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sábado, 17 de abril de 2010

Plazas políticas

La Plaza de Los Palos Grandes (f. Febrero 2001, Estrellita_2009. Tomada de skyscrapercity.com)



 
         
Esta semana (2002) tuve la suerte de contarle la historia urbana de Caracas a un grupo de estudiantes de varios liceos del centro de Caracas gracias a una amable invitación que me hiciera la Casa de Bello. Luego de habernos paseado por las muchas imágenes de las arquitecturas caraqueñas, yendo de los monumentos a las casas, de los parques a las plazas, de los puentes a los templos y por las decenas de tipologías que éstos representan, y luego de haberles intentado explicar cómo fue el proceso de crecimiento de esta ciudad, una de las niñas de la primera fila se me acercó y me hizo esta pregunta:

-“Profesora, ¿Usted me podría explicar porqué en el centro de Caracas hay tántas iglesias?”

Yo, que me había propuesto llevarles un mensaje optimista y positivo a aquellos niños habitantes del devastado Centro Histórico, intentando rescatar su orgullo por el abandonado, depauperado, despreciado corazón urbano en donde estudian y su vida transcurre, me dí cuenta de cuán lejos ha llegado la amnesia de los caraqueños sobre cómo funciona una ciudad urbanamente saludable. Si aquella niña, habitante del centro, verdadera millonaria en plazas, iglesias y armónica arquitectura urbana de la mejor con que cuenta Caracas -por más inmunda que se encuentre en este tenebroso momento de su historia- no entendía las razones y las bondades de la densidad y el aglomeramiento, qué les quedaría al resto de los ciudadanos, que viven lejos de toda noticias de ciudad en unos territorios urbanos cada vez más desabridos, desarticulados e incoherentes.

-“Fíjate”, le dije, “¿recuerdas cuando hablamos de la fundación de Caracas, y que en torno a la Plaza Mayor, gracias a las Ordenanzas de Población descritas en las Leyes de Indias, se colocaron Iglesia y Ayuntamiento, a fin de que esa primera parroquia estuvieran bien asistida de todos los servicios y funciones? Pues bien, cuando la población parroquial creció más allá del límite numérico que decía la ley, la misma ley obligaba a fundar una nueva plaza, con una nueva iglesia y un nuevo ayuntamiento. Así, sucesivamente, se fueron mutiplicando las plazas y fundando las nuevas parroquias de Caracas, siempre de un número limitado de habitantes, para que todos tuvieran espacio público y servicios proporcionales a sus necesidades. Por éso hay tántas iglesias y por éso existieron también tántas plazas: porque no se debe crecer demasiado en la ciudad sin que existan espacios públicos para la expresión, el solaz, el placer y el esparcimiento urbano de los ciudadanos”.

Algo que luce tan natural, es bien sabido que en Caracas hace tiempo se olvidó: las parroquias pueden llegar a tener hasta un millón de habitantes y uno puede cansarse de caminar y caminar hasta lograr finalmente llegar a un nuevo espacio público. Las plazas de la ciudad hace demasiado tiempo que son las mismas de siempre. Aunque la ciudad haya crecido tánto, no hay nada que se le parezca a un nuevo espacio urbano para acompañarla en ese crecimiento. Las únicas nuevas “plazas” de las que se tiene noticia son las que designan a los suburbanos edificios residenciales o a los huecos infernales de los centros comerciales: el nombre “plaza” es usado vilmente para engañarnos prometiendo falsas calidades de paz o armonía urbana; y como el nombre, con sus reverberaciones sonoras, persiste en seducirnos, ello es vulgarmente utilizado para disfrazar a sus más tristes antípodas urbanas y arquitectónicas.

