domingo, 18 de abril de 2010

La marcha de la gloria

El Castillo de Monte-Cristo, la residencia construida por Alejandro Dumas en 1846.






1. La vigilia
Durante la observación respetuosa del paro y de las manifestaciones de los últimos días (2002), concurrimos también -en espíritu, al menos-, desde esta ciudad de Caracas a otra marcha gloriosa, celebrada esta vez en la ciudad de París: la que acompañó el traslado al Panteón, donde Francia venera a sus grandes figuras, de las cenizas del novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas (1802-1970), en la celebración de su bicentenario.

Los restos salieron del Cementerio de Villers-Cotterets (Picardía) en una larga ceremonia que gracias a la Asociación de Amigos de Dumas se convirtió en una verdadera puesta en escena, ya que incluyó en su recorrido una teatral vigilia realizada en el Castillo de Monte-Cristo (situado en Port-Marly, a veinte kilómetros de París), antes de proseguir el traslado hasta el Panteón por el Sena. Los marchantes iban armados de principio a fin de los libros favoritos del autor, de los que fueron ejecutando recitales durante todo el trayecto.

Tan apasionante y pacífica expresión callejera en lugares tan distantes fue un dulce consuelo en estos días, sobre todo cuando, acicateados por la curiosidad, nos lanzamos a la relectura del Conde de Montecristo intentando buscar más noticias sobre la fortaleza personal de Dumas, el físicamente real Castillo de Monte-Cristo, construido por el escritor-vuelto-arquitecto en 1846.

II. El Castillo d’If
En la novela hay trazos del legendario edificio en los capítulos ocho (“El Castillo d’If”) y veinte (“El cementerio del Castillo d’If”). Si Dumas había llegado a confeccionarse para sí esta construcción que “materializa las creaciones ideales de Las Mil y una Noches, tan espléndida, apabullante, original y rica es” (Léon Gozlan. L'Almanach comique, 1848), lo interesante sería saber cuánto de aquella primera y tenebrosa imagen pasó luego a ser arquitectura…

El castillo es divisado por primera vez por Edmundo Dantés desde el mar, en la distancia: “Dantés se levantó y miró al frente, y vió elevarse a unos doscientos metros la negra y crispada roca sobre la que se eleva el Castillo d’If, la sombría fortaleza, que por más de trescientos años ha alimentado tantas salvajes leyendas…” Otro tanto ocurrirá luego en el domaine de Monte-Cristo, cuando el edificio es avistado desde la Avenida Presidente Kennedy de Port-Marly, en medio su agreste parque a la inglesa. Observando el castillo real, éste también luce como una gran roca: su masa cúbica de piedra es una sola, y no está articulado, dando la impresión de haber sido colocado como una pieza exquisita en medio del parque, impresión que le llevó una vez a escribir a Honoré de Balzac que el castillo de Dumas era “la más real bombonera que existe” (Lettres à l'Etrangère).

El Castillo d’If tiene "buenas y gruesos muros” y un “patio rodeado de altas paredes”. La celda queda “casi bajo tierra”, lo que nos habla de sótanos, y “varios torreones”. Consecuentemente, vemos cómo el de Monte-Cristo enfatiza en sus temas justamente los torreones: desde lejos, son las dos torres coronadas con domos en foma de bulbo recubiertos de pizarra gris y las linternas con pilastras lo que caracteriza su arquitectura. El jardín, en este caso veinte hectáreas cuidadosamente diseñadas por el propio Dumas, quien lo ve como“una reducción del paraíso terrenal”, asemejan el vasto océano que rodeaba la isla en el texto original. De hecho, en un sitio predilecto de la propiedad, al que bautizará “La isla”, el autor construye una segunda follie en medio de un pequeño lago, y en ella, accediendo por un puente levadizo, un curioso pabellón para escribir al que titula “Castillo d’If”.

En este gabinete, las habitaciones son minúsculas, el estilo, neogótico, pura expresión del estilo Trovador, y sobre las piedras de los muros grabó en rojo los títulos de ochenta y ocho de sus obras. Animando los bajorrelieves de las fachadas, todo un universo literario se expresa. Aquí, Edmundo Dantès descubre su tesoro, allá, el monje con el asno de La dama de Montsoreau aparece bajo una ventana, y arriba, sobre la torreta, aparece el Duque de Guise de Henri III.

III. Dumas arquitecto
Gracias a la fortuna provista por el apabullante éxito editorial de Los Tres Mosqueteros, el escritor decide, en 1844, construir la casa de sus sueños. Ese año emprende la obra del castillo, que será, según Balzac, “más bello que la Villa Pamphilii”. Así le habla a Hippolyte Durand, el hombre que más que su arquitecto se convierte en el mero ejecutor de sus proyectos: “Va usted, aquí mismo, a trazar un parque inglés en medio del cual quiero un castillo Renacimiento, frente a un 'castel' gótico rodeado de agua. Como hay muchas fuentes, usted me hará varias cascadas”. Lo mismo ocurre con las legiones de decoradores y escultores que tratarán de seguir las órdenes de un proprietario cuyos proyectos evolucionan según su imaginación. Así, lo imaginario se vuelve realidad palpable.

Sobre la reja de hierro, igual que sobre las cubiertas, se pueden ver las iniciales “AD”. Mezcla de estilo Renacimiento, de rococó y de gótico, sobre las fachadas del castillo, Dumas pondrá bajorrelieves, ramos y rosetones. Sobre las ventanas hace colocar medallones con las caras de Homero, Virgilio, Esquilo, Sófocles, Terencio, Dante, Shakespeare, Lope de Vega, Corneille, Racine, Molière, Goethe, Schiller, Walter Scott, Byron… y de sí mismo, en una máscara enmarcada por dos arpías. En la parte alta de la fachada principal coloca esculturas de sus ancestros mulatos del Caribe, los Davy de la Pailleterie, al igual que su escudo de armas y su divisa: "J'aime qui m'aime" (“Amo a quien me ame”).

