miércoles, 25 de junio de 2008

Jardín litoral (II): La Bluette de Macuto

La Azuleja. Paseo marítimo, Macuto. Litoral central 
(f. Hannia Gomez, 2000. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





El botánico preparó su primera expedición. Calibrando sus instrumentos, cargó su cesta con las vituallas de su oficio: lápices, redes, lupas, pinzas. No quería esperar a que las vicisitudes del tiempo o de las circunstancias empeorasen, poniendo en peligro los frágiles y exquisitos especímenes. Planeaba partir de inmediato para tratar de reconstruir, con lo que quedaba, el jardín litoral... al menos en su cuaderno de apuntes. Sería un viaje largo, de muchas jornadas.

Ya iba caminando por la costa. Aguzó la vista. Aquí y allá
brotaban entre el barro las especies sobrevivientes al desastre natural de 1999, aflorando entre roca y roca, ilesas, como flores desvalidas. Nada más el viento podía llevárselas. El viento, el desprecio, la ignorancia, la mediocridad o el simple azar. Había que darse prisa.

Un prisma blanco cercano al playón le indicó que estaba frente al primer hallazgo valioso del viaje, y allí mismo acampó. Sobre sus rodillas abrió un cuaderno en blanco. Sacó también un libro, la novela Ifigenia de Teresa de la Parra. Y se dijo: “si mal no recuerdo, por la página 43 de esta edición habla que Macuto era... aquí está: "nuestra playa elegante, nuestro balneario de moda, el Deauville de Venezuela´.1 Y repitió "…el Deauville d
e Venezuela". Mientras tanto, una elegante villa se alzaba frente a él, sola y erguida como un signo de interrogación en un barrial sobre lo que antes era un paseo frente al mar.

Deauville y Macuto. Efectivamente, a dos horas de París y de Caracas, estas dos ciudades del agua compartían, a la vuelta del siglo, el privilegio de ser la playa de la capital. A lo largo del siglo diecinueve, con la reactivación de las virtudes del termalismo y sus cualidades terapéuticas, las élites y el cuerpo médico europeo -y local- quisieron racionalizar la moda del baño de mar y hacerla evolucionar como una práctica mundana. El equipamiento balneario litoral se fue disponiendo poco a poco en los sitios adecuados, naciendo así las llamadas “villas de baños de mar”, o también “villas de curas y placeres”. Arquitecturas todas al borde del mar.

El botánico continúaba hablando para sí: “más adelante
en Ifigenia aparece que '...en Macuto muchas casas las construyeron según planos originales de las viviendas de verano de la Costa Azul'". Con esto, empezaron a desfilar en su memoria las villes d’eau que hacia 1875 florearon nuevas sobre la Mancha: Saint-Malo, Granville, Luc-sur-Mer. Cabourg, Trouville, Honfleur, le Havre, Boulogne, Calais, Malo-les-Bains... Entretanto, la blanca floración real que es La Azuleja reverberaba inquietante bajo el fiero sol, como un acertijo radiante. Y apuntó: "Nombre: La Azuleja; Reino: vegetal-litoral; Familia: de las Balnearias caribenses; Especie: villa; Subespecie: Art Nouveau; Género: ...Género: un objeto 1900. Lista esta clasificación, se dispuso a dibujar la planta.

En La Azuleja las paredes blancas se acentúan, justamente, con azulejos; una operación ornamental típica del momento floral por el que transitaban t
odas las artes. Es, por otra parte, alta, fina y profunda. La entrada central por un porche está oculta, mientras que la fachada, marcadamente anclada al este en la torre-escalera, no acusa esta simetría interna. El botánico dio fe de esta curiosidad en el cuaderno: “una falsa asimetría... ¿Será un duelo entre distintas aspiraciones formales? ¿Una inspiración versus una tradición, una influencia versus un ascendente?”. La planta iba naciendo en el papel: la sala frente al mar, la ubicación directa sobre la franja de mar, el revestimiento quebradizo de los muros, el azul en los detalles, el sutil juego de planos, el gracioso balcón frontal, la entrada por un porche, el vidrio esmaltado, la avanzada circular de la torre... El botánico tuvo que detenerse para echar mano violentamente de su Manual de las Especies Art Nouveau de la Costa Normanda. Una urgente asociación iba creciendo en su mente...

Otra joven villa de fin del siglo diecinueve, pero de la Côt
e Fleurie, en la región de Calvados, languidecía nostálgica por los ecos marítimos de La Azuleja en el paseo, la estrella de la villeggiatura balnearia macuteña. Era La Bluette, un excéntrico chalet próximo a Deauville, la única obra de Hector Guimard en toda la costa normanda y su único monumento clasificado en la zona. Como su tocaya Art Nouveau del Caribe, también es azul, con una torre-ventana circular en el extremo derecho de su fachada al mar. Se levanta a la salida de la ciudad en el 272 de la rue du Pré-de-L'Isle, en Hermanville-sur-Mer, habiendo sido preservada prácticamente sin cambios hasta hoy (2000).

Guimard la diseñó en paralelo a sus dos otras excéntricas villas: el Castel Moderno, en Garches (hoy  transformado), y el Castel Henriette, en Sèvres (hoy destruido). “Esta casa” -reza el Manual-, “la más célebre de Hermanville-sur-Mer, fue construida en 1899 por Guimard para Prosper Grivellé, un abogado de París. Es una de las más bellas obras conservadas del gran arquitecto del Art Nouveau. Allí encontramos una sabia imbricación de los volúmenes y de las líneas, en particular un sorprendente plano falso de madera doblada. El uso de gallets y de conchas le confiere a la construcción su carácter marino. Sobre el portal, la placa en lava esmalatada que lleva el nombre de la villa proviene de la casa de Gillet en París, mientras la que llevaba la firma del arquitecto desapareció”.2

"La Bluette
traduce perfectamente como La Azuleja", se dijo el botánico. “Mas esto no basta como prueba de su parentela. Sin embargo, ¿quién se atrevería a cuestionar que esta obra del arquitecto de las entradas del Metro de París no gozaba de suficiente reputación internacional como para poder haber sido recordada, emulada o hasta parodiada transoceánicamente? ¿No existe en la naturaleza acaso la polinización intercontinental?”.


Y sacó una foto de La Bluette. El juego multiplicado de los quiebres y de las avanzadas circulares reforzaban la articulación continua de las fachadas, alejando al edificio de la concepción clásica en la que domina un prisma unitario. “En ésto puede que sí que se distancien”, gruñó molesto, para sí. La arquitectura guimardiana lucía más escultórica y conectada con el universo medieval, de cierta evocación japonesa tratada de un modo fantástico; entretanto, La Azuleja sometía sus formas a un universo lírico indudablemente mediterráneo... Aunque ambas arquitecturas elevaban por igual sus nervaduras arborescentes y puntualizan la fusión vegetal con elementos de vidrio esmaltado, como finas gemas iridiscentes sobre la fach
ada atlántica.

El botánico concluyó: “el litoral es una zona de contactos e intercambios entre las culturas, no importan cuán lejanas éstas estén entre sí. Quién sabe cuánto tiempo estuvieron mirándose en silencio estas dos villas a través del océano, hermanas gemelas de continentes errantes…”

Y, dándose cuenta de que atardecía, decidió levantarse. Mañana retomaría su trabajo.



