miércoles, 26 de septiembre de 2007

Ben

El arquitecto Moisés Benacerraf (1924-1998), en la obra de la Torre América, hacia 1977 (f. Luis Vásquez Monch).


 




In memoriam. Moisés Benacerraf.

Un hombre joven maneja un deportivo descapotado por las ondulantes colinas de un paraje del sur de Francia, cercano a Marsella. No lleva prisa, porque precavido ha salido con suficiente antelación. Mientras maneja, y la brisa lo despeina varias veces, sus pensamientos danzan por los temas de la nueva arquitectura, y va dando tras cada recodo subyugante del camino con algunos puntos clave. Le Corbusier lo estaba esperando puntual en una flamante Unidad de Habitación recién construida. Iban a recorrerla juntos. Al joven le interesaban, sobre todo, las fachadas inteligentes del edificio; llevaba en la mente premonitoriamente lugares tórridos y soleados como Maracaibo y Puerto Ordaz y la Plaza Altamira. A discreción empezó a acribillar al maestro: “¿Cómo se comportan realmente los quiebrasoles? Muéstreme usted hasta dónde entra la luz cuando el sol del verano se introduce agudo por los bloques calados y por estas inmensas aperturas de la fachada...”

Alguna sutileza sobre las permutaciones de la composición o sobre las alternancias de pasillos y escaleras en la sección vertical del edificio habría urdido, porque Corbu, a pesar de su conocida arrogancia, le contestó sin falta a todo cuanto quis
o: la conversación había sido formulada con la suficiente inteligencia y perspicacia. No era ya posible resistirse al elocuente encanto del joven arquitecto sudamericano, tan elegante pero austero, tan seductor pero severo, tan joven pero ya tan cultivado, llegado en un Bentley desde París, desde Yale o desde Caracas, no se sabía muy bien...

El hombre joven también solía alquilar una barcaza amarrada en un puerto del Sena, en París, por largas temporadas. Era una nave realmente hermosa, toda de madera, amoblada como una casa. Y como una casa, nunca se movió del puerto. La exposición constante y prolongada a los influjos urbanos de esa ciudad lo marcaron profundamente, porque luego, a lo largo de toda su vida, habría siempre en él algo como de navegante a punto de zarpar, como de marinero en tierra, como de callada fiesta duramente contenida a la que pocas veces dejó soltar las amarras. Bogaba, sí, pero anclado firmemente. La ciudad se c
olaba por las claraboyas del barco. Los cientos de proyectos que vió este hombre joven nacer por sus sucesivas oficinas de arquitectura y planificación urbana y empresas de todo tipo estaban todos animados del mismo “espíritu de la péniche”: un delirio joven por el avance, por la modernidad a ultranza, un deleite en usar lo nuevo... pero todo dentro de un férreo realismo que lo hacía parecer a veces como un hombre duro. 

Nada más lejano de la verdad: este hombre dulce sólo lo hacía para construir sus sueños. Los viajes imaginados luego se volvieron proyectos imaginados. Una imaginación incontenible, incansable y proyectual que abarcaría los mares de la arquitectura y del urbanismo, pero también los de la banca, la ganadería, los seguros, la agricultura, la pesca, los caballos... y de muchos otros océanos. Así, cuando se trató de su arquitectura, ella fue “experimental, pero dentro de una disciplina”. Lo fueron sus nuevas ciudades y campamentos petroleros en Guayana y el Zulia, esquemas radiantes, que hizo en “Planificación y vivienda” con Francisco Carrillo Batalla, Carlos Guinand Baldó y dos jóvenes amigos de Yale, José Luis Sert y Paul Lester Wiener; lo fueron sus primeros edificios, pequeñas joyas modernas de austeros quiebrasoles marselleses y rígidas composiciones yaleanas a las que Emile Vestuti doró de sutilezas; lo fueron sus premiados edificios y sus proposiciones urbanas de la madurez, que desde la Torre Europa y para siempre proyectó con Carlos Gómez de Llarena, interlocutor entrañable y eterno. Y en todo, haciendo siempre la observación precisa para no decaer hacia lo banal, lo inocuo, lo meramente pragmático. Sus observaciones eran diseños, y volaban en sus palabras como palmas de oro de la elocuencia arquitectónica.

París se balanceaba por las claraboyas del barco
. A cada cabeceo de la barcaza, el joven acompañaba a fundar para nuestras ciudades el Instituto de Arquitectura Urbana, o decidía que “una serie de sitios en el centro de la ciudad tienen que re-escalarse como hizo Villanueva en El Silencio, empezando por la Plaza Bolívar”, y proponía el Recinto Histórico de las Nueve Cuadras, o criticaba las plantas bajas de todas las torres de Benacerraf y Gómez para se hicieran cada vez más urbanas, o repasaba cada elemento del Plan Maestro del Parque Vargas hasta la obstinación para mejorarlo. Vanguardista moderado, radical contenido, hombre de negocios ilustrado, gentilhombre obstinado, arquitecto tutelar, amigo querido.

Hace poco, habiendo quedado atrapado entre dos luces de un semáforo en los Campos Elíseos, en medio del vértigo de la ciudad, se volvió hacia mí y me aseguró, intenso y feliz: “¡Ninguna como ésta!”... ¿Puede ser que el oasis de esa ciudad te distrajera tánto como para no darte cuenta de que nos estabas dejando?



La Torre Europa, Premio Nacional de Arquitectura 1976. Benacerraf,  Fuentes y Gómez, Caracas, 1975.





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, sábado 7 de Noviembre de 1998.



Serenísima


Carlos Raúl Villanueva, también serenísimo.


 “¿Soy yo el mismo que todos conocen, o ahora soy otro, 
mi negación, mi detractor, mi prolongación, mi fraude o mi asesino?”
Javier Marías.1

Me encantan los espíritus atribulados, ésos que se contradicen con el paso de los años. Mientras más en conflicto consigo mismos, mejor. Adoro quienes amanecen cuestionándose las ideas de siempre como si de pronto fueran otros, deshojando cada mañana la margarita de sus sueños para quedarse con algunos sí y otros no. “¿Soy yo el mismo que todos conocen, o ahora soy otro, mi negación, mi detractor, mi prolongación, mi fraude o mi asesino?”, diría Javier Marías.1 Siento una especie de simpatía mezclada con morboso deleite viéndolos retractarse con disimulo o contemplándolos volver por sus fueros en medio de fuegos artificiales. Sus titubeos me inspiran la más sincera admiración.

Y cómo no sentir simpatía por estos hombres escindidos, por estos vizcondes demediados, ¡si es algo tan propio del siglo! Tantas ideologías que fueron y que vinieron, que subieron y que cayeron, manteniéndolos de la manera más tremenda con el corazón en la boca y con el hígado en la mano... ¡Cómo no mirarlos con curiosidad histórica, con resabios de análisis finisecular, con dulzura, incluso! Yo tengo, producto de una infancia modelo en los sesenta y de una adolescencia absorta en los setenta, por el contrario, un espíritu absolutamente cándido, un pensamiento totalmente débil, y la mirada -como me imputaran hace poco- lánguida y perdida en el crepúsculo. Para mí, el aniversario del Mayo francés lo prefiero en una bella vitrina en la Librería Gallimard del Boulevard Raspail; para mí, las prohibiciones, los faux-pas y los dogmas no sólo no existen, sino que incluso me interesan lo suficiente como para intentar escribir sobre ellos, lo cual ya no es una victoria: es una circunstancia. Veo un batir de alas, y de lo que me lleno es de profunda emoción histórica. Nacía tarde en el siglo; lo único que deseo es flotar ilustradamente por él...