El Castillo de Monte-Cristo logró que Alejandro Dumas se arruinara, pero también que forzara su imaginación dentro de la razón arquitectónica. En la propiedad, hoy completamente restaurada, queda la atmósfera de su obra novelística tal y como el escritor la diseñó. Cuenta un testigo que al preguntársele:

- “Monsieur Dumas, ¿dónde sembraremos el parque?”
Y contestó el nuevo y glorioso huésped del Panteón de Soufflot:
- “Aquí, mi estimado amigo”.
- “Mas, ¿quién lo diseñará?”
- “Yo, mon cher. Este será mi parque literario”.


"J'aime qui m'aime" , divisa de Alexandre Dumas. Château de Monte-Cristo.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Lunes 9 de dicembre de 2002.




sábado, 17 de abril de 2010

Plazas políticas

La Plaza de Los Palos Grandes (f. Febrero 2001, Estrellita_2009. Tomada de skyscrapercity.com)



 
         
Esta semana (2002) tuve la suerte de contarle la historia urbana de Caracas a un grupo de estudiantes de varios liceos del centro de Caracas gracias a una amable invitación que me hiciera la Casa de Bello. Luego de habernos paseado por las muchas imágenes de las arquitecturas caraqueñas, yendo de los monumentos a las casas, de los parques a las plazas, de los puentes a los templos y por las decenas de tipologías que éstos representan, y luego de haberles intentado explicar cómo fue el proceso de crecimiento de esta ciudad, una de las niñas de la primera fila se me acercó y me hizo esta pregunta:

-“Profesora, ¿Usted me podría explicar porqué en el centro de Caracas hay tántas iglesias?”

Yo, que me había propuesto llevarles un mensaje optimista y positivo a aquellos niños habitantes del devastado Centro Histórico, intentando rescatar su orgullo por el abandonado, depauperado, despreciado corazón urbano en donde estudian y su vida transcurre, me dí cuenta de cuán lejos ha llegado la amnesia de los caraqueños sobre cómo funciona una ciudad urbanamente saludable. Si aquella niña, habitante del centro, verdadera millonaria en plazas, iglesias y armónica arquitectura urbana de la mejor con que cuenta Caracas -por más inmunda que se encuentre en este tenebroso momento de su historia- no entendía las razones y las bondades de la densidad y el aglomeramiento, qué les quedaría al resto de los ciudadanos, que viven lejos de toda noticias de ciudad en unos territorios urbanos cada vez más desabridos, desarticulados e incoherentes.

-“Fíjate”, le dije, “¿recuerdas cuando hablamos de la fundación de Caracas, y que en torno a la Plaza Mayor, gracias a las Ordenanzas de Población descritas en las Leyes de Indias, se colocaron Iglesia y Ayuntamiento, a fin de que esa primera parroquia estuvieran bien asistida de todos los servicios y funciones? Pues bien, cuando la población parroquial creció más allá del límite numérico que decía la ley, la misma ley obligaba a fundar una nueva plaza, con una nueva iglesia y un nuevo ayuntamiento. Así, sucesivamente, se fueron mutiplicando las plazas y fundando las nuevas parroquias de Caracas, siempre de un número limitado de habitantes, para que todos tuvieran espacio público y servicios proporcionales a sus necesidades. Por éso hay tántas iglesias y por éso existieron también tántas plazas: porque no se debe crecer demasiado en la ciudad sin que existan espacios públicos para la expresión, el solaz, el placer y el esparcimiento urbano de los ciudadanos”.

Algo que luce tan natural, es bien sabido que en Caracas hace tiempo se olvidó: las parroquias pueden llegar a tener hasta un millón de habitantes y uno puede cansarse de caminar y caminar hasta lograr finalmente llegar a un nuevo espacio público. Las plazas de la ciudad hace demasiado tiempo que son las mismas de siempre. Aunque la ciudad haya crecido tánto, no hay nada que se le parezca a un nuevo espacio urbano para acompañarla en ese crecimiento. Las únicas nuevas “plazas” de las que se tiene noticia son las que designan a los suburbanos edificios residenciales o a los huecos infernales de los centros comerciales: el nombre “plaza” es usado vilmente para engañarnos prometiendo falsas calidades de paz o armonía urbana; y como el nombre, con sus reverberaciones sonoras, persiste en seducirnos, ello es vulgarmente utilizado para disfrazar a sus más tristes antípodas urbanas y arquitectónicas.

Pero, y ¿qué de las plazas de carne y hueso? ¿Qué de las de verdad? Abandonadas a su suerte, se han visto sembradas cada día más de los obstáculos más diversos que impiden su uso abierto: son el receptáculo preferido para todas las improvisaciones que se quieran inventar. Algo tan simple como las plazas han devenido el basurero municipal donde se acumulan tanquillas y casetas, y lo que es peor, nuestra desmemoria hace que a quienes se las encargan los pocos nuevos proyectos de plazas, generalmente lo que hacen es descargar toda su incontinencia constructiva en dichos proyectos, quedando como resultado al final unas plazas que no son plazas, plagadas de macro materas, macro rampas, macro brocales, macro pérgolas, macro bancos o macro escalones que se comen el espacio libre y se tragan una cantidad de dinero que así se ha perdido.