La Bluette. Rue du Pre-de-L´isle, Hermanville-sur-Mer. Calvados (f. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados).









NOTAS
1. Teresa de la Parra. Ifigenia.
2. Yannick Lecherbonnier y Hervé Pelvillain. Villas de Lion-sur-Mer et de Hermanville-sur-Mer. Calvados, 125 Itineraires du Patrimoine, Développement culturel en Basse-Normandie/Direction régional des Affaires culturelles de Basse-Normandie et des communes de Lion sur mer et Hermanville sur Mer.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 24 de Abril de 2000.

Centenario

Carlos Raúl Villanueva.




Mañana (30 de mayo de 2000) es el centenario de Carlos Raúl Villanueva, o, como preferimos llamarlo muchos, su cumpleaños. Es grato constatar el afecto que la comunidad arquitectónica venezolana mantiene vivo para con su mayor maestro y observar cómo no han faltado preparativos para la celebración a pesar de la adversidad. 

Durante todo este año se suceden los actos conmemorativos sobre la obra y la figura de Villanueva. Todos se suceden sin aspavientos, pero con sentimiento. El revuelo es discreto, pero generalizado, y el entusiasmo ha llegado a trascender hasta la colectividad... De todo, lo que más alegría da es ver cómo poco a poco se van llenando, ¡finalmente!, los vacíos en torno a su legado, esas lagunas tan viejas y vergonzosas que nos ostigaron por años, y que ahora parece que se van evaporando con el afianzamiento de la preocupación por la restauración física de su obra, el reconocimiento internacional de su status, la lucha por la conservación de su patrimonio. Muchos trabajan para llenar esos vacíos del semiolvido, y es gratificante sentir que el orgullo por Villanueva renace con nuevas formas, sin las fatigas del pasado.

Pero hay algo aún mejor. No obstante este ambiente de tan afanosa recuperación, flota en el aire una extraña atmósfera muy interesante de reseñar. Esta atmósfera cobija a todos por igual como una especie de embriagante niebla tenue y envolvente que se está convirtiendo quizás en la más importante consecuencia de los esfuerzos de este centenario... ronda por las aulas, invade los pasillos de la escuela y las salas de los museos, envuelve las páginas de los periódicos y de las revistas, y va de boca en boca, flotando como un murmullo inaudible: es la conciencia creciente de lo inconmesurablemente desconocido que aún resulta Villanueva.

Villanueva, el Gran Desconocido. Esto piensan los entendidos, quienes tras haberle dado la vuelta en sus manos a las recién hechas maquetas de éste o aquél edificio, encuentran sorprendidos insospechados efectos espaciales; esto es lo que anida en los ojos estupefactos de los operadores, cuando alimentan los ordenadores con datos de la arquitectura de Villanueva y su tarea les empieza a parecer compleja e inagotable; ello es lo que está en el ánimo de los investigadores, quienes siguen tropezándose a cada paso con nuevas obras del arquitecto y con floraciones inesperadas de la inconfundible rúbrica CRV entre los anales de los depósitos de planos y en los registros de obras de viejos ministerios y com
pañías de construcción del siglo pasado; es la conciencia que domina el Mouse de los arquitectos dibujantes de auto CAD que digitalizan las líneas de los proyectos y se abisman de unas composiciones que nunca habían conocido tan profundamente, com ahora; esta la conciencia que perturba la mirada inquisidora de los críticos que reencuentran sus viejos planos aquí o allá y se lamentan de no haber visto antes, de no haber dicho antes, de no haber descubierto antes...

De no haber vislumbrado antes Las Ciudades Invisibles de Villanueva: las de las intrigantes liasons de las arquitecturas con las artes; las de las tramas sembradas indeleblemente entre las líneas cruzadas de sus apuntes; las curatoriales pos
ibles; las que navegan geográficamente entre las ciudades de la realidad y las de la ficción. Las irreverentes, las mestizas, las bizarras, las oscuras, desterradas todas del discurso por los puristas; las de autor, que han sido construidas íntimamente en lo profundo del alma de sus allegados; las Benjamineanas, que se esbozan en los portales de cada pasaje de sus cuadernos; las fugitivas, que aún no han aparecido de tan perdidas que están entre los archivos. 

Las inéditas, que ningún editor acucioso se atreve todavía a explorar. Las no-fotogénicas; las intraducibles; las robadas, que permanecen ocultas y despedazadas en las arcas de cientos de ruines Fantomas; las biográficas, a la espera de quien quiera escribirlas; las borradas por el paso del tiempo, cuyas formas arquitectónicas y urbanas se encuentran viscosamente desdibujadas, ruinas fantasmagóricas sepultadas tras varios capas arqueológicas de hongos, arrumadas en la oscuridad de un archivador metálico; las francesas, las españolas y las italianas, todas esperando tras el paravent, el abanico y la máscara; las irresistibles, que son las que habitan en la tradición oral del pueblo; las dibujadas, las incomprensibles, las incomprendidas y, por supuesto, la Ciudad de las Torres: la no construida.

Una vez las tuvimos la suerte de tenerlas todas juntas concentradas en un mismo recinto de arte contemporáneo... pero de éso hace ya varios años, y la memoria es fugitiva. Por ello es que su niebla inquietante nos ronda... y aunque hoy sigamos adorando las magníficas fotos de Paolo Gasparini, Las Ciudades Invisibles Villanueva, de haber estado tánto tiempo atrapadas allí, quieren ya escaparse de su archiclásica mirada para caminar libre por los infinitos passages de sus imaginarios anunciados.





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 29 de Mayo de 2000.


domingo, 18 de mayo de 2008

El lado perdedor

“Woody Allen”, preservacionista histórico. Viñeta aparecida en The New Yorker el 14 de Febrero, 2000.




“Querido Woody,

Aunque no vivo en Nueva York, gran parte de mí habita en las riberas de Madison Avenue. A ratos la recuerdo como una letanía mental de lugares amables. A ella vuelvo cada vez, recorriéndola desde la esquina de la Calle 57 hacia arriba, lamiendo las vitrinas largas horas hasta llegar a la cumbre de la colina de Carnegie, cumbre de delicias urbanas, justamente en la Calle 92, de donde ahora sé que eres vecino. En tiempos pasados e
l premio gordo del trayecto era la llegada triunfal casi en la Calle 75 a la desaparecida librería Books & Co., pero también es verdad que justo después seguía con renovada energía mi camino colina arriba hasta el remanso del Bistrot du Nord, es decir, puerto.

Claro que sí. Claro que en tu ciudad las cosas funcionan por calles y avenidas, los sabores de los vecindarios se despliegan en sentido horizontal como la banda de un filme, cuadro por cuadro, y no se repiten; Madison no es la misma a todo lo largo, y no me extraña para nada que hoy seas tú, con más de treinta años filmando Manhattan, el más claro lector de esa circunstancia urbana, tan personal de Nueva York, ciudad reticular, matriz infinita. Hoy tengo el atrevimiento de escribirte porque me resultó increíble que ustedes los vecinos del Distrito Histórico de Carnegie Hill hayan tenido que llegar al extremo de tener que llevarle al Landmarks Preservation Commission tu “último trabajo”, un video de tres minutos
para demostrar ¡otra vez! el bondadoso lenguaje del vecindario, y defenderse de la inminente construcción en la esquina noreste de la Calle 91 de la torre de diecisiete pisos que planea erigir la Tamarkin Company. Realmente un acto desesperado. Un "performance”, como te achacan tus contendores.

