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lunes, 23 de septiembre de 2019

Caracas y los doce regalos de Navidad


"Partridge in a Pear Tree" (Grabado. Andy English, Cambridge, 2010 / studiodiary,blogspot.com).

                              “In the first day of Christmas my true love gave to me...
                                                     a Partridge in a pear tree”.
                                                        
Una clásica canción navideña canta cómo un verdadero amor durante los doce días previos al día de Navidad va acumulando regalos para su amada. Al pasar cada día, y conforme se acerca la Nochebuena, los obsequios se multiplican. Lo interesante es que no obstante el fasto creciente del obsequio, la rima vuelve siempre a sus inicios, al primer regalo, el más simple de todos, porque es el que simbólicamente otorga la paz y el bienestar… “and a Partridge in a pear tree”.  
     
Al concluir un año de reflexión sobre nuestra ciudad y su arquitectura, queremos ofrecerle a nuestra bienamada Caracas para el próximo año doce oportunidades de discusión sobre temas prioritarios, surgidos en función de la experiencia recogida en el ‘93. Los doce temas, como en la tradicional Christmas Carroll, inevitablemente, volverán siempre al primero, que es el más importante, porque es el único que lo resume y lo promete todo, como la Perdiz en el Peral: el tema de la Legislación Urbana.


1. Las Nuevas Ordenanzas: buscar un sistema razonable y cristalino que haga ciudad.
Las que tenemos son un fracaso. Están obsoletas. Ya ni siquiera sirven para continuar la ciudad que se propusieron. Cuando se aplican al pie de la letra demuestran ser la receta exacta para la producción del caos urbano. La Alcaldía de Caracas finalmente se ha dado cuenta de ésto, y ha colocado sus diecinueve parroquias en manos de diecinueve arquitectos.

¿Iremos del caos anónimo de las viejas ordenanzas a diecinueve versiones personales de ciudad que resultarán de la aplicación de quién sabe cuáles principios de Diseño Urbano? Aunque se trate de Forma Urbana versus Zoning, ¿quién dice cuál forma urbana? ¿Es la ciudad, como soñábamos en la Facultad de Arquitectura, realmente un libre laboratorio formal para los arquitectos? ¿O debe la Legislación Urbana ser producto de algún tipo de consenso? En la del Parque Vargas, hizo falta una Comisión de Notables y la concurrencia de todas las entidades que tienen que ver con la ciudad, para producirla. Cambiar las ordenanzas de toda la ciudad es cosa mucho más seria. ¿Se puede hacer a puerta cerrada?


2. El Catastro: dibujar una cartografía segura que defina qué cosas le pertenecen a la ciudad.
Día a día nos enteramos sobresaltados de la demolición de partes fundamentales de nuestro patrimonio. Aquella casa de la que nos queríamos copiar la entrada; aquel fantástico edificio en esquina; aquella cuadra de consumado estilo años cincuenta; aquel monumento de entrañable Art Déco Caraqueño; aquella joya inédita de la modernidad.

Nadie sabía que era importante; nadie sabía que tenía valor... a nadie se le puede reclamar. Al fin y al cabo, no había sido declarado Monumento Nacional. No constaba en ninguna acta, no había sido publicado en ningún libro. Basura, todo es basura demolible y desechable en esta ciudad que nadie ha levantado ni registrado por completo.

Hasta que alguien tome el plano y, con una caja de creyones de colores recorra la ciudad en vivo, de lado a lado. Y marque los estilos, las épocas, las tipologías, los arquitectos, los urbanismos, lo que tiene valor coral y lo monumental. Y haga un Catastro exhaustivo de las arquitecturas de Caracas, aclarando lo que no se puede ni pensar en tumbar y aconsejando todo lo que debería demolerse en el acto.


3. Ribera norte, ribera sur: descubrir el río, comunicar la ciudad.
¿Ha calculado usted el tiempo que le lleva cada día cruzar el río? ¿Por dónde lo cruza usted? ¿Por los recovecos del paso en Las Mercedes? ¿Por los temblorosos puentes de Rómulo? ¿Por la suburbana cola hacia Altamira? ¿Por la endemoniada subida de Los Ruices?

Sin darse demasiada cuenta, los caraqueños han empezado a auto-identificarse con su ribera del río. Vivir del lado de acá o de allá del Guaire significa ya casi un rasgo de la personalidad y de la expresión del gusto, un dato para evaluarnos psicológicamente. Un caraqueño de pura cepa nos contó sus límites: “por arriba El Avila, por el sur El Guaire, por el este el Country y por el oeste Sebucán”.