En estos días, en que los acontecimientos políticos han hecho que los caraqueños hayan “redescubierto” la calle, como se dice, es bueno que más allá de la conciencia de pertenecer a cualquier bando todos, como ciudadanos que somos aprovechemos para reaprender la lección urbana de las plazas, a ver si reempezamos a hacer algunas nuevas y a arreglar dignamente las que existen. Observemos y reconozcamos con justicia el valor que tienen unas plazas bien adecuadas y construidas con todas las de la ley (ley urbana, se entiende) para expresarnos políticamente, para desahogarnos, para oir a alguien u oirnos todos a la vez. Nadie pensaría jamás en irse a unas de esas “plazas” de los centros comerciales para un mítin o una vigilia, ni tampoco a nadie se le ocurriría escoger para estos fines esas plazas pobladas de obstáculos donde congregarse o descansar es imposible, o a esas otras mal llamadas “plazas” que lo que son es residuos abandonados del trazado vial que quedaron relegados y alguien les inventó por azar una estatua y un nombre. Todos se van a las plazas que sí son plazas como Dios manda.

Esa Plaza Altamira, esa Plaza O’Leary y hasta esa Plaza Caracas (que no era plaza originalmente en el proyecto del Centro Simón Bolívar, pero que salió bien aunque sea por carambola), son las arenas exitosas de nuestra vida política. Las podemos “usar” y “funcionan” bien porque cuentan con todos los elementos que hacen un espacio público: los rodea buena arquitectura, hay una armonía de alturas en todo su borde urbano, hay un pavimento contínuo y un espacio abierto de escala importante, son límpidos y sin interrupciones. Y eso no es gratuito. Se le llama buen diseño urbano y puede alcanzarse mediante un buen proyecto. Y si esa nobleza del espacio abierto confiere dignidad, solemnidad y efecto a nuestra vida política, mas nos valdría aprender la lección que hoy nos está recordando Caracas con sus grandiosas plazas políticas.


Plaza O`Leary (Postal. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana.





 

Publicado en: Arquitectura, El NACIONAL, Caracas, Lunes 11 de Enero de 2002.



Directo al corazón

La Torre Pirelli (urbanity.es

 

  
De todos los edificios que hiciera Gio Ponti en Italia, es la Torre Pirelli (Milán, 1956), impactada fatídicamente el jueves pasado (2002) por una avioneta, la que más se conecta con la historia de la arquitectura moderna venezolana. Esta vez, el recuerdo del atentado del 11 de Septiembre contra las Torres gemelas, nos hizo por un momento entrar en pánico y temer la caída de éste rascacielos también, aún cuando fuera evidente que la magnitud del impacto y las características estructurales del edificio no lo hubieran permitido.

De todas maneras, a primera vista lucía muy sospechosa tánta puntería para clavarse justo en el medio del pecho a altura del piso 25, 26 y 27 frente frente a la Piazza del Duca d’Aosta, en el centro de Milán, a su vez, capital financiera de Italia. Por más de que se clame a los gritos de Mayday del siniestrado piloto, ya uno no sabe a qué atenerse hoy en día…vemos tántas cosas. Sin duda que es muy extraño, aunque en el momento que escribo esta columna ya las autoridades estaban dejado de lado la tesis del atentado terrorista, y estaban hablando del supuesto suicidio de un piloto de cierta edad, de suma pericia y de elevadas deudas.

En todo caso, ver a la hermosa torre pontiana acribillada, el “Pirellone” –como la llaman los milaneses- defenestrada, la lámina de vidrio contínua de 130 metros de altura de la que Ponti estaba tan orgulloso, vuelta añicos (los escombros y el impacto llegaron a atravesar el edificio y salir por la otra fachada, la norte), la escultural estructura concebida junto a Pier Luigi Nervi puesta a prueba justo cuando la torre está por cumplir medio siglo de gallarda presencia contra el cielo de la ciudad lombarda, nos ha dejado más que tristes.

Ponti, y su Studio Ponti, Fornaroli & Roselli, entró a diseñar la Torre Pirelli justo cuando venía de diseñar y estaba a punto de inaugurar la Villa Planchart (Diciembre, 1957) en Caracas. Ambos edificios comparten las mismas aspiraciones formales y teóricas de este punto en la vida del arquitecto, que hacia los años cincuenta deseaba expresar la “virtud meditativa y el deseo tenaz por la perfección formal, estructural del diseño”. En el Pirelli ésto se lograría mediante una sola palabra: exactitud. Es con el refinamiento de la expresión estructural del edificio que alcanzó su primordial importancia en la historia de la arquitectura. Cincuenta años después, sigue siendo el edificio más emblemático de Milán.

Es la Torre Pirelli un rascacielos limpio, radiante, que hace caso omiso de aquella máxima pontiana “la arquitectura es un cristal”.2 Tallado como un diamante, con una planta también en forma de diamante que alberga el famoso corredor que se adelgaza hacia los extremos, esta torre es, tal como lo calificara el mismo Ponti, sumamente “audaz y hermosa”, e influyente. Su volumen se parte en dos secciones: una hacia el frente, hacia la plaza, donde está la estación ferroviaria central y el centro de negocios de la ciudad, y otra hacia atrás, ubicando, como era típicamente pontiano y ocurre también en la Villa Planchart, los servicios (núcleos de ascensores y aseos) hacia la parte trasera, dejando libre a la arquitectura para que las plantas disfruten de las mejores vistas. Este hecho, unido a la fuerza que confiere a la estructura de concreto el núcleo de ascensores, contuvo al accidente a ir a mayores, ya que la avioneta no logró pasar de allí.