Yo lo encontré parecido a las cosas que en materia de patrimonio suceden aquí en Caracas, mi ciudad. ¿Te suena increíble? Pues bien: una operación tan teatral, tan desesperada, tan propagandística como ésa es el tono que necesitan las luchas urbanas de aquí. Nosotros los caraqueños no contamos con una Ley de Monumentos como la de ustedes, ni con una Comisión que organice audiencias para salvaguardar la memoria urbana, nuestros contendores no han estudiado arquitectura en Harvard, aquí no existe la figura de los distritos históricos, ni la de los derechos de aire, ni conciencia alguna de los estilos arquitectónicos, ni aquí tampoco (salvo quizás muy, muy recientemente) la ciudad ha aparecido jamás como
“afecto” –para usar tus propias palabras- de ninguno de nuestros cineastas.

En el año ’84 tuve en mis manos por causalidad los números del lote del Citybank (1273-1277 Madison Avenue Project) de la esquina famosa, cuando se planeaba comprarle los Air Rights a la Dalton School, entre Madison y Park. Tú no soñabas todavía con aparecer en escena. Sólo los vaivenes de la economía salvaron al vecindario de esa torre en los ochenta. Pero lo que es asombroso es que hoy, tántos años después, los promotores están siguiendo los mismos pasos para desarrollar el lote, amparados bajo los mismos argumentos. ¡Cuánto sin embargo se ha perfeccionado la ciencia urbana desde entonces! Cuando el mes pasado (Febrero de 2000) le declaraste a Paul Goldberger en The New Yorker aquéllo de que “tienen que existir Carnegie Hill y lugares como Jane Street en el Village, o uno tiene Houston, Texas”, lo que estabas era simplemente hablando por boca del pensamiento urbano más
avanzado, anunciando lo que ya ronda como una futura enmienda para la Ley de Monumentos de Nueva York: la necesidad de reconocer, más allá de los estilos históricos en un vecindario, el exacto perfil ambiental de cada lugar urbano.

Al final declaraste con melancolía que ya una vez estuviste en contra de la adición al Guggenheim, que ya una vez luchaste para salvar los "cottages” de la Tercera Avenida y que ya una vez trataste de que no acabaran con Books & Company (a lo que yo también sumé un pequeño artículo: "Tenebrosa luce"), todo infructuosamente, por lo cual resientes haber estado siempre “en el lado perdedor de muchas batallas del desarrollo”. El lado perdedor. Yo también lo conozco, my friend. Fracasar, ver cómo caen los escenarios de nuestras vidas, sentir en carne propia la sorna solapada del enemigo. Al menos tú has podido salvar por fragmentos a tu ciudad en tus películas. Al menos has podido filmar una escena y desviar la cámara una pulgada a l
a derecha porque encontraste un edificio horrible. Tú, al menos, salvaste en Manhattan a esa Nueva York más amable, más antigua, más cálida a la que siempre podremos retornar.

Pero, Woody: no desesperes. Esa batalla, aunque fracasen, la ganarán los Amigos de Carnegie Hill. ¿Quién se atrevería a quedar como el que aplastó a Penny Whistle o como el que se erigió en prepotente nuevo clímax de la colina, quitándole su puesto a The Corner Bookstore y al Hotel Wales? Es impensable.

Una última cosa: ¿sería demasiado pedirte una copia del video? Estoy segura de que cuando nuestros enemigos de aquí vean cómo se desliza tu cámara, haciendo un traveling sobre las vitrinas de Madison Avenue hasta las elegantes mansiones de la
s Calles 91 y 92, y sobre la aguja de Brick Church hasta Park Avenue, ellos sabrán que a nosotros, los perdedores, nadie podrá vencernos.

Con mi admiración,


Hannia Gómez”.


Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 7 de Marzo de 2000.



The Loosing Side*

“Dear Woody:

I don’t live in New York City, but a great deal of me dwells constantly on the shores of Madison Avenue. From time to time I recall its sequence of gentle places. So, every time when I return, I go upward from the corner of 57th Street, licking the store windows for long hours until I reach the crest of Carnegie Hill, crest of urban delights, right on 92nd Street, of which now I know you are a neighbor. In past times the fat prize of my promenade was my triumphal arrival almost on 75th Street to the vanished bookstore Books & Co., but it is also true that right after I continued my path up the hill with renewed energy until the backwaters of the Bistrot du Nord, that is to say, harbor.

Yes, indeed. In your city things work indeed by streets and avenues, the flavors of the neighborhoods are displayed horizontally like on a film’s strip, frame by frame, not to be repeated; Madison is not the same all along, and it doesn’t seem odd to me that it is you, with more than thirty years shooting Manhattan, who is today the clearest reader of that urban circumstance so personal of New York, gridded city, infinite matrix. Today I have the audacity to write to you because it seemed incredible to me that all of you neighbors in the Carnegie Hill Historic District have had to reach the extremes of having to bring your three-minute movie to the Landmarks Preservation Commission in order to demonstrate (again!) the neighborhood´s kind language and defend yourselves from the imminent construction on the North Eastern corner of 91st Street of the seventeenth-floor tower planned to be erected by the Tamarkin Company. Really a desperate act. A “performance,” as your contenders ascribe you.

I found it similar to the things that in matters of Patrimony happen here in Caracas, my city. It sounds unbelievable to you? Well: an operation so theatrical, so desperate, so propagandistic like that is the tone all urban battles need here. We Caraquenians don’t count with a Landmark Law like yours, neither with a Commission that organizes hearings to safeguard Urban Memory; our contenders haven’t studied Architecture at Harvard, here the Air Rights legal figure doesn’t exist, neither any conscience whatsoever of architectural styles, nor here either (except maybe very, very recently) the city has ever appeared as an “affect” – to quote your own words- to any of our filmmakers.

In the year of 1984 I had by chance in my hands the figures of the Citybank’s lot (1273-1277 Madison Avenue Project) on the famous cornersite, when they were planning to buy the air rights from Dalton School, between Madison and Park. You didn’t even dreamed of showing up onstage. Only the ups and downs of the economy saved the neighborhood from that tower in the Eighties. But what is astonishing is that today, so many years afterwards, the developers are following the same steps to develop the property, sheltered under the same arguments. How much, however, has Urban Science been refined since then! When you declared to Paul Goldberger in The New Yorker (February, 2000) that “there has to exist Carnegie Hill and places like Jane Street in the Village, or one has Houston, Texas,” what you were doing was simply talking on behalf of today’s most advanced urban thinking, announcing what already is encircling as a future amendment to New York’s Landmarks Law: the necessity to acknowledge, beyond the historical styles in a neighborhood, the exact environmental profile of each urban place.