Las tramas de las dos riberas, ignorándose mutuamente, y la imposibilidad de los funcionarios a los que les compete la antediluviana vialidad caraqueña en darse cuenta de que El Guaire es un accidente natural salvable, ha forzado una cultura urbana de ribera norte y ribera sur, pero no por sus valores intrínsecos, (“yo soy de la Rive Gauche”) sino porque odia menos un lado que el otro. Ello nos hace de nuevo preguntarnos, y entonces el río, ¿para qué?


4. Descifrar las calles caraqueñas: volverlas a transitar con una mirada vigilante.
Toda calle, toda avenida, tiene un carácter que es único. ¿Qué hace a la Urdaneta la Urdaneta, a la Baralt la Baralt y a la Miranda la Miranda?

En la Urdaneta, las sedes bancarias, las aceras decoradas y las entradas monumentales. En la Baralt, los portales de acceso, como el del edificio Madrid. En la Miranda, hay una cierta línea de cornisa que se respeta y los edificios son casi todos de pecho ancho. En la Fuerzas Armadas hay una amplitud casi de paseo, y en la principal de Las Mercedes hay un punto focal en el hotel.

Cada calle es el resultado acumulativo de las sensaciones introducidas por sus edificios. Una vivencia doble, lineal y transversal, nos ancla a cada paso al tiempo que nos impulsa hasta el final. ¿Construimos los callegramas de nuestras calles y avenidas conscientemenciente? ¿O nos salen así, pero las queremos distintas? ¿Podemos aspirar a los sabores intensos, o debemos contentarnos con tibiezas repartidas? ¿Cuál es nuestra Quinta Avenida, nuestro Paseo de La Castellana, nuestra rue Vielle du Temple, nuestro Lungotevere? O mejor aún, ¿Cómo hacer para que nuestras calles lleguen a tener todo el carácter que merecen?



 "Unsicht von Caracas, hauptstadt der Republik Venezuela" (Grabado).


(Los restantes regalos fueron:
5. El paisaje: como en una expedición, adentrarse en la naturaleza sumergida del más hermoso valle del Caribe.
6. Los monumentos: indagar en el potencial de los objetos urbanos de mayor capacidad evocadora de la ciudad.
7. El Museo Ambiental: hacer un manifiesto, un voto de fe en las posibilidades de recuperación de Caracas. Aquilatar su belleza.
8. Los recintos: Caño Amarillo, Petare, Las Mercedes… buscar la esencia de estos lugares.
9. El Sistema Peatonal urbano: Caracas debe poder recorrerse por entero a pie, y ello debe ser un placer.
10. Repensar el tráfico: calcular su energía; replantearse cómo circula la ciudad.
11. La trama: cuestionar el urbanismo de hoy a la luz de la primera ciudad que heredamos.
12. La desmetropolización de la ciudad: retornar a la ciudad policéntrica, abrazar la idea de una ciudad más múltiple en parroquias).



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 23 de Febrero de 1994.


miércoles, 7 de marzo de 2007

Entre la calle y la fachada

Medusa-Apolo. Dibujo de Le Corbusier.



¿Cuántos vehículos son demasiados en una ciudad? Observando grandes ciudades mucho más pobladas que Caracas, uno se da cuenta de que en ellas tampoco hay restricción alguna al número de carros, y sin embargo, parecen y sin embargo, parecen menos congestionadas y mucho más holgadas que la nuestra. Hay espacio para caminar, hay cafés, hay árboles y hay armonía. Rehaciendo la pregunta, ¿cuál será el truco de estas ciudades?

Por una parte, en esas ciudades nadie irrespeta las decisiones sobre el crucial intervalo urbano comprendido entre la calle y su fachada. Aquí, por el contrario, tenemos la costumbre de convertir las aceras y los retiros de frente en estacionamientos. Una perversión más que permite nuestro anquilosado sistema de ordenanzas. ¿Qué hay entre la calle y la fachada? En un extremo, la vía pública, en el medio las aceras, y en el otro extremo las propiedades privadas de los miles de pisatarios de la ciudad. Conozcamos cuál legislación rige ese intervalo y cuánto de ella se cumple o se ignora por completo.