Pero, y ¿qué de las plazas de carne y hueso? ¿Qué de las de verdad? Abandonadas a su suerte, se han visto sembradas cada día más de los obstáculos más diversos que impiden su uso abierto: son el receptáculo preferido para todas las improvisaciones que se quieran inventar. Algo tan simple como las plazas han devenido el basurero municipal donde se acumulan tanquillas y casetas, y lo que es peor, nuestra desmemoria hace que a quienes se las encargan los pocos nuevos proyectos de plazas, generalmente lo que hacen es descargar toda su incontinencia constructiva en dichos proyectos, quedando como resultado al final unas plazas que no son plazas, plagadas de macro materas, macro rampas, macro brocales, macro pérgolas, macro bancos o macro escalones que se comen el espacio libre y se tragan una cantidad de dinero que así se ha perdido.

En estos días, en que los acontecimientos políticos han hecho que los caraqueños hayan “redescubierto” la calle, como se dice, es bueno que más allá de la conciencia de pertenecer a cualquier bando todos, como ciudadanos que somos aprovechemos para reaprender la lección urbana de las plazas, a ver si reempezamos a hacer algunas nuevas y a arreglar dignamente las que existen. Observemos y reconozcamos con justicia el valor que tienen unas plazas bien adecuadas y construidas con todas las de la ley (ley urbana, se entiende) para expresarnos políticamente, para desahogarnos, para oir a alguien u oirnos todos a la vez. Nadie pensaría jamás en irse a unas de esas “plazas” de los centros comerciales para un mítin o una vigilia, ni tampoco a nadie se le ocurriría escoger para estos fines esas plazas pobladas de obstáculos donde congregarse o descansar es imposible, o a esas otras mal llamadas “plazas” que lo que son es residuos abandonados del trazado vial que quedaron relegados y alguien les inventó por azar una estatua y un nombre. Todos se van a las plazas que sí son plazas como Dios manda.

Esa Plaza Altamira, esa Plaza O’Leary y hasta esa Plaza Caracas (que no era plaza originalmente en el proyecto del Centro Simón Bolívar, pero que salió bien aunque sea por carambola), son las arenas exitosas de nuestra vida política. Las podemos “usar” y “funcionan” bien porque cuentan con todos los elementos que hacen un espacio público: los rodea buena arquitectura, hay una armonía de alturas en todo su borde urbano, hay un pavimento contínuo y un espacio abierto de escala importante, son límpidos y sin interrupciones. Y eso no es gratuito. Se le llama buen diseño urbano y puede alcanzarse mediante un buen proyecto. Y si esa nobleza del espacio abierto confiere dignidad, solemnidad y efecto a nuestra vida política, mas nos valdría aprender la lección que hoy nos está recordando Caracas con sus grandiosas plazas políticas.


Plaza O`Leary (Postal. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana.





 

Publicado en: Arquitectura, El NACIONAL, Caracas, Lunes 11 de Enero de 2002.



sábado, 25 de agosto de 2007

La cornisa encabritada

Hotel Four Seasons, Caracas, 1997.






Pasé otra vez por la Plaza Altamira. En un instintivo gesto de defensa, desarrollado para poder enfrentar agresiones y pesares cuando recorro la ciudad, me aparté con repulsión, como la estatua de Bernini frente a la borrominesca Sant'Agnese en Piazza Navona. Con una mano conducía, y con la otra intentaba ocultar de mis ojos el objeto de mi horror.

En la esquina noreste con la Avenida Francisco de Miranda, la más visible de todas, en ese inmejorable terreno sobre uno de los más preclaros espacios urbanos de toda la urbe, se alza la masa del más novel engendro del averno desde la aparición del Adefesio de la Casanova (el tristemente famoso Hotel Meliá Caracas).

Es el nuevo Adefesio de Chacao. Este arrancó minando de innobles estacionamientos sus primeros pisos, acabando así con los niveles más públicos sobre la acera (fruto de una maligna ordenanza que hay que erradicar, donde los promotores se ahorran la construcción de sótanos a costa del envilecimiento ambiental de la calle). Luego la fachada fue despachada con una simplista sección-tipo, la misma trátese de carros como de huéspedes. La amorfa masa de concreto fue creciendo, densa y torpe, llenando hasta el último rincón del terreno, desbordando aturdidamente el metraje de construcción permitido. Luego, pisos y más pisos de fachadas ciegas subieron hasta unas alturas inverosímiles, desprovistas de toda relación con la escala y respeto por la proporción urbana de la plaza enfrente o de la avenida adyacente. Una actitud egoísta y hegemónica que debería estar prohibida en la ciudad.