Dos largas ranuras verticales fueron practicadas en los cantos de la torre, enfatizando la liviandad de los planos de vidrio y concreto de las dos fachadas principales, aperturas que también están presentes en la Villa Planchart en las logias/balcones este y oeste mediante un recurso algo distinto de oradación de los planos laterales. También en la VillaPlanchart reconocemos el gran techo que remata la torre, esa alada visera de concreto que tánto ha influenciado a los arquitectos venezolanos en todas las décadas subsiguientes del siglo pasado y de éste. Ambos edificios hermanos, se adornan con un parecido y refinado sistema de valoración nocturna de sus arquitecturas, de una iluminación escondida que marca sus líneas.

La torre de concreto fue hecha para resistir el tiempo y el movimiento. Fue notoria la difusión en las revistas de arquitectura de la época del corte transversal del edificio, donde se apreciaban la mole de las tres filas de columnas que se adelgazaban hasta tocar la visera final, y los refuerzos horizontales de las placas. Dice Ugo La Pietra en su libro Gio Ponti que “uno de los problemas técnicos a ser resueltos fue cómo insertar elementos rígidos, como los paneles de la fachada y los paneles de las paredes móviles (en las oficinas), en una estructura de concreto reforzado sometida a oscilaciones elásticas”.3 Nadie se imagiba hasta dónde podría llegar los extremos de esa oscilación brutal en un trágico instante. El problema se resolvió fijando los paneles de vidrio de la fachada con una conexión del tipo “bloque silente”, que permite el movimiento independiente de todos los elementos. Esto es lo que nos hace ver cómo la fachada en el perímetro del boquete parezca incólume, limpia, apesar del destrozo absoluto a pocos centímetros.

“La forma finita”, escribía Ponti, “es decir, la composición, se enfrenta al infinito ritmo de las elementos repetitivos”.4 Era su deseo extremar la inventiva estructural como soporte de una nueva, genuina forma arquitectónica, “lejana de cualquier rutina estructural”. Esta búsqueda suya por la solidez constructiva, por la incorruptibilidad de los materiales, por luchar contra la falta de expresividad arquitectónica, debía “transportar el edificio a un plano poético”.5 Poética, sin duda que es hoy más que nunca la Pirelli, resistiendo con su arquitectura exacta el embate del tiempo, del conflicto y de la fatalidad.



La fachada de la Torre Pirelli tras el siniestro.




NOTAS
1. Leon Battista Alberti. De Re Aedificatoria.
2. Gio Ponti. Amate l'architettura.
3. Ugo La Pietra. Gio Ponti, Rizzoli.
4. G. Ponti. Op. Cit.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Lunes 22 de Abril de 2002. 






viernes, 26 de marzo de 2010

Entre el bien y el "mall"

La calle nunca podrá ser reemplazada.




                             
Las recientes discusiones en Caracas (2002) sobre el asunto de la avalancha de malls que se nos viene encima, me recordó una escena de la película Amélie.1 En ella, el pretendiente de la protagonista es interpelado por una amiga. El interrogatorio consistía en que ella dijera cómo terminan una larga lista de refranes (“No hay mal ¿que por bien…?”, “Más vale pájaro en mano ¿que…?”), asegurándole que “todo aquél que conoce bien la refranología no puede ser una mala persona”.

"Los arquitectos refraneros", pensé, "pues tienen aquí un nuevo chance". Manejando tan bien como manejan los refranes de resabios urbanos, han de ser generalmente siempre excelentes personas... más allá del bien y del “mall”. Basta recordar ese refrán tan en boga hoy en día en la discusión urbana y arquitectónica que valida infinitas propuestas de vanguardia: “Si no puedes contra ellos…” No importa cuáles sean los problemas, ni qué significa en la ciudad contemporánea “unírseles” definitivamente.

El mejor ejemplo de esta extensiva práctica es el arquitecto holandés Rem Koolhaas (a quien de ahora en adelante nos referiremos como “Rem”). Rem es, como ustedes saben, el más dilecto de los pretendientes del planeta para todo proyecto en ciernes, para toda situación urbana aún no catalogada, para toda mutación en busca de un arquitecto. Como buen candidato para nuevos proyectos, es un hábil manipulador de refranes, sobre todo si proclaman como en el refrán que hemos citado anteriormente que, ya que no podemos con la suburbia, ya que no podemos con el caos, ya que no podemos con el Urban Sprawl ni con los centros comerciales, entonces, ¡únamonos a ellos!

Así, un nuevo best-seller suyo ha aparecido para propagar la palabra. La palabra de Rem. Producto del gran-espectáculo-mediático-de-masas que viene organizando desde hace un buen tiempo en la Escuela de Arquitectura de Harvard, Ma. -de hecho ya totalmente suya- con el nombre de “Harvard Project on the City”; un ambicioso taller que inicialmente llamábase Proyecto sobre lo que Era una Ciudad, pero cuyo nombre fue cambiado por ser demasiado hiriente.

El reciente proyecto editorial, numerado “2”, se titula Harvard Design School Guide to Shopping y nos ilumina definitivamente sobre qué hacer con la marea de construcciones comerciales y con las embarazosas tipologías que están llegando a las ciudades de vuelta de las suburbias.2 Esos monstruos del campo, que invaden el paisaje urbano del siglo XXI bajo las formas omnívoras de los hipermercados y de los malls de nueva planta. El nuevo ladrillo de Rem, negro esta vez (se ha empeñado en sacar uno por año), trata de "captar y descrifar las actuales mutaciones a fin de desarrollar una nuevo marco conceptual y un vocabulario para fenómenos que ya no pueden ser descritos con las categorías tradicionales de la arquitectura, del paisaje y del planeamiento urbano”. El proyecto actual investiga el impacto del comercio en la ciudad dentro del proceso de globalización. La visión es exactamente la del refrán.