Así, frente a cada resurrección dogmática de Juan Pedro Posani, me siento como con ganas de pedirle un autógrafo. Y es que hacía tiempo que no lo veía, permítaseme decirlo, tan rabiosamente “posánico”. Hemos presenciado una nueva sublevación de su espíritu, ha podido volver a ser “él” y demostrarnos cómo se hace para ejercer una teoría patrimonial existencialista diseñando una sinfonía personal del gusto arquitectónico y haciendo de ello la política central que nos gobierna a todos. Un tema reciente, la reconstrucción de la hermosa y serena torre de Carlos Raúl Villanueva en la Zona Rental (con la cual yo, por mi parte, estoy a favor), desató de nuevo su carismática, arengática prosa, lanzándonos al vacío el veto iracundo de su conocido básculo rector: ¡No a la reivindicación en piedra de “los sueños de gloria”!

Posani ha tenido lo que se llama una vida singular. Alguien debería hacer una novela histórica con su vida: allí encontrará todo lo que necesita para explicar el devenir arquitectónico del país del siglo veinte, para entender los complejos, las hazañas y las dudas, las omisiones, las preferencias y hasta las grandes corrientes. Su paradigmática condición de colaborador por veinte años de Villanueva, lo ha marcado tánto... y tan abrumadoramente. La Planoteca de la Universidad Central de Venezuela en la Casa Ibarra, da exquisita fe de ello. Por doquier aparece su mano menuda, detallista y virtuosa, acusando esa epopeya suya tan personal. De allí que sea comprensible su molestia intermitente a pasar por demasiado “villanuevista”, porque todos sabemos que los grandes amores pendulan siempre entre la aversión y la pasión: hoy defendemos su “cosa moderna”, mañana denigramos de sus eclecticismos; hoy iniciamos una campaña para hacer Patrimonio de la Humanidad a la universidad, mañana nos resistimos a designar siquiera monumento histórico a El Silencio; hoy pensamos que Villanueva no trabajó para los ideales de la dictadura en la UCV, mañana vemos en la Torre Rental el símbolo abominable del deseo de poderío de una época.

Pero todo ésto es adorable. Adoro su terca resistencia con algunos de sus viejos esquemas, como las transgresiones que efectivamente ha hecho a muchos de ellos. Comprendo que la arquitectura híbrida, mestiza y ecléctica le sea indiferente hast
a el punto que, impasiblemente, vaya dejando que desaparezcan muchas de las ciudades invisibles de Caracas, mientras que, ¡oh, paradoja!, hace crecer efectivamente y con fortaleza el Instituto del Patrimonio Cultural (1998). Adoro, comprendo y admiro. Pero hasta ahí.

Inmersos como estamos en una ciudad cada vez más envilecida, donde los ejemplos de buena arquitectura difícilmente se topan con la mirada sedienta, estamos más que nunca necesitados de esa epifanía de Villanueva. Sinceramente, hoy a nadie importa mucho ya qué diablos expresaba la torre en 1956 (a mí, por supuesto, nada). Antes que atacarla habría que preguntarse: ¿para sustituirla con qué? ¿Con más espantosa “arquitectura” especulativa como la que se está haciendo por toda la ciudad? En cambio, ¿No es ésta es la gran oportunidad para hacernos con otra buena pieza de Gran Diseño, para s
ujetar el espacio en fuga de la Plaza Venezuela, para enganchar a un buen promotor con el prestigio internacional que promete de la construcción póstuma de una obra de uno de los más grandes arquitectos latinoamericanos, para (como el mismo Posani propone) replantear el obsoleto y pobre plan de diseño urbano existente con un concurso internacional, para aupar la candidatura de la UCV a Patrimonio de la Humanidad, y en fin, para que la universidad instruya con su ejemplo respetuoso al país sobre cómo se salvaguarda la memoria urbana actuando eficazmente en la ciudad? Piénsenlo dos veces.


Este año, encima, el globo entero celebra, con bombos y platillos, cómo hace ya tres décadas que quedó prohibido prohibir.


Daisy Profile. Gordon L Wolford, 2007.




NOTAS
1. Javier Marías. Corazón tan blanco.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 15 de Junio de 1998.




Castillos en el aire


René Magritte, Le château des Pyrénées, 1959.




La vanguardia arquitectónica está de plácemes. Luego de un cuarto de siglo de no dar pie con bola, ha logrado rehacerse de nuevo -¡al fin!- como vanguardia en una tercera posmodernidad: la cibernética. Esta vanguardia lo es en el sentido militar original que le diera a la palabra avantgarde Napoleón I: “el deber de una vanguardia o de una retaguardia no es el de avanzar o retroceder, sino el de maniobrar”. Y la maniobra de turno es la virtualidad. Con la computadora de nuevo “experimentar se ha vuelto inevitable”, como quería en los años sesenta el grupo radical Archigram.

Estamos viendo un renacimiento de aquel futurismo exacerbado, de aquella incontenible necesidad de expresión, madre de la mitología formal de la arquitectura. La célebre frase de Archigram, “el mundo es o una villa o un cojín”, se emparenta en su fetichismo con la contemporánea “el mundo está en un estado de continua transformación”. La glamorosa jerga hecha con palabras como neumático, cartoons,
automats o suitaloons nos retraen hoy, sin remedio, a la autocadiana jerigonza del snap, grid, layer, zoom o attach... Episodios de una misma saga.

El frenesí es global por un nuevo arte, lenguaje, tiempo y espacio. Algo muy de los años sesenta. Individuos de reconocida sed de vanguardia, como Peter Eisenman, se regodean con la posibilidad que les dan las actuales tecnologías de esgrimir innovaciones como la de ampliar un estadio de fútbol a partir de algo tan críptico como “iteraciones de la bifurcación y operaciones Booleanas”. Recientemente Eisenman abogaba por las nuevas “zonas turbias”, nombre aplicable a prácticamente todo en esta era post utópica de fronteras borradas entre lo real y lo virtual, transarquitecturas, hiperciudades, mundialización y métodos de modelación no-euclidianos.

Son las “arquitecturas de lo aún no visto” (Brian Mas
sumi): ¿recuerdan ustedes una vanguardia más feroz y radical? Veamos los casos de dos oficinas de arquitectura, una aparentemente en París y otra en Rotterdam, (a)rchimedia y Oosterhuiassociates... Porque, para empezar, ya ningún arquitecto proviene de ningún sitio en especial. Los “vaqueros del teclado” no son los clásicos “ciudadanos del mundo” de antaño: al estar todos los vecindarios del globo conectados en Internet y no existir más un centro verdadero, la suburbia se ha vuelto mundial y éstos deambulan por las ciudades y sus espacios en lo que ellos llaman “flujos despacializados”, apropiándose de todo y diseñando en todas partes por igual, sin mediar el tiempo ni el espacio. La descontextualización es un subproducto lamentable.