Fue entonces cuando la cornisa del Adefesio se encabritó. No contento con hacernos sufrir su pobre arquitectura groseramente comercial y brutalista (no por “Brit”, sino por bruta), con haber enanizado a los edificios circundantes (de elegante estilo Rocheano en su mayoría de los cuarenta y los cincuenta) y ridiculizado al obelisco de Manuel Mujica Millán -introduciendo unas volumetrías marcianas que lo desconocen-, el objeto de mi horror empezó a encorvarse en todas direcciones, como guiado por una mano diabólica, “demboníaca.” En contorsiones arbitrarias y torpes, rompió la armonía del entorno y banalizó la esquina, erigiéndose como el más cabreado remate de que se tenga noticia en los anales de la anarquía constructiva caraqueña desde que Arquitectónica intentara introducir el suyo en el nefasto edificio “Castellanía”, un poco más al oeste, avenida abajo, severamente criticado en esta misma columna, hace pocos meses (ver “Más vicios de Miami”, Arquitectura, El Nacional 1/4/96).

Hay que patear un edificio cuando se lo merece. La ciudad resiente en carne viva el abuso, la falta de respeto, porque si en algún lugar de Caracas todavía (1997) es posible entender de qué se habla cuando se dice “arquitectura urbana” es en la Plaza Altamira. La plaza “Is Almost Alright”, sus valores aún son evidentes y aleccionadores, y lo que hay que hacer es protegerla. Esta no es la urbe caótica que conocemos: la ciudadanía aquí entiende qué quiere decir “romper con las líneas de las fachadas circundantes”, “desoír el lenguaje arquitectónico”, “desconocer las líneas de fuerza del espacio” y en definitiva “irrespetar el contexto”. Aquí los caraqueños pueden comparar, frente a la nobleza arquitectónica del edificio Altamira o del edificio Mónaco, lo que significa Malo, Nocivo y Feo en arquitectura. Y, además, lo que implica tener que sufrir éso a diario.

Desgraciadamente, el Adefesio avanza impune. Cuando todavía Chacao no se ha recuperado de la demolición de la quinta “La Atalaya” de Manuel Mujica Millán en Campo Alegre para sustituirla por una mediocre construcción intitulada cínicamente “El Manantial”, la arquitectura galáctica vuelve a hacer de las suyas, ahora queriendo arruinar un hermoso espacio urbano... Mas corren tiempos en que las demoliciones penales y moralizantes todavía podrían volver a tener vigencia.

Esperamos sinceramente que reinen la Ley y el Orden, y que se le pueda practicar su dote de dinamita a cada encabritado e ilegal volumen. Desde el Municipio Chacao, como lección para todo el país urbano, este triste episodio en dos actos podría tener como moraleja un racional “ojo por ojo”, o mejor aún: polvo por polvo. 



Detalle de la Fontana dei Quattro Fiumi, GianLorenzo Bernini. Piazza Navona, Roma (f. Martin Moos. Art.com).




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 3 de Marzo de 1997.



viernes, 11 de mayo de 2007

Barragán y Chacao

La mirada ceñuda de Luis Barragán se cierne sobre Chacao, el único municipio de Venezuela que cuenta con una obra suya (según dice la leyenda, se encuentra transformada en algún lugar de Los Palos Grandes).


Dos significativas exposiciones de fotografía sobre arquitectura y ciudad con sus encuentros para la discusión animan y enriquecen el ámbito arquitectónico de Caracas (1995). En el Centro Cultural Consolidado, “Chacao, siempre Chacao: imágenes en el tiempo”, con el encuentro “Arquitectura, Municipio y Ciudad”, y, en el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, “Luis Barragán: Obra Construida 1902-1988”, con la conferencia de los autores del libro del mismo nombre, editado por la Junta de Andalucía en el ‘89.