Paul Goldberger, en su prestigiosa columna The Sky Line de la revista The New Yorker del pasado 28 de Marzo de 2002, titulada “Emporios High-Tech”, husmeaba en esta sospechosa crítica-homenaje a los paradigmas del comercio de la era de la tecnología.3 “Koolhaas”, decía sonriendo, “tiene buenos instintos de marketing”. Goldberger pone en duda sus académicas intenciones, denunciando sozlayadamente lo que a todas luces se ve como una pesca global de agujas azules proyectuales en mares exóticos y de venta sofisticada de nuevas mercancías arquitectónicas (citemos una frase reciente de Rem: “Hay que empezar a vender a la arquitectura junto con las carteras”).

Aclara The Sky Line que “a juzgar por la veneración con que los pronunciamientos de Koolhaas son recibidos, uno podría pensar que él dió con la más reciente hallazgo sobre el paisaje popular desde Venturi”. De hecho, Venturi y Scott Brown (autores del célebre manifiesto urbano Aprendiendo de Las Vegas (1972) son entrevistados en este libro por Rem (“Re-aprendiendo de Las Vegas”).4 Allí proclaman, entre otras menudencias, que la arquitectura ha muerto, para ser reemplazada por las iconografías comerciales del tercer milenio. Brindemos.

Pero éso es tan de Rem. Lo suyo siempre ha sido escandalizarnos, para que, embelezados, sucumbamos en sus brazos. El caso es que siempre ha basado su celebridad, “no en la belleza de sus composiciones sino en el poder de su retórica, adorando vocear sobre lo pasada que está la ciudad tradicional, y sobre la falta de significado que tiene el espacio público en la era de la tecnología”. El sí que se aprendió bien la lección de Las Vegas de 1972, cuando se decía que aprender del paisaje existente es una forma revolucionaria de ser para un arquitecto.

Hoy, cuando su más reciente arenga nos trata de convencer de que el comercio “con sus formas progresivamente predatorias ha infiltrado, colonizado, e incluso hasta reemplazado, casi todos los aspectos de la vida urbana”, quizás podamos defendernos de ella contemplándola sólo como éso: como una fachada magnífica que pretende echarnos el guante para que le permitamos construir ese edificio infinito con aire acondicionado con el que tanto sueña, o algún Reality Mall tipo la Calle Real de Sabana Grande en el mejor espíritu iconográfico-tecnológico de City Walk, Los Angeles.

Y, si “para muestra basta…”, veamos algo del apetitoso contenido de esta sublime trampa arquitectónica: ágoras, mercados, bazares, bolsas, arcadas, tiendas por departamentos, galerías, automercados, shopping malls, Wal Marts, outlets, franquicias, aeropuertos, estaciones, museos, hipermercados, supertiendas, strips; los espacios comerciales Disney; las tiendas por departamentos “de arquitecto”, desde la Carson Pirie Scott de Louis Sullivan (Chicago, 1903) hasta el centro comercial del Friedrichstadt Building (Berlín, 1996) de Jean Nouvel, y, finalmente, las plantas comparadas de todos los malls, tal como hiciera en los años 70 Perspecta (la revista de arquitectura de Yale) con las obras maestras de la arquitectura universal.


Harvard Design School Guide to Shopping (2002).







NOTAS
1. Jean-Pierre Jeunet. Amélie, Canal +, Paris, 2001.
2. Rem Koolhaas, Jeffrey Inaba, Sze Tsung Leong y Judy Chuihua Chung. Harvard Project On the City 2, Taschen, 2001.
3. Paul Goldberger. "High-Tech Emporiums; Prada and Toys R Us have much in common", The Sky Line, The New Yorker, Marzo 28, 2002.
4. Robert Venturi y Denise Scott Brown. Aprendiendo de Las Vegas, 1972.





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Lunes 8 de Abril de 2002. 





sábado, 20 de marzo de 2010

La Calle Real Strikes Back

Renovación urbana en la Calle 42, Nueva York (1990).




1. Broadway
Hay calles que se asemejan. En especial si han cumplido una misma función. Tal es el caso de Broadway y la Calle Real de Sabana Grande. Una era el camino diagonal que partía de New Amsterdam en Manhattan hacia el norte para comunicarla con tierra adentro; la segunda, de la misma guisa, salía del centro para abrirse camino al este entre los hatos y las haciendas, rumbo también al hinterland. Calle de Naciente la llamaron en sus comienzos. Un bello nombre.

Por antigua (dicen que el camino ya lo habían trillado los Toromaymas y los Mariches para visitarse) esta Calle Ancha iba a su aire y geometría zurcando el valle, más o menos paralela al río… Si de la misma suerte que en Nueva York la retícula del casco central se hubiera extendido infinita hacia el este como originalmente se pretendía por todo el valle, la Broadway caraqueña la hubiera cortado azarosa, dejando a su paso en la trama neoyorkinas triangulaciones urbanas tipo Times Square y aristas tipo el Flatiron Building… Mas no fue así, aunque obliga a al Eje Mayor de Caracas a amainar su paso para acusar la presencia rural de una "sabana grande". En este combarse un poco, la calle le rinde tributo sin que nos demos cuenta a sus olvidadas capas urbanas trazadas por carretas, dantas y diligencias.

Por ser sede inmemorial del tránsito y del viaje, ambas calles en su inexacto discurrir lineal, han guardado y detentan exacta vocación de puerto, vaudeville y estación. Por allí transcurrimos como viajeros, a la búsqueda de nuevas experiencias, con cierto vértigo por la aventura inminente, y como marchantes, intercambiando mercancías. Ambas broad ways son así en sus respectivas ciudades sedes urbanas del espectáculo y del comercio.