Para (a)rchimedia la inteligencia colectiva permite que lo global se vuelva local (Glob/Loc), lo compuesto pueda descomponerse (Comp/Decomp), lo s
uave se vuelva duro (Soft/Hard), lo analógico se haga digital (An/Dig) y viceversa. Sus proyectos, visitados desde cualquier monitor, se construyen en los espacios nuevos de lugares sin memoria: son cabañas post primitivas decentralizadas, delocalizadas, derrealizadas en el ámbito urbano del no-lugar de la ciudad digital. Una especie de discurso difuso para tomar entre martini y martini en un Web Bar. Por su parte, los arquitectos de Oosterhuiassociates son más concretos, y por tanto más temibles. Ellos afirman que “en las décadas próximas, los edificios evolucionarán genéticamente y se transformarán de estructuras platónicas mudas, en receptivos volúmenes doblados, absorbiendo, digiriendo y generando flujos de información y energía”. Mediante la fusión de la inteligencia con los materiales de construcción, la realidad virtual se mezclará con la realidad física.

Los controles de navegación de Auto CAD, FormZ o Archi CAD con todas sus funciones, han hecho que se desarrolle una nueva manera de diseñar análoga a la nueva manera de escribir que promovió el procesador de palabras. Ahora hay arquitectu
ras de ordenador como hay novelas de ordenador, y son similarmente infladas y ubicuas. Su principal gusto está en el doblado, en el abigarramiento, en el forzado de las formas, características típicas del barroco (ahora llamado “fold” Neo Barroco); también en las permutaciones, las repeticiones, los facsímiles, las torsiones y las deformaciones variables.

Tantas formas sin control hicieron repuntar a la Topología, la ciencia de las transformaciones continuas. Somos topólogos y ciegos como unos topos, mientras que los filósofos y psicólogos de la percepción se apuntan como los nuevos gurús de la arquitectura del próximo siglo. Allí están Gilles Deleuze y su Empirismo Superior; o Paul Virilio, presidente de L'Ecole Spéciale d'Architecture de París, y -no faltaba más-, el más “De” de todos, Jacques Derrida, para ayudar a los cuerpos arquitectónicos (como se les está llamando a las arquitecturas) a dar el “salto cuántico” hacia un más alto nivel de energía. La arquitectura posterior al giro topológico es dinámicamente deformacional y, sobre todo (¡horr
or!), post humana. Ni habitantes ni ciudadanos: sólo usuarios.

Mas tras tanta maniobra napoleónica subyace la desconfianza. La vanguardia de silicón ha resultado una buena piel de cordero para muchos lobos. Tras su pantalla iluminada amenaza el vacío. En el prado global de los castillos aéreos también pueden saltar las clásicas liebres de la mediocridad y el engaño, sólo que ahora es más complicado darse cuenta.








Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 26 de Octubre de 1998.



lunes, 24 de septiembre de 2007

Espacio In-flable


Yo quisiera escribir hoy sobre Ken Yeang, un arquitecto que se me ha vuelto incómodo enigma, y sobre el último de los revivals que andan rondando por ahí, el de la arquitectura neumática. Me gustaría hablar del llamado “Momento inflable” ("The Inflatable Moment") , título de la exposición que cerró hace un mes en
la pseudo-apacible Architectural League de Nueva York, emparentando a cierta arquitectura malasia reciente con las protestas construidas de los utopistas del ‘68, especialmente del grupo Archigram… Me gustaría poder preguntarme cómo se relaciona todo ésto con el alucinante proyecto flotante en el Delta africano de la neoyorkina Lindy Roy, ocupando como una brida fresca las páginas centrales de la críptica revista teórica Assemblage, en su último número 36.1  La Roy y Yeang se han convertido (aparte de en mis pequeños héroes) en los abanderados chic del gusto ambientalista, versión poética: ella, flotando neumáticamente en un spa alado y ténsil flanqueado de protecciones contra caimanes, rítmicamente semihundido y lavado en el fango embellecedor de un pantano mineral perenne cuyas aguas se evaporan y vuelven a lloverle encima, siguiendo una rutina antediluviana para holísticas Marcellas Borghese del ecoturismo global, río Okavango abajo; él, proponiendo al consorcio de la Expo 2005 (cuyo lema es “Redescubriendo la sabiduría de la naturaleza”) a realizarse en Seto City, Japón, un proyecto para una torre única de ciento cincuenta pisos, de nuevo la más alta del mundo, un cilindro acribillado y activado por los vientos, una expo puntual que deje inmaculados los bosques a ras del suelo y lleve a los visitantes a conocer un nunca visto delirio ambientalista en vertical que subirá infinito entre pantallas solares y parafernalias mediáticas, perdiéndose nubes arriba… Pero no puedo. Automats y Suitaloons, burbujas y fragmentos estructurales neumáticos inflados o tensados, canales de agua botswanos entre corredores de papiros, monorrieles espirales de tendido dual, cables, volátiles turbinas de fibra de vidrio, marquesinas repotenciadas: no puedo… Aún no me he deshecho (en odas) a las dos recientes vedettes del verano que culminó el pasado jueves 23 (1998), el celestial Stade de France, de Macary, Zublema, Regembat y Constantini, única euroarena bendecida en cielo y tierra por dos santidades a la vez, Saint-Denis y Saint-Laurent y, por supuesto, el magistral Pabellón Portugués y su monumental cubierta-hamaca suspendida de concreto, de Alvaro Siza y Ove Arup & Partners en la Feria Mundial de Lisboa, dejando necesariamente fuera a los restantes “manierismos sizianos” (como los llamara David Cohn de Architectural Record) de la Expo ’98, y a la brillante Estación Intermodal de Transporte de Santiago Calatrava, de mástiles de acero y columnas arborescentes, a mi modo de ver, lo mejor del encuentro… 2 Mas, imposible. No logro estirarlo. Estoy por excluir los acontecimientos más importantes de esta rentrée, caracterizada por dos operaciones estrictamente opuestas, pero paralelas: la apertura del Museo Judío de Daniel Libeskind en Berlín, y la del Museo Kiasma de Arte Contemporáneo de Steven Holl en Helsinki. Pierdo el chance de comparar cómo, mientras un edificio al construirse agota hasta el infinito su único y arbitrario grafismo original, llegando a convertirse en prácticamente nada, el otro edificio llega a asemejarse tánto, tánto a sus acuarelas iniciales, hechas por su autor sobre una pequeña libreta, que inventa una atmósfera de un espacio ex-pictórico, as y envés de una dramática “pared de hielo” en zinc, efecto que de seguro ha tomado de sorpresa hasta al mismísimo Holl… Pero aún más dolor me causa cuando me recuerdo de un recorte pendiente de The New York Times del domingo 9 de Agosto, y dejar de reseñar la inauguración este mes en Cincinatti del Centro de Artes Contemporáneas de Zaha Hadid; un “rompecabezas”, “composición multiperspéctica en el espacio”, diría Herbert Muschamp; un “parque urbano” para ella; una “reinterpretación de las grandiosas escalinatas del museo tradicional” para él… 3 Pero no… La idea de la “alfombra urbana” desde la acera, el “cuaderno de apuntes” ( y hablando de cuadernos de apuntes, la Hadid le ganó este concurso a Tshumi y a Libeskind con uno de doce hojas)… la “inmensa escalera en zig-zag”, el edificio “que se demuele y se construye perennemente”… y todo el presente acto neumático de la arquitectura, son difíciles de alojar en un espacio de naturaleza in-flable, antípoda de la burbuja… Su piel nunca se estira lo suficiente para escribir de todo lo que yo quisiera.