At the end you told with melancholy that you already were once against the addition to the Guggenheim, that you already fought once to save the cottages of Third Avenue and that already once you tried to stop the destruction of Books & Co. (to what I also summoned one little article: "Tenebrosa luce"), all ineffectual, because of what you resent having always been “on the loosing side of many development battles.” The loosing side. I also know it, my friend. To fail, to watch how the scenarios of our lives fall, to feel in our own flesh the covert snigger of the enemy. At least you have been able to shoot an scene and “deviate the camera one inch to the right” because you found and ugly building. You, at least, saved in “Manhattan” that kinder, older, warmer New York to which we may always return.

But, Woody, don’t dismay. That battle, even if lost, will be won by the Friends of Carnegie Hill. Who would dare to remain like he who crushed Penny Whistle or like he who erected himself as the stubborn’s hill’s new climax, taking the place of The Corner Bookstore and of the Hotel Wales? It’s unthinkable.

One last thing. Would it be too much to ask you for a copy of the video? I’m sure that when our enemies here see how your camera glides, traveling from the Madison Avenue stores windows to the elegant East 91st and 92nd Streets mansions and over Brick Church’s spire until Park Avenue, they will realize that we, the loosers, won’t be defeated by nobody.

With my admiration,

Hannia Gómez”.

Row House neogreca, Madison Avenue. Mark Hampton, 1982 (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





* (This letter was published as the March 7th, 2000 edition of the Architecture weekly column of Venezuelan major newspaper EL NACIONAL, Caracas).





sábado, 17 de mayo de 2008

The Wall

Avenida Principal del Caracas Country Club (Postal, c. 1940s - Archivo de la Fundación de la Memoria Urbana).







“Behold the Wall”.  
Alexander Pope. Epístola a Lord Burlington.1

Dice la leyenda que cuando Caín construyó la primera ciudad, lo hizo tratando de recordar el Jardín del Edén. Esto dió origen al llamado "Síndrome de la nostalgia del paraíso”, una afección de la memoria que ha aquejado a infinitos diseños de arquitecturas, ciudades y jardines desde tiempos inmemoriales, y que afecta a todos los hombres por igual. Dice también la leyenda que así como dicha primera ciudad partiera de la idea de un jardín que Adán cultivaba, se asegura que el paraíso último, es decir, la Jerusalén celestial del fin, será una ciudad.

Todo será ciudad un día; para allá vamos -Caracas también- y habrá de tenerse mucho cuidado en cómo llegaremos. Una manera negativa de hacerlo sería observando la urbanización progresiva del mundo y la desaparición de toda naturaleza virgen como un mal; otra manera más creativa sería adjudicándole desde ya valores urbanos a lo que antes era natural, transformando en patrimonio de la ciudad aquellos escenarios y panoramas vegetales aledaños a las urbes o encerrados en ellas.

Con ésto quiero entrar en la polémica de estos días (2000) en torno a la decisión de la Directiva de la urbanización Caracas Country Club de ocultar tras un vulgar muro la vista de sus campos de golf. Como toda diatriba sobre la cosa público-privada en las ciudades, es una controversia cuyo punto de partida y llegada sólo puede ser el bienestar colectivo. Es verdad que nadie puede desconocer que los campos son propiedad privada de sus dueños, pudiendo hacer éstos con aquéllos, en principio, lo que quieran. Pero tampoco, por otra parte, nadie podría desconocer que en las ciudades todos tenemos un derecho legítimo a defender nuestros bienes estéticos, ya no tan sólo los edificios y los distritos históricos, sino también los paisajes naturales urbanos, aunque no contemos aún (2000) con jurisprudencia -local- sobre el asunto.

Los caraqueños hemos adquirido el “derecho de uso” de las vistas sobre esos jardines olmstedianos de los campos a fuerza de recrearnos por años con ellos al pasearnos por allí. En un país en el que a los abusadores invasores de terrenos la ley les otorga a los no sé cuántos años de habitación ilegal la propiedad de la tierra; en una nación en la que los vecinos de las haciendas convienen otorgarse entre sí un “derecho de paso” para que todos se beneficien de los caminos, nosotros, benignos invasores de la mirada, inocuos usurpadores del paisaje, nostálgicos paseantes, urbanos pastores, ¿no tenemos entonces derecho alguno sobre el paisaje al que desde hace más de medio siglo nos hemos acostumbrado a disfrutar? ¿No tenemos un “derecho de admirar” estas otras tierras cultivadas? ¿A compartir el paisaje?

Una ley no escrita impide en Madrid que le pongan un muro bloqueador al Parque del Retiro, en París al Bois de Boulogne, en Nueva York al Central Park. La misma ley sí escrita en Viena prohíbe con pelos y detalles erigir muros en las áreas aledañas al Tiergarten, solo permitiendo rejas no obstrusivas soportadas por un zócalo de cincuenta centímetros. ¿Por qué? Muy simple: en esas ciudades las áreas verdes cultivadas todavía están inscritas en la zaga simbólica del jardín.

El peso de un elemento tan poderoso como el muro es reconocido profundamente, y manejado con respeto y exactitud. Aquí, pareciera que la única zaga paisajística de la que se dispone es la de un maléfico síndrome, esta vez local: el llamado “Síndrome de Playa Pantaleta”, de torvo recuerdo para los propietarios de otro club caraqueño, el vilmente saqueado Club Camurí Grande. Allí se usó por años el muro en una sola de sus acepciones fundamentales: como separación-frontera-propiedad entre los individuos, como muralla creadora de un recinto de un mundo ilusoriamente inexpugnable. Y es que los muros, virtualmente armas de doble filo, aunque son compañeros indispensables, sí, de deliciosos jardines secretos, tienen el inconveniente de que al proteger el dominio que encierran, son adalid de la separación y la comunicación cortada en su doble incidencia psicológica: seguridad y a la vez ahogo; defensa pero también prisión; protección pero también provocación y potenciación violenta del deseo.

Si los paraísos terrenales se tornan inaccesibles, la aspiración al paraíso perdido se volverá universalmente brutal. ¿No creen ustedes, señores miembros de la Junta Directiva del Caracas Country Club, que ese muro de los lamentos se les va a volver en su contra? ¿Que es la operación equivocada?

Valdría la pena más bien gastarse esos dineros ya no en seguir erigiendo tan horrible obstáculo visual, sino en replantar los campos con más vegetación seductora visualmente accesible a todos.  Encomendar una reja divina de fina raigambre olmstediana por la que trepará el verde y -lo más importante- blindará legalmente a la urbanización como lo que ya es para todos los caraqueños, nuestro Coral Gables, Jardín de las Hespérides, Parque Visual, Distrito Histórico, santuario ambiental y refugio arquitectónico, para, en fin, protegerlo de la voracidad inmobiliaria que ya desde hace tiempo lo está rondando.

Como dijera Alexander Pope (1688-1744), paisajista inglés, profeta del paisaje total, en su Epístola a Lord Burlington: 

“Behold the Wall”.





NOTAS
1. Alexander Pope. Epístola a Lord Burlignton.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 10 de abril de 2000.



domingo, 11 de mayo de 2008

La Miranda virtual

La visión diseñante (f. http://www.inventorspot.com/).