2. Radio City
La vocación de un lugar marca un destino que lo somete a innumerables renacimientos. La Calle Real de Sabana Grande, de haber estado tan vigente una vez (todo caraqueño tiene una historia en Sabana Grande), no ha dejado -a pesar del deterioro- de ser sentida como el centro comercial, intelectual y de entretenimiento de la ciudad.

Si la decadencia y la caída forman parte del mismo arco urbano, ya estamos remontando de nuevo la cuesta del redescubrimiento. Con la reciente decisión del Cabildo Metropolitano de traspasar este principal recinto urbano a manos de la Alcaldía Metropolitana, estamos a la puerta de su recuperación. Súmesele a ésto que toda el área circundante presiona con sus nuevos centros comerciales y actividades de diversión, con sus tiendas y franquicias y restaurantes temáticos -que hasta ayer soñaban cualquier mall suburbano- pero que ahora aspiran estar cerca de nuestra primera calle porque, digan lo que digan, ésta los sigue atrayendo.

Sabana Grande fue la madre del Centro Comercial Chacaíto, es la madre del Centro Comercial El Recreo y también lo será de los desarrollos comerciales de la Zona Rental Norte. Genius loci, territorio imantado, radioactivo, Radio City.

3. De 42nd. Street a la Calle Real: ¿Un proyecto para Disney Co.?
Con sus buhoneros y su anarquía, su falta de vigilancia y su abandono, sus palacios del cine y tiendas legendarias que a pesar de todo no cierran, la Calle Real se asemeja también a la neoyorkina Calle 42. Tiene su mismo tipo de “Pre-GAP allure”, su misma vocación noctámbula… y hasta su mismo deterioro reciente y perspectivas de cambio total gracias a un Plan Urbano a Corto Plazo.

Hasta hace muy poco (1978) en 42nd. Street había el doble de crímenes callejeros que en cualquier otro lugar de Nueva York. En 1984, el director de la Comisión de Planeamiento de la Ciudad aseguraba que esta era “la calle donde la ciudad perdió el control". Llena de tiendas porno y de mercancías baratas, era un desastre. Mas, como dijo el Chairman de Disney Co. Michael Eisner, “un desastre muy romántico”, y con mucho potencial.

Ese año, la ciudad presentó el “42nd Street Development Project”, cuya tarea era "reclamarle" el área al crimen y a la degradación. Pero lo más interesante de este programa de renovación urbana fue su polémico leimotiv: construir un mall en la ciudad con la ciudad misma. Aunque fue duramente criticado cuando se desarrolló (aún hoy -2002- se siguen inaugurando proyectos), lo que vino después en el mundo, es decir, la sanguijuela en la yugular de las urbes en que se han convertido las grandes superficies, enguyendo la actividad urbana varios kilómetros a la redonda, permite que hoy volvamos a ver con nuevos ojos esta posibilidad que tan disparatada nos parecía entonces, planteada por Robert A.M. Stern.

Es Stern, miembro del board de Disney, quien le cuenta a Eisner sobre el derruido teatro de New Amsterdam y de las calidades urbanas y arquitectónicas de la calle. Para echar el cuento corto, el involucramiento definitivo de Disney y su voto de confianza a la ciudad se convirtió en el turning point de toda el área, alentando a otros inversionistas. Una nueva corporación local, la “New 42nd Street Inc.”, veló por la restauración de los teatros, la incorporación de nuevas atracciones, como vastas salas de cine multiplex, y enarboló la memoria urbana del lugar como el emblema del proyecto. Este buscó recrear el ambiente y los usos de su momento más fulgurante (que en Sabana Grande serían los 50’s y los 60’s). La ciudad se vió en la extraña circunstancia de tener que planear algo que estaba supuesto a lucir como no-planificado.

Y hasta ahora parecen haber tenido éxito, a pesar de los temores de de que la cuadra podría haberse convertido en un Disney World de 270 metros de largo. Pero en en uno que llueve y se moja, donde no hay control climático, donde todo respira. Una calle muy real y no City Walk en Universal City. Los croquis de 42nd. Street muestran una versión repotenciada de sí; viejas y nuevas arquitecturas yuxtapuestas, mezcladas con vallas luminosas que intensifican la memoria colectiva del lugar en los códigos de diseño urbano.

Finalmente,en 1992 los líderes comerciales del área garantizaron que el vecindario se volviera limpio, seguro y acogedor, colocando sus propios trabajadores de limpieza y de seguridad en la calle, y mejorando la iluminación de las aceras. Por cierto, ¿sabían que Disney Co. Latinoamérica tiene su sede actual en Sabana Grande?

4. Living Well is the Best Revenge

Todos queremos que nuestra Calle Real de Sabana Grande se revitalice lo más rápido posible. Nada de mercados de buhoneros. Cuando la calle reviva, habrá trabajo formal para todos: en los cines, en los estacionamientos, en las tiendas, en los cafés, en los hoteles, en los restaurantes, en las boutiques, en las joyerías. Para ganarle a la ofensiva suburbana y a la marginalizante en contra de la ciudad, hemos de contraatacar con la ciudad misma. Como diría Ada Louise Huxtable: “hay que re-inventar Sabana Grande”.
 


Imágenes del 42nd Street Development Project. 




 
Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 25 de Marzo de 2002.


sábado, 13 de marzo de 2010

Fuera de la ley

 Jean Nouvel. Torre Aguas de Barcelona. Barcelona (1999). 




  
Nadie que se llame Chantal podría actuar de otra manera. Ese nombre marca a cualquiera… más si se trata de la curadora jefe del gran arquitecto francés contemporáneo Jean Nouvel, Chantal Béret. En su nombre ya estaba comprendido, ya se anunciaba, todo lo que sería la exposición que organizase en el Centro Georges Pompidou. Chantal.
 