"The Inflatable Moment", The Architectural League, NYC, 1998 (f. www.archleague.org/index-dynamic.php?show=297).







NOTAS
1. Assemblage, 36.
2. David Cohn. Architectural Record.
3. Herbert Muschamp. The New York Times, New York City, Domingo 9 de Agosto, 1998.
4. Marc Dessauce, editor. The Inflatable Moment: Pneumatics and Protest in ´68, Princeton Architectural Press, 1999.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 3 de Octubre de 1998; arqa.com:

Cayó la bomba

Super Estación de Servicio Las Mercedes, engrandecida por el "Mástil radiante" de Alejandro Otero. Caracas, 1959.




Esta columna de arquitectura, de ser generalmente orgullosa, festiva, celebrante de sí misma y auto glorificada por nos, ha pasado a ser (más a menu
do de lo que yo quisiera) lo que Pereira, el personaje tabucchiano de la redacción del Lisboa, llamara una “necrológica”.1

Necrológica, pues, va la de hoy, y plañidera como tantas, y deprimente -e iracunda- para dar fe de que cayó una bomba en esta ciudad sin que nadie se diera por enterado: la Super Estación de Servicio Las Mercedes, de 1959, diseñada por el arquitecto Carlos Gramcko y complementada por el elemento vertical que le hiciera Alejandro Otero. Acaba de ser demolida (1988) por su nuevo propietario, Texaco, en esta ciudad.

Ya en 1959, la Revista Integral, la nunca igualada revista nacional de arquitectura, en su primer número, celebraba su excepcionalidad: “Tanto en el concepto como en los detalles, rompe con la línea tradicional para este tipo de construcciones. U
n conjunto que, además de cumplir ampliamente las condiciones de funcionamiento deseadas, no sólo no desentona en el importante sector en que está ubicado, sino que más bien contribuye a su ornato. Por otra parte, es de destacar, como muy favorable, la íntima colaboración que, por primera vez en estas construcciones, se estableció entre los arquitectos y el conocido artista que tuvo a su cargo el estudio y resolución del elemento vertical”.

Hace de estas palabras cuarenta años, y parece mentira que ya entonces se entablara una discusión muy parecida a la actual frente a los despersonificantes procesos de la globalización, sobre el irrespeto al contexto geográfico y urbano de la arquitectura trasnacional y de la banalidad de sus códigos corporativos. Y sigue en este sentido: “conviene pensar en que cada estación debe tener un distintivo que podríamos llamar “marca de fábrica”. De ahí que se considere a veces la posibilidad de utilizar formas preconcebidas para estaciones, lo mismo que el empleo de determinados colores o texturas. Esto, si bie
n en principio es una idea acertada, no debe ser el factor predominante, pues resulta un contrasentido pensar que el diseño para una estación de servicio en Caracas o Maracaibo debe ser igual exactamente a otra en Estocolmo o en Ginebra, en donde las condiciones son enteramente diferentes...

La estación del 59 (Shell) se concibió, pues, lo más contextual posible. Eso significaba, como hoy “honrar los vecinos”: el entonces impecable Automercado de Las Mercedes de Don Hatch y el pequeño y querido Edificio San Carlos de Tomás J. Sanabria, ambos modernos y relucientes en ese momento, aún inocentes del travestismo mall-reduccionista o pseudo-constructivista Russanov que sus dueños se empeñan en forzarles encima. Pero, ¿cómo sonaba ser contextualista en los años cincuenta? Si me lo permiten, leamos un poco más: “con el objeto de armonizar con la arquitectura de los alrededores (líneas horizontales muy predominantes) se construyó una placa horizontal que sirve para la protección del sol, creando un confortable sitio de estar para el público (...) Todos los materiales: piedra natural, arcilla porcelanizada y cerámica tipo veneciano, son de gran calidad, contribuyendo al ornato del sitio, de acuerdo con las características residenciales de la zona y el tipo de construcciones de los alrededores”.2 ¡La honorable voz de un pasado legendario!

Hoy, la irónicamente llamada “remodelación”, no sólo sustituye una estación de servicio urbana importante, de arquitectura diáfana, un establecimiento modelo, una pieza de la memoria de la ciudad, por una bomba más (la Star 21) de banal arquite
ctura interestatal, con anodinas formas, colores y logos hechos para ser reconocidos a ciento veinte kilómetros por hora, sino que en su demolición troglodita se llevó al traste, junto con la arquitectura y parte de la historia urbana de Las Mercedes, la primera colaboración arquitectónica de Alejandro Otero.

El elemento vertical creaba un contraste violento con las líneas predominantes del conjunto. Al ser una “obra en función arquitectónica hecha en el momento mismo de la gestación del edificio”, Otero debió trabajar dentro de límites: “definí la proporción, determiné los materiales y procedí a diseñar (...) El resultado es una torre metálica en aluminio anodizado gris y oro con dos caras principales (...) Algunos se preguntan qué es: una señal metálica para un moderno jagüey de gasolina. Nada más”.3

Pues bien, los señores de Texaco creen que por haberlo desmontado (arrancado las platinas de anclaje, tirado de los tornillos de sujeción con aisla
miento plástico, desalojado los perfiles estirados especiales), han salvado para sí el valor millonario de esta obra. Pero nosotros sabemos que se equivocan: nunca será la misma sin la arquitectura para la cual fue diseñada y calibrada. ¿Al diablo con la arquitectura? Ese es el castigo en dólares para su ignorancia. Estoy segura, además, de que se le doblaron los perfiles al obrero que martillando, los desalojaba brutalmente esta semana (1998) de su santo lugar... Ni siquiera para eso les sirvió la Revista Integral I que tan esperanzada les mandé cuando aún había tiempo para una remodelación respetuosa.

"Mástil radiante", Alejandro Otero, 1959 (f. Alfredo Boulton).






NOTAS
1. AntonioTabucchi. Sostiene Pereira, Anagrama, 1994.
2. Revista Integral, I, Caracas, 1959.
3. Alfredo Boulton. Alejandro Otero, Caracas.


 
Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 14 de Septiembre de 1998; Arquitectura.com


Santo oficio


Gaudí: ¿sagrado u obsceno?