Mucha curiosidad despierta hoy (2000) la realidad virtual en todo el mundo. La gente quiere experimentarla como sea. Para ello, se han inventado colosales pantallas de proyección tipo Imax para sentir cómo nos traga un tiburón o nos cercena el tórax un T-Rex y se han diseñado aparatosos e incómodos cascos que los individuos se ponen para lograr lo que no pueden en el mundo real: entrar de alguna manera en un universo imaginario y visualizar una utopía en el espacio, aunque sea la de otros, y no la propia. Esta es la situación que más nos permitiría explicar hoy cómo es la condición delirante del arquitecto cuando transita por su ciudad. Supóngase un escenario urbano cualquiera, preferiblemente uno donde haya ahora algún tipo de acción inmobiliaria, como la Avenida Francisco de Miranda en Caracas, por ejemplo. Colóquese el susodicho casco. Es usted ahora un arquitecto armado de años de experiencia. En el centro del campo visual aparece un punto rojo que titila –es el punto central de fuga. Miles de haces de líneas multicolores entran a formar parte ahora de su mirada, moviéndose con usted cada vez que mueve la cabeza… pero no se preocupe demasiado por ello. Molesta un poco al principio, pero uno se acostumbra. El universo que ahora va a ver reconstruirse delante de sus ojos sigue un Programa Arquitectónico de Apreciación del Paisaje Urbano, algo muy especializado y complejo, pero que también le es familiar porque tiene algo que ver con lo que veía Robocop cuando buscaba implacablemente a su presa por las calles… A medida que aplique su vista a ambos lados de la Avenida Francisco de Miranda, va usted a ver cómo se levantan telescópicamente las masas de los edificios fugándose hacia los lados y hacia el punto rojo, los volúmenes de sus arquitecturas siendo automáticamente descompuestos en cientos de planos que parecen explotar en el espacio, donde se quedarán por un fragmento de segundo hasta dilucidar cuál es el principio de su composición formal. La sensación es la de una especie de alucinación deconstructiva. Cerca del rabo del ojo izquierdo y del derecho una barra automática de medición sube y baja, dando las medidas de todo lo que se ve vertical y horizontalmente: quince metros cincuenta hasta la cúspide final de la estatua de Francisco de Miranda por el este más los que debería tener si su escala fuera la apropiada; ciento ochenta metros por doscientos para el vano central del edificio Parque de Cristal de Jimmy Alcock, un escaso metro diez para la acera frente al edificio Mene Grande. Esto tiene una explicación en el programa: y es que a su paso por la ciudad los arquitectos miden, miden y miden incesantemente. La delirante realidad virtual generada por la mente arquitectónica no es algo que desaparece en ningún momento, como le pasaría a usted con el simple acto de quitarse el casco o desenchufar el ordenador. La visión diseñante (Designing Vision) permanece siempre, y es por ello que las ciudades evolucionan, y por ello que los arquitectos están en perenne estado de ensoñación, imaginando proyectos para todos los sitios. Esta proyectación contínua se hace incluso más intensa por los cientos de gigabytes de información que van insertándose como recuadros en la pantalla, mostrando el universo de todas las construcciones y urbanismos importantes de la historia. Así, usted verá cuando lleve su pupila a la insignificante reja Odryca que todavía bordea el Parque del Este, cómo a discreción se insertará la reja de hierro del Parque El Retiro de Madrid, anclada en sendos muros perimetrales de piedra; usted verá cómo se digitalizan las delicadas casas de Diego Carbonell y los escultóricos muebles de Cornelis Zitman cuando su ojo se deslice por el mudo edificio de Tecoteca; y verá cómo irán cayendo a capas los execrables mantos de barato revestimiento que envilecen la arquitectura original de la vieja embajada de los Estados Unidos hasta que quede en toda su esplendente sencillez de los sesenta. Pero, vamos: deje el miedo, que ésto solo es un experimento virtual. Colóquese usted ahora en medio de la vía, y mire hacia el oeste, o si lo prefiere, hacia el este. Vea cómo la irregular línea de las anárquicas aceras se regulariza, en color, material y ancho. El efecto armonizador es instantáneo. Parece Miami. Vea cómo aparecen en cada esquina las rampas para minusválidos y cómo inevitablemente desaparecen haciendo “¡Blop!” al comprender su inutilidad en la escena todos los obstáculos para peatones: vallas ilegales, kioskos ranchificados, tanquillas abiertas, “chupetas” publicitarias, muñones de postes precámbricos, tubos encadenados. Observe cómo una precisa línea de fuga azul arranca de la Torre Europa para definir por arriba la cornisa ideal de la Miranda, y experimente con placer cuán rico es el orden urbano cuando se aplica con tino matemático en esta ciudad. Wonderful. En el acto, usted ha comprendido cuáles son los edificios que se portan bien y cuáles los que se portan mal a lo largo de toda la avenida, y empezará a aplaudir la cuadra del edificio La Primera y el conjunto de edificios de la Plaza Altamira, al mismo tiempo que odiará con negro furor (como todo el gremio de los arquitectos) al adefesio del Hotel Four Seasons, que ahora está viendo salirse gráficamente trescientos metros por encima (constatado por la barra automática) de la Línea de Cornisa Ideal (Ideal Skyline). Suponga, como postre, que usted desea que su target sean los vacíos existentes en la avenida. Quiere saber qué será de ellos, de los huecos al norte del Centro Comercial Bello Campo y del vacío pavoroso del edificio Galipán. Aquí la realidad virtual lo sorprende con todo su poder, y ve aparecer de nuevo al Cine La Castellana, con su fachada curva y su recio glamour cinematográfico; ve reconstruirse la esquina del edificio La Castellana, plaqueta por plaqueta de travertino, en toda su elegancia neovéneta; ve flotar en el ciberespacio la masa de un edificio de mirandina arquitectura que nada tiene que ver con el monstruo verde de Arquitectónica, y siente de nuevo, con toda su fuerza espacial, las curvas nobles del viejo edificio Galipán… Pero, no, por favor: ¿qué hace? ¿está usted llorando? ¡Quítese ya ese casco! La Miranda virtual ha sido demasiado. Aquí nadie debe flaquear: porque los arquitectos no lloran.


Avenida Francisco de Miranda, Caracas (f. C. 2000, Archivo Fundación de la Memoria Urbana).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 19 de Noviembre de 2000.


lunes, 28 de abril de 2008

Absolutismos

El château de Chantilly en 1680 (f. Liven Cruyl (vers 1640-1720) – © https://franceetmerveilles.wordpress.com)




"El espacio es el poder".
 Louis XIV.

El 16 de Septiembre pasado (2000) se cumplieron trescientos años de la muerte de André Le Nôtre (1613-1700), jardinero y arquitecto paisajista a la orden de Louis XIV. La temporada musical clásica parisina abrió en su honor ese día con un concierto en la Iglesia de Saint-Roch de la rue Saint Honoré, en el que una soprano cantaría un repertorio de Lully frente a la tumba del maestro. Le Nôtre, quien había comenzado su carrera heredando de su padre el oficio de jardinero de Las Tullerías, había expresado su deseo de ser enterrado cerca de su primera casa, donde había crecido viendo a Pierre Le Nôtre atender los parterres en la vieja tradición jardinera francesa.  

