sabiendo llevar a la opinión pública el peso de la verdad y demostrando cuán inamovible es la dignidad cuando se ancla en el conocimiento verdadero. Nunca habíamos tenido en materia urbana y arquitectónica una respuesta de tanto consenso y tanta severidad proveniendo de nuestra suprema Alma Mater, así como nunca habíamos estado armados en nuestras luchas urbanas de una figura tan heroica (heroica dije, sí, en toda su dimensión) como la de nuestro actual Decano de Arquitectura y Urbanismo, Abner J. Colmenares (1999).

No. Tampoco son los vecinos, solos como individuos o agrupados en asociaciones, ni sus alertas dirigentes, velando por lo que les pertenece, ellos como los primeros afectados ante la degradación del entorno, ni tampoco la colectividad caraqueña, gigantesca masa hasta ahora aparentemente inasible y apática en estos temas, que por todas partes se manifestó con las maneras que le brinda la ciudad, desde el murmullo hasta la airada queja en todas sus formas, ni, finalmente tampoco, el gremio periodístico, la mayoría de los críticos de arquitectura incluidos allí, llenando las páginas de periódicos y revistas con sus trabajos abogando por la conservación, aún sin ponerse muy de acuerdo en la forma, pero todos igualmente atemorizados ante lo que significaría la pérdida irremisible de este gran edificio convertido en símbolo y el duelo por la derrota de la ciudad en esta hora. No. Ellos no son los caídos.

Caído está el Alcalde, máxima autoridad del municipio, quien no quiso refrendar la tan honorable declaratoria de monumento de sus pares, avalándola aunque fuera con una simple firma, por temor a comprometer los dineros de su cartera, cuando lo que tenía que hacer era promover una campaña para cambiar las leyes, coordinar un concurso de arquitectura para salvar el edificio construyendo unas áreas adicionales atrás, y erigirse en el país como Adalid Político de la Memoria y Promotor de la Evolución Legal de la Ciudad (Señor Alcalde, la oportunidades en la vida que nos da Dios para llegar a ser inmortales son fugitivas); caído está el Instituto de Patrimonio Cultural de este país, especialmente en la figura de su Director, quien se está ocupando no se sabe de qué peregrinos menesteres sin encargarse como debiera de lo suyo, es decir, de salvar el patrimonio monumental, de ganar para todos y para siempre esta batalla icónica, de entender de una vez por todas qué es lo hace de Caracas Caracas, de buscar la mejora legal y de convencer a los descreídos de lo que significa el lenguaje de la ciudad; caídos están todos esos otros directores de institutos y directores de páginas de arquitectura que han puesto en duda hasta la esencia misma de lo caraqueño pensando que cualquier cosa estará mejor en esa parcela que el humillante montón de basura al que sus dueños han reducido el edificio y celebrando como una victoria un entendimiento que es un fracaso disfrazado; caídos están los asesores que han decretado la debilidad de la estructura del edificio, porque si les diéramos crédito entonces habría que demoler también toda la Caracas de esos mismos años, el Palacio de Miraflores incluido; caídos están los abogados que, ignorantes en materia de arquitectura y urbanismo, elaboran dossieres de doscientas páginas para descalificar a la arquitectura de Caracas, híbrido excitante y elusivo, linterna mágica, tesoro inédito aún ni siquiera tasada del todo ni por nuestros especialistas ni por nuestros mismos poetas.

Caídos, aún sin que haya caído siquiera el Galipán, ellos están. Y caída, como ninguna, la Presidente del Colegio de Arquitectos, quien aún no se sabe a nombre de quién -porque que se sepa nunca se hizo ningún referendum para preguntarle su opinión a todos los colegiados sobre el asunto- asumió su destructiva, inescrupulosa, irresponsable, pública y ejecutiva postura de “echarle encima la lápida” -usando sus propias palabras- al Galipán, y ahora prosigue logrando acuerdos mochos y engañando a la opinión pública haciéndole creer a todo el mundo que clavar un Richard Meier en la Avenida Miranda puede perdonarlo todo (a mí, como a muchos ilustres colegas, ella NO nos representa un rábano, y lo único que queremos es ver su nefasta acción fuera del Colegio).

Veánlos caer. Veánlos cayendo. Por promotores destructores de la memoria, por plegables mediatizadores de la verdadera arquitectura, por acomodaticios mediocres sin fe en nuestra ciudad. Puede que aún no hayan llegado los tractores, pero ya quien lo desee puede verlos caer.



Edificio Galipán, Gustavo Guinand van der Walle. Caracas (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1950s).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Noviembre de 1999 y en arqa.com (http://1999.arqa.com/columnas/hannia11.htm)



domingo, 19 de agosto de 2007

La contienda

Un desértico concurso en el Museo del Prado prudujo desaliento.