Gaudí fue modernista tanto como Hector Guimard en Francia o Hendrick Petrus Berlage en Holanda. Su exótica, extasiada y delirante arquitectura está igualmente enraizada en el liberador racionalismo estructural que preconizara Viollet-le-Duc desde sus Entretiens, basado en las “maneras verdaderas” del Gótico.1 Esa revolución necesaria, sumada a un momento histórico de fuerte nacionalismo cultural, hizo florecer el genio gaudiano; mas lo que lo hizo sublime fue su sed de alcanzar los placeres trascendentes a través de la arquitectura... No olvidemos que Gaudí significa gozo en catalán.

Cuando apenas cumplió treinta y un años le confiaron las obras de la Sagrada Familia, aunque su carrera mística ya estaba planteada en sus obras civiles. Mientras sus colegas atiborraban de ornamento sus edificios, haciendo caso omiso al horror vacuii victoriano, Gaudí manejaba un gusto enciclopédico de repertorios simbólicos, desde los del eclecticismo clásico de su formación, pasando por los de la heráldica medieval y los de la simbología religiosa, hasta los de la realidad natural. Era simbolista como los demás, pero sabio y solemne, lo que lo separará críticamente de la bella liviandad del restante movimiento laico.

Un moralismo y un misticismo totalmente góticos se irán adueñando de su alma. Adquirirá todas las connotaciones sagradas de lo que significa ser un “constructor de catedrales”, para terminar convirtiéndose en oficiante y ermitaño de su propia obra. La Sagrada Familia, ideada por otros, se troca en su “catequesis parlante”.

De dandy y agnóstico pasa a tener la imagen que todos confunden con la del simple beato. Mas la metamorfosis fue a la inversa: Gaudí había crecido por la arquitectura en la fuerza y la pasión del misticismo. De tánto depurar el proyecto de la catedral (se conocen tres proyectos de nave con secciones distintas) esta se hace ideal, pasión, “obra imposible”, siempre proclive de ser perfeccionada.2
 
Que Gaudí sea beatificado a un siglo de su epopeya, en realidad no agrega nada a su figura arquitectónica, pero hincha de orgullo las arcas de la Iglesia. La beatificación reconoce la sabiduría sagrada de su santo oficio: reconforta saber que diseñando también se puede llegar al cielo. Ensimismado completamente en su obra; de espíritu medievalista, introvertido y ocultista; libre y trabajando a plenitud; anciano, pobre, barbudo y feliz, Gaudí proyectaba un halo de santidad. Cuando por ese mismo estado de sublime distracción murió arrollado como un José Gregorio Hernández de la arquitectura, unas monjitas, que se ocuparon de cerrar su despacho en la iglesia, dieron fe del manoseado evangelio que le encontraron sobre la mesa de dibujo: el Diccionario de Arquitectura Medieval de Eugène Viollet-le-Duc.3


La Sagrada Familia (f. www.media.mit.edu/physics/projects/IP/bldg/bi/familia.jpg).








NOTAS
1. Eugène Viollet-le-Duc. Entretiens.
2. Constructor de catedrales.
3. E. Viollet-Le-Duc. Diccionario de Arquitectura Medieval.



Publicado en: EL NACIONAL, Caracas, domingo 6 de Septiembre de 1998; arqa.com:


domingo, 23 de septiembre de 2007

Pies ciudadanos


Las aceras caraqueñas: un piso para lunáticos.





1. El cortesano
Baldassare de Castiglione fue el autor en el
Renacimiento de uno de los libros más paradigmáticos de su época: El cortesano.1 Allí hizo la lista de todas las condiciones que debía reunir el hombre universal, prototipo que se convirtiera en ideal renacentista. Muchos han querido ver en El cortesano un retrato contemporáneo del hermoso y genial Leon Battista Alberti. Verdad o no, su listado de virtudes arquetipales le sobrevivió como gran legado, una herencia que con el paso del tiempo nunca fue superada por alguna otra.

2. El estudiante
En este siglo, el escritor italiano Gesualdo Bufalino ratificó la vigencia del ideal de hombre que enunció de Castiglione cinco siglos atrás. En su novela Las mentiras de la noche, al hacer la descripción de Narciso Lucifora, un joven estudiante condenado a muerte, resumió de nuevo el viejo ideal renacentista: "De edad imprecisa, pero jovencito en apariencia, aunque tal vez menos de lo que parece. Amorosísimo de Venus, a ello llevado por la figura que posee de extraña fuerza y belleza, delicada a un tiempo que membruda, a la manera de un Hércules Apolo. Tiene hombros cuadrados, piernas finas, cabellos rizados y oscuros, aunque lleva afeitada la piel del cuello. Fue visto de cerca por
última vez al salir del palacio Linares, donde se había introducido por una ventana a ras del suelo, no se sabe si a robar enseres o un honor de hembra. Perseguido, con repentino impulso escapó. Llevaba entonces debajo del guardapolvo de indiana florida una camisilla turquesa, pantalones de dril, zapatos en los pies ciudadanos y ligeros".2

Narciso Lucifora tenía, pues, amén de belleza y genio, “pies ciudadanos y ligeros”. Estaba acostumbrado a frecuentar serenas ciudades y suntuosas arquitecturas, pavimentos regios y adoquinados. El hombre universal no puede ser un hombre del campo, las abruptas y accidentadas superficies rurales le son ajenas. Por ello, sus pies son como blancas palomas enfundadas en tersa piel. Sólo los pobres campesinos, desterrados de las urbes, tienen “ñames” como pies.

3. El zapatero
En una entrevista que le hizo una vez la revist
a Vanity Fair a Manolo Blahnik “el primer diseñador de zapatos del mundo”, éste intentó describir cómo han de ser los pies humanistas, que jamás transitan a campo abierto ni por abyectos recorridos urbanos mal pavimentados: “El pie ideal se conforma de acuerdo a un estricto canon de proporciones (...) El segundo dedo debe ser ligeramente mas grande que el primero, el arco alto y, desde allí, ya no deberán haber pedazos de piel colgando”.3 Para el zapatero, sólo las tersas superficies hacen que el pie mantenga su forma ideal. En todo otro momento, claro está, todo pie ciudadano deberá estar calzado de “manolos”. 

Al ser Blahnik hijo de un padre oriundo de una ciudad de aceras de adoquines de piedra (Praga) y de una madre nacida en una ciudad de aceras volcánicas (Las Palmas de Gran Canaria), se anticipa que las zapatillas de cristal que sueña par
a las cenicientas del 2000 harán que todo el mundo caiga prácticamente rendido a sus pies.

Y asegura el artífice del stiletto que está cansado de los tacones: “Ahora quiero hacer zapatillas de bailarinas (...) Todo chato, chato. El nuevo tacón para el milenio es ningún tacón”. Zapatillas para sublimar los recorridos por las aceras tersas como el terciopelo de las ciudades del próximo milenio: un verdadero ideal renacentista.

4. El lunático
En la última Feria Iberoamericana de Arte de Caracas había una obra en bronce de la escultora española Aurora Cañero, titulada El lunático, que retrataba a un perplejo hombrecillo que caminaba sobre un aro delgado con el catalejo al hombro y un abrigo hecho de superficie lunar, ensimismado en las formas celestiales, olvidando totalmente la estrecha línea de piso que era la única conexión real que establecía con el mundo a
sus pies. 