También allí, en el Palacio de Las Tullerías, aprendería, tras un acto de rebeldía familiar, las artes de la perspectiva y de la arquitectura en los talleres de los pintores y los arquitectos que María de Médicis sostenía en los semisótanos de la llamada “Galería del agua” de palacio, junto al Sena. De ese crisol nacería su arte personal de “pintar con las flores y construir con los árboles”: el Jardín Clásico Francés, parte pintura renacentista, obsesionada con la perspectiva, parte arquitectura del Gran Siglo, calculada y grandiosa, parte urbanismo, en total control del paisaje, y parte jardinería, profunda conocedora del suelo, del clima y de las especies de Francia.

En todas las vitrinas de la ciudad un libro era anunciado con éxito: Retrato de un hombre feliz:
André Le Nôtre 1613-1700, de Erik Orsénna, de la Academia Francesa.1 El título fue sacado de una frase famosa del propio Louis XIV, registrada por el Duque de Saint-Simon en la corte: “Es usted un hombre feliz, Le Nôtre", le dijo sonriendo una vez el monarca frente a todos. El Rey Sol “..apreciaba particularmente a Le Nôtre, el cual al cabo de los años se había convertido en su amigo personal”. Y efectivamente, no se conoce otro caso semejante en la historia de la arquitectura y el urbanismo en el que un diseñador hubiera tenido jamás tan total carta blanca para plasmar sus ideas sobre el paisaje como ocurrió con Le Nôtre en Versalles y luego, por emulación cortesana, también en el llamado “archipiélago”de sus jardines por toda L’Ille de France: Trianon, Marly, Fontainebleu, Saint Cloud, Saint-Germain, Chantilly…
 
En tales pensamientos estábamos mientras el gigantesco globo aerostático anclado con una guaya a un lado del Gran Canal de Chantilly, iba subiendo le
ntamente hasta estabilizar su altura lo suficiente como para poder flotar estable y permitirnos arriesgar un vistazo por la borda, mecida por la brisa. Desde el aire, contemplamos la vasta foresta de Chantilly envolviendo por el sur el castillo del Gran Condé, horadada de las graciosas alamedas, rotondas y avenidas que le hiciera el Príncipe de los Jardineros, en tanto que al norte divisamos el gran parque con sus juegos de perspectivas cruzadas, y el valle de la Nonnette en la pradera de Quinquempoix, zurcado de los pequeños ríos que fueron canalizados para dar agua al Gran Canal… 

Era inevitable que a esas alturas ya nosotros también empezásemos a sentir la misma sensación creciente de inefable poderío, la misma embriaguez de la que seguramente disfrutaron el Gran Condé y su jardinero al sobrevolar de la misma guisa Chantilly. En Chantilly la intervención parecía no sólo ser total, sino que parecía no tener límites: llegaba hasta donde alcanzaba la vista… Era el dominio absoluto del lugar. Y así, nosotros deseamos ser, también, absolutistas. 

¿Absolutistas? Sí: porque quisiéramos volver a tener el dominio absoluto sobre nuestros territorios y no tener que compartirlo tánto con quienes no conocen nuestro arte; absolutistas, porque quisiéramos volver a detentar el control to
tal del espacio y sentirnos por ello amados de los príncipes; absolutistas, porque quisiéramos el dominio de sus voluntades para que hagan de una buena vez nuestros sueños urbanos realidad. 

Quisiéramos ser como Le Nôtre, absolutamente creativos y talentosos, pero también tan pletóricos de esa bonhomía suya que convencía de ser el “más humilde y más obediente servidor”, mientras que en realidad era el más elevado y poderoso señor del reino. Quisiéramos de nuevo, como en el Gran Siglo francés, todo el poder para la arquitectura, esta vez en Caracas y no tener que luchar tánto para hacerle recordar a la sociedad, como dijera hace poco Manuel Vicent en su columna de El País, que “…los antiguos aplicaban a cada espacio un dios protector: a los ingenieros se les llamaba pontífices y los arquitectos tenían un caracter sagrado”.2  

En el siglo diecisiete, la famosa frase acuñada por Louis XIV, “el espacio es el poder”, nos permite entender que él, al menos, no se engañaba: sabía muy quién le daba el poder a quién. Es comprensible que Le Nôtre se retirara de su oficio justo cuando empezó a ver que el rey, envalentonado por años de colaboración codo a codo, quizo empezar a hacer también él de jardinero.

Chantilly fue el jardín favorito de Le Nôtre… aún más que Versailles. Su única pequeña traición secreta a Louis XIV. Lo sabemos por una carta que al final de su vida le escribe al Embajador de Inglaterra (carta cuyo original estaba expuesto en el Museo Condé de Chantilly en la exposición “André Le Nôtre y los jardines de Chantilly”, clausurada el 9 de Octubre de 2000), donde éste le decía: “acuérdese Usted de todo lo que ha visto de los jardines de Francia, Versailles, Fontainebleu, Vaux-le-Vicomte, las Tullerías, y sobre todo Chantilly”.3 

Flotando sobre sus vastas extensiones favoritas, que él mismo plantara, canalizara, irrigara, transformara y modelara, celebramos que el ICOMOS haya decidido organizar un Coloquio Internacional sobre Le Nôtre para desenmarañar los asuntos que aún quedan desconocidos de su arte (Le Nôtre nunca escribió sus memorias, ni un tratado, ni tampoco dejó notas). El Contralor de los Edificios del Rey, ennoblecido con el título de Caballero de la Orden de San Miguel para los escritores y los artistas, todo lo que hizo lo dejó escrito con majestad en el paisaje... por la gracia divina.


Portrait d´un homme heureux. André Le Nôtre (1613-1700). Erik Orsénna. Ed. Fayard, 2000 (f. www.erik-orsenna.com/erik_orsenna_livres.php).




NOTAS
1. Erik Orsénna. Portrait d´un homme heureux. André Le Nôtre (1613-1700), Ed. Fayard, 2000.
2. Manuel Vicent. El País.
3. Catálogo de la exposición "André Le Nôtre y los jardines de Chantilly", Museo Condé, Chantilly, 2000.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 23 de Octubre de de 2000.

sábado, 26 de abril de 2008

Alessandria

City. Alessandro Baricco, 1999.




¿Cuán valiosa puede volverse la propuesta de un escritor para el tema de la ciudad frente a la banalidad generalizada del pensamiento urbano global reciente? La mayoría de los proyectos de todas partes del mundo presentados con gran alarde tecnológico en la Séptima Biennale d’Architettura di Venezia –hasta el 30 de Octubre de 2000 en los Giardini di Castello- abordan de una manera débil el gran tema de la ciudad y sus complejos dilemas contemporáneos, redundando en clichés escondidos tras una jerga cibernética. En algunos casos, quizás lo único que queda tras contemplar las voluptuosas vistas hechas con ordenador de los proyectos arquitectónico/urbanos presentados, es uno que otro vestigio “conceptual” que ronda más bien los terrenos de la literatura, por lo que es sólo como ésta, en el mejor de los casos, que puede ser evaluada como propuesta… 

En este contexto, Alessandro Baricco, con su última novela City (1999), construida “como la idea de una ciudad”, podría resultar siendo el mejor de los diseñadores urbanos que actúan contemporáneamente en la escena global, el arquitecto/urbanista inexplicablemente fuera de concurso que hubiera podido ser premiado con el León de Oro acaso se le hubiera ocurrido presentar su “ciudad” ante la contienda planteada por el Comisario Massimiliano Fuksas en Città: Less Aesthetics More Ethics (www.labiennale.org/it/architettura).