En la revista Vanity Fair hay una sección denominada 
Night Table Readings. Allí informan a los lectores cuáles son las lecturas que en el momento de la aparición del número ocupan ese destacado lugar que es la mesa de noche en la vida de las celebridades, publicando incluso sus pequeñas críticas personales a la obra literaria que se están leyendo, y, en algunos casos, hasta la razón de la escogencia del libro en cuestión. Con ello, la revista, a la vez que le toma el pulso al variable y veleidoso gusto de la sociedad norteamericana, nos permite divertirnos sacando nuestras propias conclusiones al comparar lo que hacen esos personajes en el momento con las cosas que les están ocupando la cabeza.

Algo semejante ocurre en las ciudades cuando tienen lugar las regias exposiciones que periódicamente organizan los museos. El inmenso poder de difusión de las instituciones culturales logra hacer que el acontecimiento ciertamente penetre y ocupe por un corto período de tiempo algo de la mente de la mayoría de los ciudadanos. Es el caso de las exposiciones en el Metropolitan en Nueva York, o en el Palazzo Grassi en Venecia, o de El Prado en Madrid, o del Grand Palais en París. Las vitrinas de las tiendas y de las librerías, los titulares de las revistas y los periódicos, los temas de los artículos de opinión, las colecciones de los modistos, las exposiciones en las galerías de arte y hasta las decoraciones en las fiestas y comidas acompañan en comparsa, y celebran a Picasso, o a la Ruta de la Seda, o a Goya, o a los Celtas, o a Matisse, o a Poussin, en una especie de sublime carnaval cultural, pasajero y elegante, que se lleva su tajada del subsconciente urbano, como las lecturas nocturnas. Todo lo cual acarrea, naturalmente, un silencioso mestizaje natural… un mestizaje delicioso e irremediable.

Simultáneamente enfrentados en Caracas con la arquitectura de Luis Barragán y por vez primera (museísticamente) con el entrañable legado urbano de Chacao, ¿quién puede evitar mezclarlo todo? ¿Quién podría, por lo demás, resistirse? Nosotros, seguro, no. Si las oleadas poéticas que nos vienen desde el MACCSI nos retraen a un estado de ánimo emocional, por otra parte, las oleadas nostálgicas que nos llegan desde la Plaza de La Castellana nos colocan en el ánimo del deseo. Poéticos, emocionales, nostálgicos y ansiosos, resultan pues, estos días nuestros juicios cruzados.

Con Barragán estamos ante una obra concluida, perfecta, que colma todas las expectativas, influyente universalmente, sabia, amada, reconocida y necesaria. Una obra cuyo reencuentro significa, para quien la conoce, ratificarse en lo cierto, y, para quien no la conoce, el descubrimiento arquitectónico más importante en mucho tiempo. En Chacao, vemos en cambio una ciudad inconclusa, temática, imperfecta, que igualmente nos llena de expectativas, polémica por donde se la tome, que sabe ser sabia en algunas partes, que indudablemente amamos, pero que es más necesaria que reconocida o, incluso, que conocida. De tanto conocer a esta ciudad de primera mano, al finalmente discutirla, descubrimos que en realidad la conocemos poco.

El completo paisaje metafísico de la arquitectura de Barragán fue medido cuidadosamente para la publicación de la Junta de Andalucía por los acuciosos José Alvarez Checa y Manuel Ramos Guerra 1. Tarea difícil ésa de acotar poemas arquitectónicos, cuidadosamente escondidos en el contexto secreto del más recóndito mundo de la más sigilosa de las ciudades: Ciudad de México. Muchos muros hubieron de salvar para brindarnos esta publicación, de la que salen los ciento veinte paneles de la exposición, que, después de la altamente estética exposición-proclama de Emilio Ambasz del MoMA, es una exposición-herramienta que nos mostrólo bonito y lo menos bonito, que nos dió algunos planos, que nos dijo qué quedaba del austero conjunto de su obra arquitectónica. El libro aspira a la loable meta de ser un catálogo de la obra, su primer catálogo, para que otros, como nosotros, podamos hacer algo con ella más allá de contemplarla y suspirar. Eso fue lo que nos hizo fotocopiar el libro entero hace cuatro años cuando alguien lo trajo de vuelta de un viaje a México… la maravilla de tener a Barragán completo.