Acostumbrados a divagar por las ciudades -la propia y las de los demás- andamos por las aceras como el lunático. Hechos como estamos de puros ojos y cuellos flexionados hasta el límite, pertenecemos a una raza de murciélagos invertidos, que colgados de la extremidades inferiores quedamos suspendidos sobre la infinitud de las alturas arquitecturales, sin temerle a nada. Esa conexión, única y mínima, es, sin embargo, tan sensible como una antena: nos sirve de radar.

La angosta cinta de bronce por la que deambulaba el lunático diminuto le era como una cuerda floja: debía tantearla con la planta del pie a cada paso, balanceándose, abandonado totalmente al arco reflejo del arco de sus plantas, ya que la mirada -y los pensamientos- los tenía en otra parte, muchos pisos más arriba de la calle en la que caminaba.

Esa angosta acera escultórica era, sin embargo, recta y perfecta. Viniendo de un país de ciudades de “pedicuradas” aceras, el distraído personaje
peninsular no temía un camino plagado de piedras y escollos. Le era algo impensable. Su acera era por lo tanto límpida (un aviso callejero de la Comunidad de Madrid reza: “Perdone la molestia, pero mejoramos aún más las aceras para su disfrute”).

Quienes caminamos por este país de ciudades de inexistentes o destrozadas aceras, obstinados en seguir paseándolas, nos abandonamos al radar podológico. Lunáticos roedores, olfateamos, palpamos, “vemos” a ciegas con los pies ciudadanos. Para mantener la mirada perdida en el espacio... aunque nos cueste la vida.


"Soñando estrellas III". Aurora Cañero. Bronce, 2000.





NOTAS
1. Baldassare de Castiglione. El cortesano.
2. Gesualdo Bufalino. Las mentiras de la noche.
3. Vanity Fair.


 
Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 24 de Agosto de 1998; arqa.com:


Poesía del Archivo N. 7

"...elegantes pasamanos dobles de madera de nogal..." Detalle de una baranda de las escaleras de la Torre Rental.
Carlos Raúl Villanueva, 1956.





Era el invierno. Los cielos se desgajaban por completo cada tarde, llevándose consigo todo lo que encontraban en su camino al Guaire. Tejas viejas, sobre todo; en especial, aquellas centenarias que por haber sobrevivido a su argamasa, eran arrastradas como hojas secas por las pendientes de los techos hasta abajo, hacia el torrente. La cuneta era un revoltijo de ramas rotas y cascotes partidos rodando por la cuesta... Al descubierto iba quedando la frágil cubierta de la casa, medio podrida en la intermitencia anual de los aguaceros.

Unos metros más abajo, en la penumbra de su lecho metálico, sumidos en un largo sueño que no alcanzaba a quebrantar el irrespetuoso golpe de las goteras, una foresta de papel. De frágil, amarillento, quebradizo papel vegetal. De ese que se pulveriza de un simple papirotazo. Planos, miles de planos, agolpados unos contra otros, como hermanitos abrazados en la cama patrimonial, chicos y grandes, en medio del fragor de la tormenta, aterrorizados por los truenos, contando juntos los segundos hasta el próximo relámpago (¿la tempestad se aleja o más bien se acerca?), temiendo morir como los árboles...

Al pie de las planeras verticales crecía un pequeño lago veraniego, un charco de agua de lluvia. De tenue agua de lluvia, de cristalina agua de lluvia. De la que se recoge con el trapo del coleto para vertirla en un tobo de limpieza, una y otra vez, cantando una alegre canción; agua salpicando agua, por entre las rendijas de los armarios, los cuales, a su vez, se asomaban al espejo del charco como Narciso en las aguas del río: contemplando peligrosamente su propia belleza. Agua que de allí llegaba hasta lo más profundo para anegar los balcones del Hospital Universitario y dar de beber a una ingente colonia de hongos, cada vez más arraigados en las profundidades de la fibra vegetal, moteándolo todo, fachadas, cortes y escaleras, marquesinas, barandas y pabellones con funguíferas motas de color beige. El hospital había sido puesto en cuarentena otro invierno. Se temía que contagiara al resto de la familia. Como en el cuento, la princesa estaba sumida en un sueño profundo que se parecía a la muerte.

Si en la penumbra se llegaban a destapar los proyectos de la Universidad Central de Venezuela, ellos sacaban asustados las cabezas debajo de la sábana, y se podía disfrutar -todavía- de su incomparable belleza a punto de esfumarse, sumida mágicamente en una infancia de cuarenta años atrás. Magníficos, cándidos, lúcidos, íntegros, prometedores, secretos, indefensos y perecederos. Una infancia sin fotografías, sin filmes, sin escáneres, sin récords, como si más bien transcurriera en los tiempos arcanos de aquella casa histórica que los cobijaba absurdamente con todos sus huecos, con todas sus urticarias, con todas sus colonias de huéspedes indeseables. Sólo dos ángeles (que nadie podrá echar jamás del Paraíso), San Iván y San Henrique, custodiaban humildemente aquel surrealista sueño ottocentesco.

Mas resulta que un archivo, más que ninguno, mantenía en condiciones perfectas el papel y el lápiz, y por ende, la arquitectura desde el año 1957: el archivo número siete, una rupestre planera horizontal que guarda el proyecto de la Torre Principal de la Zona Rental, que por Dios sabe qué celestiales designios se mantuvo fuera de la trayectoria de las goteras y otros males durante casi medio siglo a pesar de su anchísimo cuerpo metálico.

Las superficies inmaculadas de los planos despedían un perfume de túnel del tiempo al develar su contenido prodigioso. Sólo un milagro, una explicación paranormal, quizás la epifanía de un alma inquieta que no se resigna desde las alturas a aceptar las malas intenciones de los hombres que quieren obrar sin memoria sobre la Tierra, podría explicar este fenómeno de conservación impecable de seiscientos veintidós planos contra viento y marea.

Los haberes del archivo eran vastos. Sin lagunas. Las fachadas, plantas y cortes eran tan grandes que habían sido dibujados por mitades para narrar completos todos sus esplendores, más todas las puertas y ventanas en exactos cuadros, detalles que florecían junto a la firma floral inconfundible de Villanueva, largas listas de acabados que no dejaban lugar a dudas ni para un centímetro cuadrado. En total, setenta y siete planos de arquitectura más que acotados.

Los trescientos ochenta y tres planos de estructura, exquisitamente calculados, eran el retrato fiel de fundaciones que ya están más que fundadas, moteadas de columnas numeradas, pantallas laterales, cajas de ascensores, losas, vigas y escaleras.