Lo dijo Michel Volkovitch en su libro Verbolario (para el uso de escritores y lectores): “en una página de Du côté de chez Swann, titulada 'Encanto de los nombres', Proust analiza el efecto que producían sobre él ciertos nombres de ciudades: Parma, Vitré, Coutances, Questembert, Pontorson… diciendo: 'el nombre Parma me parece compacto, liso, malva y suave, con su sílaba pesada, donde no circula ningún aire… en cambio, Vitré, cuyo acento agudo lamía de madera negra el vitral antiguo'”.1 Esto también podría ocurrir con los curadores de arquitectura. Sigue Volkovitch: “uno podría igualmente estudiar los nombres propios inventados, aquellos a los que los autores encargan expresar, resumir, todo el carácter de un personaje o de un lugar ficticio. ¿Porqué Vautrin, Goriot, Bovary, Homays, Swann, Verduryn?” O también, ¿porqué Chantal?

Digamos que era lo más apropiado. Se trataba de hacer un show donde se respirase el más puro espíritu de los tiempos. Seducir absoultamente a todos. A tout le monde. Si la gran exposición retrospectiva de Jean Nouvel debía simular la visión personal de su arquitectura, debería “petrificar” el momento cultural. Capturar las ondas, ser el sismógrafo sensible a todas las mutaciones. Debería absorber dicho espíritu de los tiempos, especialmente de lo no-arquitectónico: “los estallidos de lo real, las emociones fugitivas de las luces de los aeropuertos, de las autopistas, de los carros, de las líneas eléctricas, de las suburbias, de las vallas, de las imágenes, de lo trivial, del estado actual de las cosas, de las tecnologías de punta, de los fotones, de los fractales, de Wenders y Goddard, Blade Runner, James Turrell, Anish Kapoor, Jenny Holzer, Richard Serra, Foucault, Deleuze…” y de la moda, claro está.2

Si Nouvel, para Chantal, era también Prouvé, Mies van der Rohe y sobre todo Archigram, entonces ella, Chantal, para el Pompidou, devendría Chanel/Lagerfeld, Saint-Laurent, Wallpaper y hasta el Buddha Bar, todo aderezado por el espectacular patronazgo digital de Samsung. La exposición de arquitectura “Jean Nouvel” se comprendería como el “set” Jean Nouvel, la “novela” Jean Nouvel, el “recital” Jean Nouvel, el “desfile” Jean Nouvel, y Chantal, vestida de negro, inspiraría la puesta en escena en un catwalk. Sólo le faltaron los DJ’s… si es que decidimos no tomar como música de “ambiance” el cliquear parpadeante de los video beams unidos a la voz electrónica de Nouvel desde las pantallas planas: “Les propongo una sucesión de inmersiones en micromundos como ecos de nuestro mundo, y a cada uno sus propias resonancias”. 

Chantal se dió la vuelta, e hizo un mohín displicente ante el directorio del museo. Para exponer a Nouvel, para poder mostrar su arquitectura crítica, su memoria activa, su hiperespecificidad, su darwinismo arquitectónico, su singularidad, su poética, su “estética del milagro”, había decidido estar, como él, “fuera de la ley”. Su proyecto de exposición, al igual que la Torre Aguas de Barcelona (el ícono central del show), que, muy a la Foucault, “no es una torre”, tampoco sería una exposición.

La imagen bajo todas sus formas contituiría su dispositivo esencial, y para develar la clave de todos los placeres, de todos los misterios de la seducción arquitectónica nouveliana haría “una historia discontinua, una especie de novela sin palabras, una pluralidad de aproximaciones para dirigir la mirada, entre la distracción y la demostración, la reflexión y la fascinación, y dar cabida a una percepción flotante del espacio arquitectónico”. Haría una caja de imágenes mágicas. Con ésto, su curaduría se zambulle en la corriente más actual de la museografía arquitectónica, a saber, la de los arquitectos-escenógrafos. Prueba de ello es el proyecto para la nueva Cité de l’Architecture et du Patrimoine en el Trocadero, a ser inaugurada en el 2003.

Chantal, con una elegante arrogancia tipo Sonia Rikyel, había levantado la voz, que resonó en los ámbitos de vidrio y acero: “Esta exposición no es ni exhaustiva, ni objetiva, ni retrospectiva, ni didáctica, ni científica. No se dirige a los iniciados: ¡No esperen ni planos, ni maquetas que arriesguen ser fuentes de incomprensión por su escala, la naturaleza de la luz o de los materiales; nada de información sobre aquéllo que es la génesis del proyecto, sobre la arquitectura como trabajo, como no sea archivada en la memoria de un ordenador!” 

Oh, pero claro, Chantal: ¡Nouvel es lo imaginario asistido por el ordenador! Y así, a través de cinco secuencias temáticas contenidas en densas cajas negras, containers hundidos en la oscuridad donde no se ve sino la luz de aquéllo que es mostrado, “desfilan” por la pasarela de Chantal un “jardín extraordinario” (la Embajada de Francia en Alemania), el “paradigma artificio-naturaleza” (el Museo Temporal Guggenheim de Arte), la “infiltración” (la sede social de la Sociedad Richemont, Ginebra), el “misterio del origen” (el Museo de la Evolución humana, Burgos), el “traza(do) del futuro” (el Centro Cultural de Santiago de Compostela), y así sucesivamente, hasta alcanzar la susodicha torre que no es una torre, Aguas de Barcelona (AcBar).