Todos sabemos que a cada propiedad le toca al menos un frente urbano. Por ello paga impuestos (derecho de frente) al municipio. A veces se nos olvida que estar en la ciudad es un privilegio, además de un derecho, por el que cada terreno urbano y cada construcción que se levante de las puertas de la ciudad para adentro, debe pagar. Estar en la ciudad nos obliga. Hay que aceptar lo que ella nos exija a cambio de todos sus servicios y ventajas. Y la principal obligación de las propiedades para con la ciudad es someterse a su legislación urbana.

Entre las ordenanzas más importantes están las que garantizan el bienestar funcional y ambiental de la vía pública. Para ello se inventó en la urbanística moderna el espacio entre la calle y la fachada de los edificios llamado Retiro de Frente, originalmente exigido para mejoras de calles y aceras y para posibles ensanches futuros de las vías. Ojo: léase bien: de las dos vías, la vehicular y la peatonal.

Todo estuvo muy bien durante los primeros años felices de la modernidad, mientras todavía brillaban relucientes los conceptos urbanísticos de las ordenanzas, y mientras la ciudad era menos densa. Con el tiempo ocurrió que ya nadie se acuerda cuáles eran esas ordenanzas, ni para qué servían, ni qué conlleva respetarlas o irrespetarlas (mucho menos cuestionarlas), y el retiro de frente pasó de ser una previsión benéfica a ser un violento sistema de alienación urbana.

Un ejemplo. Con la aparición de la Línea Uno del Metro en el sentido este-oeste de la ciudad, se ha ido aumentando el tráfico de peatones que van o vienen de las estaciones en el sentido norte-sur. Las aceras de todas las calles así orientadas son ahora insuficientes y les quedan estrechas a los que caminan. Si las cosas se usaran para lo que fueron hechas, el municipio, no pagando un centavo a nadie (los retiros de frente son como expropiaciones hechas de antemano), haría uso de ellos y ampliaría las aceras donde fuera necesario. Bastaría con decidirlo, y decretarlo por causa de utilidad pública.

El problema es que se encontrará con los estacionamientos de todos los restaurantes, los sistemas viales de todos los auto-bancos, los puestos de todas las tiendas y hasta de algunas alcaldías. Se topará con todas las ventas de automóviles montadas en los retiros y con los amplios y extendidos accesos vehiculares de todos los garages de Caracas. Todo lo cual es ilegal, porque nuestras ordenanzas prohiben los estacionamientos en el retiro de frente. Con ello volvemos a nuestra pregunta inicial: ¿cuál será el truco para tener una ciudad con carros que sin embargo conserve un ambiente humano?

Escojan una ciudad. París, Madrid, Milán, Nueva York. El espacio entre la calle y la fachada es en la calle, por supuesto, legítimamente de los carros, y en la acera, legítima y exclusivamente de los peatones. De allí en adelante arranca el arte de las fachadas. No hay más vueltas. Kioskos, publicidad, ingresos a garages y cualquier otra cosa que se inmiscuya en este umbral de lo público con lo privado, está controlado y restringido. Para los que se montan en las aceras, las grúas, y para los que caminan por las aceras, la gloria. ¿La diferencia? En esas ciudades no hay retiros de frente. No hay chance para el caos.

En Caracas, hasta que no se obligue a la digna y ordenada fachada contínua (que seguramente vendrá en un futuro no muy lejano), podemos al menos ejecutar ya la olvidada ordenanza del retiro de frente y ampliar las aceras hasta las fachadas de los edificios. Terreno conquistado en la batalla. Entonces, una vez dadas gracias a los dioses, era necesario celebrar las glorias de los hombres, hacer pasar a la posteridad su nombre y su valor. ¿Los carros? Los que quepan se estacionarán en el hombrillo, los demás, en sus garages o circulando. Elegantísimo, como en toda ciudad decente. 





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 22 de Noviembre de 1993.


viernes, 2 de marzo de 2007

Cabildo abierto

Plaza Bolívar. Caracas, 1927.

“… dijo el Señor Presidente que no quería ningún mando,
y saliendo al Balcón notificó al pueblo su deliberación…”
Acta del 19 de Abril de 1810.

Convocaron a cabildo abierto en la plaza. A puertas abiertas. De viva voz. Los problemas que habitaban el interior de los edificios no alcanzaron más a ser contenidos por los salones, los patios y los hemiciclos. Las dificultades desbordaron la capacidad de las p
aredes. La contienda tuvo que salir a la calle, y buscar a la gente.