No faltaron tampoco los planos de instalaciones sanitarias, sesenta y siete, con plantas, diagramas y detalles, y sesenta y tres de instalaciones eléctricas, con las canalizaciones de piso, techo, señales y tomacorrientes y todas las especificaciones de alumbrado. En aire acondicionado (plantas, cortes, detalles) había treinta planos, más dos planos generales de conjunto y de replanteo. Para rematar, elegantes pasamanos dobles de madera
de nogal, dramáticos tragaluces de angular perfilería, ábacos solares para todas las posiciones imaginables de los quiebrasoles y una que otra deliciosa luminaria... Más que suficiente para un proyecto completo.

Pero era el invierno. La Planoteca, ciudad universitaria de papel, resistía al descampado. El techo parecía a punto de ceder. Tomé entre mis brazos una copia de uno de los detalles más hermosos del proyecto de la Torre Rental, y salí corriendo hasta aquí para probarles que hoy es más que nunca posible construirla.




Casa de la Hacienda Ibarra. Ciudad Universitaria de Caracas.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 27 de Julio de 1998.






viernes, 21 de septiembre de 2007

Plea: para salvar la ciudad histórica y el sitio arqueológico de Ibarra

Ciudad Universitaria de Caracas. Carlos Raúl Villanueva (1950s) (f. www.viejasfotosactuales.org).








1. Rive Gauche

Parece haber una predilección urbana histórica de ciertas civilizaciones por las riberas izquierdas de los ríos para fundar sus ciudades universitarias. Luego de largos períodos oscuros en los cuales en estas culturas los centros de estudios eran encerrados en aislados claustros cercanos a las catedrales (para llevar una vida latente de sumiso recogimiento apatiado) se tendió a verificar una “urbanización” de los estudios superiores. “La ciudad”, escribió Renato Airoldi en un artículo de la revista Casabella, “se vuelve la verdadera y eficaz sede universitaria”. La universidad se convierte en ciudad.1


Esta “urbanización de la universidad” generalmente se da en una porción de la ciudad que se califica y aglutina para servir como lugar de estudio, recalificándose los edificios y los espacios con las funciones institucionales agregadas, pero puede también ocurrir en favorables terrenos extramuros, donde la universidad-huésped, al no encontrar una ciudad como tal, la inventa. El primero es el caso de París en el siglo doce, con todos las decenas de colegios universitarios ocupando hôtels particuliers que se aglutinan en torno a viejas abadías, como la de Cluny (1154); el segundo es el de Caracas en el siglo veinte, que imagina ex-nuovo un asentamiento universitario y lo “funda” al sur del Guaire, donde facultades y escuelas irán a comportarse siguiendo las leyes de un tipo de ciudad, funcionando de acuerdo a un modelo urbano predeterminado, viviendo un particular ideal elegido de vida citadina.

2. Como Sant’Ivo
Ya desde el primer germen de ciudad universitaria que se recuerde, inscrito aún sin saberlo dentro del claustro de la Abadía de Fontenay en Francia en 1119, pasando por los avatares sucesivos de colegios de morfología clásica, campus ingleses de derivación monástica, “pallazi della sapienza” al estilo de Borromini, etcétera, la organización del conocimiento humano se sublimará a medida que se acerque más a la organización formal, espacial y funcional del símil urbano. La estructura universitaria, consolidada en tan noble sede, amplía sus tipologías arquitectónicas emparentándose con las tipologías urbanas: los Alma Mater se empiezan a llamar “archigimnasios”, los claustros se mutan en palacios urbanos; capillas, pabellones y monumentos de toda índole se suman al programa, las aulas quieren ora simular capillas laterales ora estancias de una fortificación, florecen los huertos botánicos adosados a las academias, los campos se vuelven plazas... Sobra decir que en cuanto aparece una universidad que se traspone dentro de una ciudad de nueva planta, el trasvestismo tipológico estalla ferozmente en una multitud de nuevas formas e inventos académicos, y el resultado es que una ciudad moderna universitaria puede volverse histórica... ¡por lo inédito de su propuesta tipológica! 

3. Arqueología urbana moderna
Habría, entonces, que enumerar todas las invenciones de la Ciudad Universitaria de Caracas (UCV) como quien describe el perfil de un sitio arqueológico y con el espíritu de quien desentierra una ciudad histórica: porque representan un modo único de entender una forma cultural; una universidad moderna anclada en su era y a la vez anclada en la saga de las formas universitarias de la historia. En este sentido, todas las partes urbanas representadas en el proyecto se hacen tan indispensables como las piezas recién excavadas de un templo. Son sus ineludibles horizontes culturales. 

La UCV haría las delicias de un arqueólogo. En ella, el tipo del edificio aislado y el resultante protagonismo formal de las facultades tienen algo de esfinge; el complejo balance entre el detallado brutalista de las arquitecturas y la profusión ornamental que producen las artes integradas tiene algo de prometedor jeroglífico; los resabios monumentales del conjunto principal del rectorado como otra ciudad que asciende desde el pasado tienen algo de oculto; la manera onírica de trazar la “trama” vial y peatonal con su híbrida fluidez expedita y paseo vivencial a la vez tiene algo de hermético; el lenguaje de lo público secuencial habitado de vegetación tienen algo de babilónico; la inclusión libérrima del huerto, de las modalidades modernas del gimnasio, abiertas y cerradas y, para saldar el filón futurístico del ideario urbano moderno, la ciudad satélite con las nuevas tipologías del universo rental en una ciudad moderna: la torre inmensa y el gigantesco centro de convenciones, tienen, en fin, algo de históricamente único.

La UNESCO cuenta en sus ediciones con una colección llamada “El Patrimonio de la humanidad”. Con la excepción del caso moderno de Brasilia, allí todo son polvorientas, lejanas, antiquísimas joyas de la historia urbana y arquitectónica, a punto de desvanecerse en el aire. La isla misteriosa de Gorée; la ciudad histórica de Nara y su templo de Todaiji, que alberga la figura en bronce de Buddha más grande del mundo; o la ciudad de Taxila; el sitio arqueológico de Pagan; la antigua biblioteca de Alejandría; la viejas ciudades amuralladas de San’a’ o de Shibam; todo el cuerpo rocoso de la arquitectura sherpa; los templos y tumbas de la antigua Nubia, como Abu Simbel o Philae; las antiguas capitales búlgaras Pliska, Preslav y Tirnovo; el monumento de Chandi Borobudur; las ciudades árabes del Magreb o la ciudad púnica, romana y bizantina de Cartago... nombres fantasmagóricos y solemnes, todos amenazados de extinción definitiva. El listado es descomunal y dispar, pero guarda una gran preocupación en común: la de que si estas obras monumentales no hubieran sido protegidas, ya habrían desaparecido de la faz de la tierra. 

4. Plea
¿Qué amenazas, qué plagas, qué peligros, acechaban a estas joyas? ¿A cuáles emergencias aludieron sus deudos inmediatos para lograr conmover el corazón del mundo y llegar a subir el escaño y merecer un lugar en el panteón supremo de la humanidad? ¿Al paso destructor de las guerras, al acoso de plagas irreductibles, a hordas invasoras, a los saqueos por centurias, a los robos irrestrictos y continuos, al embate corroedor del tiempo?