Por su parte, el total paisaje urbano del Municipio Chacao fue recopilado cariñosamente para esta exposición propulsada por la Fundación Cultural Chacao, reuniendo su historia fotográfica a través del tiempo. Una labor importante, ya que no es nada común eso de reunir imágenes de una zona de esta ciudad, de mostrar su pasado fotográfico con la única y sincera finalidad de rescatar la memoria urbana. El Chacao que aparece en las fotos, de una deliciosa mezcla polarizada entre lo urbano, lo colonial y lo denso y lo suburbano, nos aclara la vista sobre las pistas que la ciudad va dejando para su construcción actual y futura.

Antes que a otros proyectos, antes que a otros planes, habremos de volver a mirar esas vistas con chaguaramos de las perspectivas barrocas hacia El Avila, habremos de repasar la escala ajustada de los elegantes edificios alrededor de la Plaza Altamira, habremos de reacostumbrarnos a la calidad del diseño urbano que predomina en el municipio y en sus espacios públicos, habremos de reaprender su brillante patrimonio arquitectónico. Aquí, la arquitectura y el urbanismo ya estaban en grandes cantidades: Mujica, Guinand, Roche, Wallis, las Leyes de Indias, el París del Tercer Imperio, la Ciudad Jardín y todos los grandes arquitectos de la modernidad, han construido Chacao.

No en balde a este municipio lo apodan Disneyland. Como en cualquier tierra de la fantasía, la arquitectura y el urbanismo juegan un papel crucial e irremplazable. Lo que no habría que olvidar es que Disney Co. es uno de los mayores promotores mundiales de la arquitectura (hoy-1995-, son ellos quienes propulsan la reconstrucción de la degradada, delictiva, sucia y peligrosa 42nd Street en Nueva York). Por ello, de entre las muchas, muy importantes y hermosas cosas que se dijeron en los dos foros pasados, la certera enunciación de Alberto Sato de la existencia en el municipio de un patrimonio moderno total, nos parece la más importante. Antes que re-reglamentar, repensar, permisar, tumbar, proyectar, destripar, abrir, construir, antes que desear e incluso, antes que soñar, habrá que saber. Eso fue lo mismo que nos hizo concluir sobre Campo Alegre hace dos años, cuando fracasamos tan estentóreamente en su salvaguarda: ningún campo de batalla que se conozca bien se pierde tan fácilmente.

Por todo esto, ustedes nos deben disculpar. Y es que si, luego de haber oído a Alvarez Checa y a Ramos Guerra hablando de “silencios que se construyen, poesías que se prefiguran, espacios que se tañen, cipreses virtuales y planos que se tocan como partituras”, y teniendo enfrente la imagen del emblemático y logotípico obelisco de Altamira, que sospechamos diseñó Manuel Mujica Millán (sí, el mismo de Campo Alegre), no podemos hacer sino confundirlo todo. No podemos sino querer catalogar a Chacao, como los españoles hicieron con Barragán. Con suerte, con su mismo tesón, con su misma finura, con su misma delicadeza, con su mismo amor. ¿La culpa de nuestra confusión? A lo mejor es de las malas influencias de nuestra lectura nocturna: Across the River and Into the Trees, uno de los últimos libros de Hemingway, quien por haberlo ambientado en Venecia, terminó siendo incapaz de narrar o describir otra historia de amor que no fuera la que él mismo tenía con la ciudad.2







NOTAS:
1. José Alvarez Checa y Manuel Ramos Guerra. Luis Barragán: Obra Construida 1902-1988, Junta de Andalucía, 1989.
2. Ernest Hemingway. Across the River and Into the Trees.



Publicado en: Arquitectura. El Diario de Caracas, Caracas, domingo 11 de Junio de 1995.