No podíamos considerarnos más afortunados. Luego del estrepitoso y desalentador fracaso del concurso internacional para la ampliación del Museo de El Prado, cuyos dos kilómetros de planos tirados al cesto de la basura (“o seis”, según sonriendo me dijera hace dos semanas el Decano de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid), el más pintado ya había sentido quebrantarse su fe en las competencias arquitectónicas. La escabrosa estampa de cientos de profesionales de todas las jerarquías, arrojando esperanzados la casa (o el Prado) por la ventana, no había servido de nada: “el fallo fue fallido”, como se lamentara Luis Fernández-Galiano, un lamento que tasa no sólo al desértico concurso, sino mundialmente a la falta de norte en toda la profesión.

Luego de tales ironías de los acontecimientos, no podíamos encontrarnos de mejor talante para apreciar la nueva visita del potencial ganador del otro gran concurso de arquitectura que en estos días también finaliza, el del nuevo Puente Habitable sobre el Támesis, donde parece que esta vez sí habrá un ganador y una idea triunfadora. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que no habrá que tirar también algo a la basura: media cuadra de paneles de Zaha Hadid o unos cuantos rollos de planos de Antoine Grumbach esperan junto a la papelera como junto a un cadalso, ambos ya desde hace días proclamados “Joint Winners” rumbo al Juicio Final. Odd couple! Tirar a uno es quedarse con el otro, se entiende, y por fortuna. Ello significa que el jurado, o la Thames Water, o la opinión pública, o la ciudad de Londres, o a fin de cuentas el estado general de las cosas, al escoger entre el puente en cantilever de Zaha (con los diversos usos colgados inverosímilmente sobre ambos bancos del río), o el “Puente Jardín” de Antoine (una calle extendida entre dos torres al norte y un palacio de vidrio al sur), toma partido y está por proclamar a los cuatro vientos su preferencia, su tendencia, su inclinación, no ya simplemente por los cables tensados del uno o por los voladizos de la otra, sino mucho más allá: por una u otra paradigmática manera de enfrentar el problema de la ciudad, en este fin de siglo y para el futuro. Nada menos.

Mientras el contenido de los faxes parece ir favoreciendo por ahora a Antoine, a éste lo encontramos metido de cabeza aquí en Caracas entre los planos de Puerto Cabello, gracias a la Universidad Metropolitana. Su Cátedra de Profesores Visitantes es un ejemplo de lo que habría que repetir si queremos recortar la inquietante brecha que nos mantiene lejos del resto del mundo como una comunidad arquitectónica fantasma. Mientras Grumbach le explicaba a los estudiantes qué significa repensar Puerto Cabello, cómo recoger las trazas de su memoria colectiva, la muralla, el puerto, la aduana, la trama de las calles, cómo llevar adelante ese análisis de la forma urbana, el cual, según sus mismas palabras, ya de por sí es casi la mitad del proyecto de diseño urbano, yo trataba de ponerme en el pellejo de Zaha Hadid...

¡Cuán libre, cuán ágil se puede ser cuando la arquitectura se piensa sin el contexto! Un puente puede doblarse y descolgarse a placer, arranca y termina donde le provoque, existe por sí solo. Totalizante, rompe con todo lo preexistente. Si yo, pensando como Zaha, les hubiera lanzado a estos estudiantes de diseño urbano, desde el otro lado de la mesa y en medio del plano de la ciudad portuaria, un pretencioso e incomprensible gesto escultórico, que contorsionase hasta el orgasmo las calles, que quebrase sin misericordia los bordes, por hermoso que éste hubiera sido, ¿cómo habrían reaccionado? ¿Lo habrían aceptado como una idea válida de diseño urbano para resolver los problemas de ese Puerto Cabello olvidado del mundo, lo habrían tomado con el mismo entusiasmo como cuando se les habla de las metáforas “del tejido, de la costura y de la reparación de las piezas de la ciudad o del atlas de la forma urbana” de Puerto Cabello?

No, no se puede ser tan inocente. Lo que sí se puede ser es, en todo caso, irresponsable. O masoquista. Algo muy en boga en la cultura de las metrópolis contemporáneas, donde el placer encontrado en la violencia, en el deseo de transgredir (no de dialogar) con los límites de la arquitectura y la ciudad se ha convertido en el deporte favorito de los arquitectos modernos y de sus sofisticadísimos Hooligans.

Durante la conferencia de Grumbach, “La forma de la ciudad: la dialéctica de las limitaciones”, el miércoles pasado (1996), uno de los puntos en los que hizo mayor énfasis fue en la idea de la ciudad como un objeto contínuo. Diseñar algo en la ciudad es diseñar algo que no está concluido, que no se ha logrado aún. Como escribiera Anthony Vidler en el catálogo de su reciente exposición en el Pompidou, “los proyectos de Grumbach parecen a la vez representar su propia historia y la de su lugar y entrar en interacción con las necesidades contemporáneas y las nuevas tecnologías”. Frente a la imagen de su puente habitado, frágil baluarte de la dulce doctrina con la que tendremos que librar la dura contienda contra los totalitarismos y caprichos arquitectónicos de nuestra era, lo único que le podemos desear es, primero, que gane, y segundo, que lo transforme en su desarrollo, dialogando aún más, justamente, con el lenguaje de Temple Gardens y del área del South Bank.