Lo que hasta hace unas pocas horas era una tranquila escena callejera de un lugar familiar de la ciudad, se convirtió instantáneamente en el epicentro de la vida nacional, en su agitada palestra pública, en su platea communis. El debate se apropió de la vía pública. De la vida pública. De la res pública. ¿Qué es esta mutación que sufre la plaza en nuestras propias narices?

Las ventanas de los edificios, sus balcones, sus tejados, sus cornisas, las escalinatas, las bases de los postes, los zócalos de las iglesias y de los monumentos, y hasta los árb
oles, abarrotados, se convirtieron en las disputadas localidades del teatro público que allí se estaba instalando. La arquitectura de las fachadas y las posiciones estratégicas en el espacio, eran ahora las preferencias y las butacas del patio, el balcón y el gallinero de la plaza.

Allí donde toca la retreta, se colocó la delegación de un barrio; donde comen las palomas, irrumpieron camarógrafos, cables y periodistas; allí donde está el pedestal de la estatua, pendía el abigarrado enjambre trepador de los estudiantes del liceo; allá en la fuente, circunvalaban las fracciones de los partidos más acalorados; allí en el portal polilob
ulado, en el ventanal enjalbegado, en el alféizar almohadillado, bajo la marquesina en abanico, estratégicamente ubicados, como el mismísimo Emparan, los protagonistas de la vida pública nacional; mientras tanto, arremolinadas y dispersas, iban llegando marchas desde diferentes puntos de la ciudad: la de los maestros, la de los hospitales, la del sindicato de transportistas, vaciando su sudoroso contenido humano como el delta de un río en el cuenco de la plaza, hasta que ésta se desbordó por las esquinas y las calles.

La gente había acudido a la convocatoria también para ver si era verd
ad que aún podían ejercer la vieja tradición de decirse abiertamente sus pareceres, de hablarse, de arengar, de discutir, de gritar, de rumorear, de vitorear, de disertar en el digno espacio urbano de la plaza. Y libremente, por aquéllo de que los dioses del ágora protegen a los oradores. Cuando llaman a cabildo abierto en la Plaza Bolívar, y sale el Alcalde y departe con la multitud, la geometría y la historia de la plaza solemnizan la asamblea. En ella la multitud se va geometrizando sin saberlo. Limpiamente, va llenando dos cuadrados: primero, el del patio del Concejo Municipal, y poco a poco, más allá, el del patio mayor de la plaza. La muchedumbre democrática se va moldeando en ángulo recto, se va cruzando de diagonales bajo los árboles.

Cuando proclaman cabildo abierto en la Plaza de Chacao, sorteando la remodelación en curso de la plaza, y la Alcaldesa se asoma, la urbanidad y la tradición urbana del barrio endosan la asamblea. El lugar se llena de vecinos que bajan de los edificios aledaños, de vecinos que acaban de comer y se enteraron porque se asomaron por la ventana, de vecinos que se instalan como en el salón de su casa en el rectángulo del espacio abierto, a cielo abierto, del cabildo abierto.

Y cuando convocan a cabildo abierto en la Plaza de Petare, se asombra el pueblo de que costumbres y lugares tan hermosos pueda tener todavía la ciudad, el Alcalde se reviste de autoridad y señorío por el tranquilo paisaje de la plaza, y los
tonos de las voces de los manifestantes y de las interrogantes alcanzan calidades de disertaciones iluminadas. Se engolan la voz del pueblo y la de las autoridades, y hasta los desgarrados gritos que ocasionalmente se lanzan se tornan heroicos y sublimados, llevados por la brisa que sopla en la colina. La belleza y el orden catalizan la asamblea.

Días de asambleas públicas, días de vivas a la patria, días de man
ifestaciones, o como dicen los italianos, de movimmenti di piazza, agolpados a las puertas del Congreso. Días en que nuestra vida política se recuerda de nuevo de la polis porque le es indispensable para manifestarse, y en los que realizamos que nuestras plazas y espacios públicos ya no son suficientes y nos han quedado pequeños. Días en que entendemos que hay que hacer nuevas, grandes y dignas plazas cívicas.

Según Homero, no es sino hasta la creación en la ciudad del lugar de la asamblea que la voluntad civilizatoria de una sociedad se expresa. Esa, decía, era la gran diferenci
a que separaba a los civilizados griegos de los anárquicos cíclopes, quienes nunca alcanzaron a construir, ni jamás siquiera a soñar, una plaza.



Plaza Bolívar. Caracas (f. viejasfotosactuales).


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, domingo 6 de Junio, 1993.