Durante el lento discurrir de todo el verano pasado, dos libros de sabor urbano se alternaron en sus turnos nocturnos para confundirme con sus voces: City y Città: Less Aesthetics More Ethics. Yo no sabía muy bien, en medio de tántas atmósferas deliciosamente mezcladas, cuándo hablaba la ciudad en boca de Alessandro Baricco -el autor de Seda- ni cuándo en boca de Massimiliano Fuksas, el director de la Séptima Bienal de Arquitectura de Venecia.

A ratos me parecía oir a Shatzy Shell, la adorable heroína de City -diciendo lo que siente al tener frente a sí a una ciudad ideal, tema principal tras todo el libro: "es... como una suerte de consuelo, en el interior, como una revelación que abre el corazón pero que al mismo tiempo se siente como una puntada, como una sensación de pérdida irremediable y definitiva: Una catástrofe dulce", confiesa.1 Yo la escuchaba, sigilosamente, jurando que ésa era sin duda su voz, la modulada voz de Shatzy Shell: "...seguros y confiados en la capacidad de cambio del hombre, colocamos este nuevo y precioso momento de búsqueda a la disposición de todos aquéllos que han sentido que su deber es intervenir la realidad de cualquier manera posible porque están todavía convencidos de que son capaces de cambiarla, aún con la web..." 

Sí: seguro que era ella la que hablaba. Shatzy en la web, dictando en su grabador personal, Shatzy caminando por las calles ideales de la ciudad sobre sus afilados stiletti negros, Shatzy navegando en el ordenador por esa city ideal que Alessandro quiso escribir al proponerse construir un libro que fuera "...como una ciudad, como la idea de una ciudad". Fascinante idea para cualquier libro, o para cualquier bienal de arquitectura en estos días.

Para Baricco, la fundación de una ciudad imaginaria donde "las historias son barrios, los personajes son calles y el resto, es el tiempo que pasa, las ganas de deambular y la necesidad de mirar", se convierte en la alucinante comprobación de la importancia universal del diseño, especialmente para quienes escriben. Así nos lo ratifica él mismo, reflexionando: "yo diseñé en City dos barrios, que se deslizan hacia atrás en el tiempo. En uno de ellos, hay una historia de boxeo de tiempos de la radio. En el otro, hay un Western". Habiendo viajado por su ciudad, Torino, durante tres años completos, lo que termina haciendo es lanzar al espacio editorial el postulado de su idea personal del habitar, de un plan propio donde traza un camino que "el lector, si lo desea, podrá rehacer". Su conclusión final, a manera de pregunta, pareciera más bien sacada de la presentación de la Bienal de Venecia: "ésto es lo que hay de bello, y de difícil (en todos los libros): ¿realmente podemos hacer el viaje de otros?".2 Ay, ¡el viaje imposible de la ciudad ideal!

Las cien contribuciones finales online que hubo para la Bienal de Venecia (llamada también -¿puede caber otro nombre?- "Città"), los cien improbables metabolismos urbanos enviados electrónicamente desde todo el mundo para que pudiéramos rehacer el camino por sus imágenes en movimiento y "hacer el viaje de los otros" surfeando por sus performances técnicos, son en el fondo iguales a City. No por ser propuestas urbanas para una bienal dedicada a la ciudad, sino porque son también "una manera de diseñar sin "construir", sin abandonar la exploración y la búsqueda de todos los posibles 'espacios' que existan"  ...pero, ¿estaba trascribiendo de nuevo el monólogo? Con tánto calor en las noches, podía uno confundirse. Mas no: ésto último tenía algo más de histérico y mesiánico; era más el tono del director Fuksas, cuando arrancaba invocando a "ese hombre de la metrópolis, quien está solo y se encuentra socialmente desconectado, y que se convierte gracias a Internet en un nodo virtual del universo, en un espectador desde afuera".

Afuera. Uno esta siempre afuera de las utópicas divagaciones de las vanguardias. Tan afuera como nuestra amiga, creyendo ilusoriamente habitar en el corazón real de su ciudad ideal: "...uno está siempre fuera, mirando pero siempre desde afuera. No puedes meterte en ella, estás irremediablemente delante, miras y no puedes hacer ninguna otra cosa. Es un buen truco. Cuando te llega el momento de ver el lugar donde serás salvado, siempre es desde afuera que lo observas. Nunca estás dentro. Es tu lugar, pero no estás allí jamás"... y no lo estarás, nunca, aunque participes todo lo activamente posible de la "nueva revolución" propuesta por Fuksas, y comulgues electrónicamente con las supuestas nuevas ideas, utopías y soluciones (trucos) que van a responder a los viejos problemas de la ciudad... Porque lo importante -dice Massimiliano- era "que se reunieran en el site la mayor cantidad de ideas posibles, que empezara un diálogo sobre los fragmentos visionarios de una nueva geografía metropolitana".  

Y fragmentos, sí que los hubo: estadios/contenedores; ciudades espaciales satelitales; villas elevadas; rascatierras flotantes (Earthscrapers); multiciudades; ciudades de papel antiterremotos; túneles interfase; alquimias urbanas; ciudades invisibles de Coop Himmelb(l)au; ladrillos y pixels de Dillier y Scofidio; contenedores coreográficos; máquinas fluidas, chips de infraestructura, espacios smooth, laberintos dinámicos, desapariciones suaves; paredes sin paredes de Zaha Hadid; arquitecturas extraterrestres; urbanismos automáticos; robots urbanos... y los morphs y las matrix usuales, en el eterno, infinito y siempre cambiante campo de las creaciones de sus habitantes.

Uno de los participantes de la Bienal se llamaba Pietro Caruso. A mí se me se destacó en la noche de Agosto como una estrella fulgurante. Su proposición era tan solo una cita textual de Max Frisch: "estoy sentado en un bar, es de tarde y por lo tanto hay un solo barman trabajando; me cuenta la historia de su vida, una historia de verdad. Entonces, ¡se la creo! Y se lo digo. El seca los vasos que ha lavado. -Sí- repite, -¡así es como fue!- Yo bebo, y pienso: un hombre ha tenido una experiencia y ahora busca la historia de esa experiencia... el cuento que la acompaña. Uno no puede vivir con una experiencia sin una historia, así pienso yo y algunas veces imagino que otro posee la historia que va con mi experiencia... (pero no es el barman)".3 

Los comisarios de la Bienal no premiaron a Pietro Caruso, pero yo casi lo ví de la mano de Shatzy Shell, entendiendo mejor que nadie este asunto veraniego de la ciudad.


The Web City. Hideyuki Yamashita (f. www.fotomino.blogspot.com/2007/12/web-city.html).