Thames Water Habitable Bridge, Antoine Grumbach (f. thehappypontist.blogspot.com).






Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 4 de Noviembre de 1996.



jueves, 5 de abril de 2007

Madrid en la Baralt

Gran Vía, Madrid. Antonio López García (1974-81).


Villa, corte y semblanza.
Ya es tiempo de que descubramos las ciudades invisibles de Caracas. 
La Caracas vasca, la de la Barceloneta, la champselysseana, la del Trevisso, la madrileña. Desempolvemos, para empezar, esa tajada de tiempo que alguien plantó, 
esperanzado, en el dorso oeste de la ahora marginal avenida Baralt.

Mi cuadro favorito de Antonio López García, pintor español, es aquel que enseña una gloriosa vista de la Gran Vía de Madrid, desde su puerta este al Paseo de La Castellana. Reposando sobre un plano de asfalto, el óleo presenta sólo una imagen parcial de la avenida que se fuga a la vuelta de su curvatura ascendente.

Sin embargo, con ello logra contarnos casi todos los temas, caracteres y fisonomías de la arquitectura urbana. Relata cómo el protagonismo monumental de los edificios que están en primer plano escogen, para expresarse, la emblemática forma de la torre, la cual se apodera de toda la avenida, y va infiltrándose vía arriba hasta convertirla, justamente, en una gran vía de torres; luego ilustra cómo la piedra de sillería ha hecho entrar en cintura a todo lo allí erigido, y cómo de esa manera ha hecho de la avenida una larga y curveada cinta tallada, ahormada por la norma de la piedra; finalmente cuenta, mostrando sólo el escorzo de algunas de las fachadas que la forman, cómo éstas se hermanan en la línea horizontal rigurosa de sus bajos y en la línea horizontal accidentada de decoraciones de sus crestas, realzando el frente construido con un gran y organizado porte arquitectónico. Las tres pinceladas del maestro se detuvieron allí, donde están las claves urbanas de la belleza de la calle: torres, piedra y líneas contínuas.

Mas cuando, entrecerrando los ojos, admiramos de nuevo esta Gran Vía, ya no la vemos más al pie de la letra. Su mundo de formas se hace profundamente familiar. Y es que ver una ciudad es una de las cosas más subjetivas del mundo. Cada quien tiene sus visiones personales de la ciudad donde vive y de las demás ciudades, aún sin quererlo. Por ello, de las múltiples ciudades que conforman éso que se llama Madrid, de la ciudad carpetana a las orillas del Manzanares, de la Madrid heroica, de la romántica, de la burocrática, de la imperial, del asentamiento cortesano, del paraje famoso por la transparencia de su aire, de la Babilonia española, del arca del mundo, yo me he quedado desde hace tiempo con ésta de las torres pintadas en este cuadro. Y escribiendo este texto me he dado cuenta del porqué.

Desde hace casi medio siglo, resistiendo a los embates de la anarquía que ha ido arrasando con todo lo que hubiera de digno en los alrededores, se levanta un edificio en la Avenida Baralt de Caracas. Es lo que en argot urbano llamaríamos simplemente otro “edificio entre medianeras”. Mas en el erial inútil en el que se ha convertido esta avenida de la capital no hay medianeras más plenas de justezas que éstas.

Como los restos urbanos de una Caracas boulversé, las formas del edificio nos asaltan sin preámbulos: una nobleza de piedra entre los impúdicos galpones de una fritanga y una agencia de lotería. Estoicas, y resistiendo impecables quizás por la certeza de pertenecer a una ciudad que despertó –y desde hace tiempo- nuestros amores, las volutas de las verjas, las normas simuladas con habilidad de la sillería ficticia, los amantillados penachos del remate, la planta baja señorial, el espacio de la escalera. Como un intervalo finito en el largo desarrollo norte-sur del episodio urbano frustrado que es la avenida, el edificio es, sin embargo, su disculpa, su esperanza, su última o su primera piedra.

Sobre el magnífico portal de mármol negro, aparte del catastro, 15-05, se lee, en siglas de bronce, un nombre. No casualmente, es el nombre de ese otro lugar que traducía también nuestras preferencias pictóricas: Madrid.


Edificio Madrid, Caracas (f. Ramón Paolini, 1994. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).



Publicado en: Arquitectura, El Diario de Caracas, Caracas, 30 de Octubre de 1994.