El que un monumento sea moderno no lo deja menos al descubierto. En el sitio arqueológico de Ibarra, medio sepultado bajo profundas capas de escombros e inmundicie, yace otra inmensa ciudad histórica: una ciudad universitaria moderna, del período esplendente del gobierno de las ideas revolucionarias en la cultura contemporánea del reino de Latinoamérica. Sus titanes están derrumbándose, sus tesoros estan siendo saqueados, su perfil está siendo borrado. ¿De todos los peligros nombrados, habrá uno más amenazante? Sí: las mismas autoridades locales, quienes se cuestionan simplemente si vale la pena protegerla o no (1998). Alguna de ellas incluso creen que algunas partes de la ciudad histórica pueden ser “mejores que otras”, cuando sabemos que sólo rescatando la totalidad del sitio arqueológico y todas sus partes esenciales podemos preservar su naturaleza original y su verdad histórica. 

Señores de la UNESCO: la ciudad histórica de los cincuenta en el sitio arqueológico de Ibarra se derrumba con mayor velocidad que el sitio de Cartago. Para salvarla, la población local contemporánea se declara impotente. Necesitamos del apoyo de toda la Humanidad.


La Universidad Central de Venezuela, Caracas (f. www.viejasfotosactuales.org).





NOTAS
1. Renato Airoldi. "Universidad: notas sobre la evolución de las tipologías edilicias y de su relación con la ciudad", Casabella, 423, 1977.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 6 de Julio de 1998.


¿MoM(i)A?


Ampliación del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Fachada sobre la Calle 54. Yoshio Taniguchi (f. © 2005 Timothy Hursley).




Los arquitectos hemos vuelto a adquirir la costumbre de vestirnos de negro. El éxito de este nihilista uniforme ha radicado siempre en la directa trasmisión de su mensaje: “Yo soy el arte”. Su inmediata obtención de la elegancia es tal que todos conocemos con qué furor lo ha abrazado la moda. De negro. Es parte del dogma.

Hemos hecho acto de contrición: volvemos a ser modernos. No importa si nuestras propuestas son débiles, si nuestros edificios son inextricables, si nuestras ciudades desaparecen por nuestra causa: debemos “lucir” como la vanguardia y nos cubrimos de un plumaje de cuervos agoreros. El origen de este fenómeno fue explicado insuperablemente por Tom Wolfe en dos libros extraordinarios, The Painted Word, de 1975, y From Bauhaus to Our House, de 1981, en los que cuenta cómo se inició el proceso de transferencia entre una arquitectura y un arte desnudos, impersonales y altamente abstractos, y la civilización a la que servían, y de cómo el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) se convirtió, desde entonces, en el templo máximo de la “nueva religión”: el Sancta Sanctorum de los “ensotanados”.1.2.

La predilección por las abstractas vanguardias europeas marcó al museo. Todos sabemos cuánto tiempo pasó antes de que se le hiciera una retrospectiva a Frank Lloyd Wright, el más grande arquitecto americano. Hoy vemos repetirse esta purista actitud de desprecio cultural. En tiempos en que el Pritzker Prize llega a la Casa Blanca para ser otorgado a Renzo Piano (“¡Oh, anatema!”, exclamaría Wolfe), sutil artífice de las transparencias comprometidas con el contexto y la tecnología, vemos cómo la institución, por su parte, adelanta su empresa de mayor envergadura dentro de la saga que dilucidara Wolfe: va a construir su ampliación (1998). Todo el proceso del concurso internacional se mantiene dentro de los márgenes de lo que oficialmente se considera “de vanguardia” -por no decir seguro-, afanándose básicamente por proyectar una imagen “chic” (“Drop-dead elegant”, según The New York Times).

Uno se detiene ante la exposición “Repensando lo moderno: tres posiciones para el Museo de Arte Moderno”, boquiabierto. En la maqueta del proyecto ganador, del desconocido arquitecto japonés Yoshio Taniguchi, se puede apreciar cómo éste, para hacer las nuevas galerías de exhibición, demuele olímpicamente dos brownstones y el ultra-neoyorquino Hotel Dorset, todos edificios de noble arquitectura local e irrepetible.

No contento con acabar con un buen porcentaje de la armónica Calle 54, ya hace tiempo decretada Monumento Histórico por la New York Landmarks Commission, Taniguchi recubre de piedra negra los dos largos bloques que contendrán el jardín de esculturas de Phillip Johnson de 1952, un poco a lo restaurante de sushi o, mejor, como un nuevo “Whitney-On-The-Block”,
cuadriculadamente negro. El dice que aún le falta “imaginar el detallado”, pero nosotros sabemos que no hay detallado que enmascare una bobería.

Se preguntaba Wolfe en el año 81: “Oh bellos, cielos espaciosos, ondas granadas de ámbar, ¿ha existido jamás otro lugar sobre la tierra donde tánta gente de dinero y poder haya pagado y aguantado tánta arquitectura que detesta, como hoy en día dentro de vuestros benditos límites?”. Yo le diría que sí: Nueva York, pero en el año 98. Puede que internamente se hayan logrado significativas mejoras en el funcionamiento, pero la actitud sobre la cuadra de Taniguchi -con un muy apropiado nombre de mascota virtual- y del propio MoMA es tan inconteniblemente barbárica como lo fueron las de los proyectos modernos que destruían urbes en los años sesenta.

El MoMA, antes que propulsar una expresión de lo verdaderamente contemporáneo, como sí lo son, por ejemplo, los hermosos “procesos transparentes” de Renzo Piano, está anquilosado en una imagen del pasado. Del pasado moderno. Aún más, al premiar este diseño se acerca más al abominable Whitney, destructor de Books & Co. y de la vida cultural de su vecindario, que a la infalible e impecable institución que, en 1939, contrató a los dos más idóneos arquitectos, Phillip Goodwin y Edward Durrell Stone, para que construyeran un museo modelo, hoy propuesto por Taniguchi como patio de fondo.


Luis Fernández-Galiano escribió en El País que con el ganador de este año el Pritzker merece más la consideración de “Nobel de la Arquitectura”, porque “además de premiar la imaginación técnica y la destreza constructiva, también eleva el anonimato coral de una arquitectura que rehúsa el protagonismo narcisista”. Todo ésto es claramente irreconciliable con la actitud asumida por el “templo”, que pidió sesenta y cinco millones de dólares a su ciudad para luego destruirle dos calles con una pretenciosa operación estética. 

Hay modernidades de modernidades. Mas la nueva vanguardia consiste en el arte de esgrimir, no el traje del emperador, sino, como dijo Richard Ingersoll, un “respeto estilístico por el lugar”. Hay que “recuperar la complejidad de los lugares urbanos”, afirma el nuevo Pritzker. La ciudad en el próximo siglo no se banalizará. ¿Habrá aún tiempo para que el MoM(i)A lo entienda?




"Por muchos años, el aviso de Hotel Dorset se veía desde el patio de esculturas del Museo de Arte Moderno".



NOTAS
1. Tom Wolfe. The Painted Word, 1975.
2. T. Wolfe. From Bauhaus to Our House, 1981.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 4 de Mayo de 1998; arqa.com,
http://1999.arqa.com/columnas/hanniag4.htm