NOTAS
1. Alessandro Baricco. City, RCS Libri, 1999.
2. La Biennale di Venezia. Expo on line: "Città : Less Aesthetics, More Ethics", 7th International Architecture Exhibition, La Biennale di Venezia, Marsilio, Venecia, 2000: www.labiennale.org/it/architettura.
3. Max Frisch (Arquitecto y Premio Nóbel de Literatura, Zurich, 1911- ). Il Mio Nome Sia Gantenbeinv.




Publicado en: Papel literario, EL NACIONAL, Caracas, Sábado 28 de Octubre de 2000.



A un maestro de La Guaira




Recorriendo hace poco (Octubre de 2000) el devastado casco histórico de La Guaira llegamos, luego de pasar el río Osorio y remontar los escombros más allá de la catedral, hasta los tres fatídicos recodos centrales del cauce urbano, donde ya nada queda. Allí presenciamos la magnitud real de lo desaparecido: el vacío pavoroso de las tres manzanas completas de fábrica continua que quedaron borradas del mapa en el propio corazón de la ciudad-monumento.

El jefe del comando armado de policía que nos escoltaba haciendo la "visita" de las ruinas era oriundo del lugar. Liendo Edrián se llama. Había crecido entre aquellas cosas destruidas que, como fantasmas, todavía veía habitar en el espacio; casas que se conocía especialmente bien gracias a un hermano pintor que vive de hacer cuadros de La Guaira colonial. Pues bien, Edrián, guía perfecto, nos fue mostrando todas las cosas que merecían nuestra atención: la piedra con una cruz plantada encima, fruto del diluvio del año 1951; el terraplén donde estaba la casa y la carreta del cochero que transportaba a los turistas hasta los fortines; los desvíos colosales del cauce; la moneda de 1811 con una imagen de Napoleón que se encontró entre el barro, y muy especialmente, las situaciones diversas de todas las casas: las que salieron ilesas a centímetros del furor de las aguas, la de José María España pendiendo milagrosamente sobre el vacío, las terribles casas-sepultura, las aún tapiadas, las marcadas en sus fachadas por los pobladores que se fueron y esperan volver, las heroicas que vuelven a estar habitadas a pesar de hallarse en medio del infierno, y las casas nuevas que muchos guaireños con orgullo están reconstruyendo ellos mismos.

Entre estas últimas, encontramos que las había de dos tipos: unas de factura más rápida que están naciendo entre la semi destrozada fábrica intentando inútilmente equiparérsele con humildes elementos pseudo-coloniales (dando al lugar un creciente aire “hatillanizante”) y otras, o mejor dicho, “otra”, que va más lentamente construyéndose,
pero que resaltó del conjunto de las reconstrucciones populares porque su incipiente obra consiste sólo de un grueso muro de tres hileras de bloques que marca el perímetro frontal de la calle y que devendrá su fachada con dos ventanas y una puerta. Y apuntó el capitán Edrián: “Esta, es la casa que se está haciendo el profesor de matemáticas”.

El profesor de matemáticas, evidentemente, sabía lo que hacía. Aquéllas tres hiladas iban derechitas para arriba y ya insinuaban las incipientes chaflanes laterales de las ventanas futuras a la calle, como suele verse en muchas otras ventanas de las casas antiguas que sobrevivieron en La Guaira. El muro, en su espesor, aspiraba emular a su ancestro colonial de tapia. La escena era conmovedora, pero tremendamente dramática: para que aquel profesor pudiera reconstruir su casa como era -evidentemente su firme aspiración- en aquella calle que bordea el cerro y que se quedó sin la hilera completa de sus vecinas de enfrente, en una zona todavía lejana de las áreas adonde ha llegado la asistencia directa del programa de recon
strucción de viviendas, con el rigor que exige hacerlo bien, necesitaría forzosamente de alguien que lo ayude técnicamente ya. 

Porque, ¿cómo diablos si no se las arreglará para vérselas con las armaduras de las techumbres que deberán ir en aquél sector en el que, según como dicen los planos de La Guaira, toda vivienda tenía además un patio rodeado de techos que llegaban al cerro? ¿Cómo alcanzará a llegar felizmente hasta el alero, y desarrollar toda la simple pero a la vez compleja precisión de las proporciones de la fachada? ¿Estaría acaso ya olvidando el profesor los poyos que seguramente habían en las ventanas de las casas de su calle? ¿Cuál modelo de reja, de alero y de quitapolvo entre todas las tipologías guaireñas habría de seguir? Estas y otras preguntas nos hicieron querer acudir a las fuentes para intentar de alguna manera socorrerlo.

María Ortiz, del Instituto del Patrimonio Cultural, está preocupada por no contar aún con un plan idóneo de asistencia arquitectónica directa para los vecinos
“como ésos que se hacen en España, en Oviedo por ejemplo”, por lo que le recomendamos por ahora hacer como cualquier otro arquitecto y echar él también mano de las biblias de La Guaira, los libros ireemplazables de Graziano Gasparini, para entender lo que deberá hacer de ahora en adelante (confiando firmemente en que lo logrará gracias al tesón y a la inteligencia ya demostradas).1 El profesor Gasparini, por su parte, le manda a decir que su decisión de usar bloque es la más adecuada en una reconstrucción “donde no se justifica repetir los sistemas constructivos de la fábrica antigua preexistente”, pero que en cambio esté muy pendiente y tenga cuidado con el trazado del nuevo cauce del río Osorio que pretenden hacer los ingenieros “porque éste va a llevarse consigo despiadadamente gran parte de la trama colonial” y puede barrer en cualquier momento con todos sus esfuerzos y hasta con él mismo (la casa está en la trama antigua, justo frente al río). Finalmente, el profesor Lorenzo González Casas, del IERU de la Universidad Simón Bolívar, director del Inventario patrimonial que se hizo antes de la tragedia para el Litoral y del programa de asistencia para El Guamache, mucho más tranquilizador, le asegura que “su casa debe estar marcada con número en los planos y acompañada de levantamiento y descripción”, así que lo mejor será buscarlo para que la ubiquen juntos y ver exactamente cómo era, para terminar felizmente su pequeña obra.

En cuanto a nosotros, preocupados porque emule bien la ebanistería local, madre de tantas torneadas versiones de balcones y ventanas en la ciudad, podemos recomendarle que busque entre los depósitos de maderas que hay por toda la costa, orientándose por la humareda. Es probable que aún no hayan quemado junto con los troncos de los árboles todas las piezas de la colonia que se llevó el deslave y que pueda rescatar un par de ejemplares para instalar en su fachada (no hay nada más difícil de restituir que los procesos artesanales tradicionales).

Así pues, querido maestro de La Guaira (¿o debemos decir mejor, arquitecto?), escarbe con cuidado. Y además, recuerde: usted, que sabe enseñar, conviértase en un ejemplo y eduque en las artes de la arquitectura a los vecinos. Siga sin miedo hacia adelante. Todos estaremos pendientes de su proyecto de reconstrucción.


La Guayra, ciudad histórica (f. wmf.org/ ).

 


NOTAS
1. Graziano Gasparini. La Guaira, Ernesto Armitano, editor.




Publicado en: Arquitectura. EL NACIONAL, Caracas, lunes 9 de Octubre de 2000.