Solamente al concluir, Chantal
Béret le permitió una excepción a la vulgar realidad, y la luz vuelve en la sala llamada de la “Agencia”, inspirada en el tema del taller, donde archivos, ficheros, y bancos de datos aguardan en unas treintena de computadoras para que los descreídos podamos urgar con el mouse en la memoria de más de doscientos proyectos y veinte años de espléndida carrera arquitectónica. 


La exposición en el Centro Georges Pompidou.







NOTAS
1. Michel Volkovitch.Verbolario (para el uso de escritores y lectores).
2. "Jean Nouvel", Centre Georges-Pompidou, Paris, 2002.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 21 de enero de 2002. 


 

viernes, 12 de febrero de 2010

Los patios orientales


Propuesta ganadora para el Jardín Japonés de Caracas, en el Parque del Este, Caracas, 2002 (Mariuska Urbina. Facultad de Arquitectura, Universidad Central de Venezuela).




Volviendo la vista sobre los parques y jardines de esta ciudad, uno se encuentra con que desde hace mucho tiempo hemos abandonado la aspiración a diseñar el paisaje vegetal que acompaña la fábrica urbana. Es como si la profesión del arquitecto paisajista hubiese dejado de existir, o si a los paisajistas los hubieran dejado encerrados en su mínima expresión dentro de los jardines privados de las casas, las residencias y los clubes.

Nadie quiere pemitirles que se agarren el territorio para ellos, en el mejor espíritu y poderío del maestro Le Nôtre. Hemos dejado de soñar con el potencial de la vegetación en esta ciudad; es más: estamos llenos de clichés y de complejos en todo aquello que toca el tema de cómo y con qué plantarla… Y no hablemos de la amnesia para con lo que ya habíamos logrado y fue durante mucho tiempo motivo de orgullo caraqueño. Nadie se recuerda cómo fueron plantadas las avenidas y los parques desde los confines del siglo pasado y en especial en los cuarenta y cincuenta, y se miran con desprecio los árboles magníficos con nombres de avenidas, los Samanes, los Jabillos, los Mangos, que derivan de esas plantaciones originales y visionarias, como si estorbaran, como si su esplendor actual fuera un delito en lugar de un logro, en una tierra como ésta, que no sabe producir especies vegetales mediocres o que pasen desapercibidas: solamente maravillas de la naturaleza. Entretanto, los parques que teníamos permanecen, sí, pero como eriales polvorientos, que progresivamente van despoblándose de su vegetación inicial.

Otras ciudades, en cambio, manejan contemporáneamente con mucha más elegancia la idea del patronazgo del arte urbano del paisaje, y vemos cómo van haciendo de tanto en tanto el opening de nuevos espacios públicos, parques y jardines de firma que llevan a la vez el orondo nombre de su mentor de turno. Es más, está de moda. Los paisajistas, a su vez, han subido al escalafón de artistas del territorio urbano. Como en las iglesias del Renacimiento, aparece ahora en esta calle el pond de la señora tal, tras aquel edificio surge el cortile del barón cual, o junto a el río se abre el “jardín contemporáneo” de la la fundación equis. Sus ambientes de buen gusto se ofrecen con todo el arte del paisaje como un regalo clave a las ciudades. En la nuestra, en cambio, la etapa –dramática por cierto- de los “cariños” y los “pedregales” ya debería haber sido superada. Esas obras, que fueron cruciales en su momento y sentaron mucha conciencia, a fuerza de no haber evolucionado naturalmente hacia algo mejor, han mediatizado nuestra idea de con cuánta mayor delicadeza, técnica y cultura del paisaje deberían ser realizados los nuevos recintos verdes y debe ser enfrentado en general el tema.

Por ello, me complace en celebrar los progresos del proyecto para el Jardín Japonés de Caracas, auspiciado por la Asociación Venezolana de Ex-Becarios en Japón (AVEXJA) e Inparques, que arrancó en 1996 y que recientemente el jueves 17 de los corrientes (Octubre 2002) ya cuenta con un diseño para ser construido antes de dos años en el sector oriental del Parque del Este, a saber, al norte del estacionamiento, frente al Museo del Transporte.

Gracias a la colaboración de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela se hizo un concurso entre estudiantes de sexto semestre, comandados por el desaparecido profesor Carlos Ruiz (Universidad de Chiba, Japón), la profesora Noain Ginzo y el profesor Alberto Manrique. Siguiendo inteligentemente los temas de diseño propios del Parque del Este, ideado por el arquitecto paisajista Roberto Burle Marx y su equipo de especialistas locales, de geometrizar el parque en “patios” cartesianos encerrados por muros discontinuos en la periferia norte, el nuevo jardín se inserta con el mismo espíritu en la periferia este, reemplazando el actual sembradío de lechugas y flores con un nuevo refugio para la meditación y la calma en la ciudad, un Jardín Japonés contemporáneo de marcado trazado arquitectónico y de fuertes reminiscencias de la arquitectura de Tadao Ando.

La hectárea y media del terreno tiene algunos árboles que serán trasplantados para acompañar al diseño de la ganadora, Mariuska Urbina, quien no puede creerse la suerte inmensa de que un proyecto académico pueda, como en un sueño, volverse realidad, y aún más con la ayuda técnica, académica y financiera que prometen las generosas Embajada del Japón y comunidad empresarial japonesa en Caracas. Así, los nuevos Patios Orientales del Parque del Este nos reservarán, muy pronto, la celebración de la presencia norteña del Avila en un primer patio monumental con un gran espejo de agua anclado al centro mediante un edificio docente semi-hundido, separado por muros discontínuos de concreto en obra limpia, vegetación y taludes sembrados de los otros dos “patios”. El segundo es un denso bosque con tres masas de árboles y tres pabellones de té en madera, y el tercero es una sucesión de tres recintos con jardines contemplativos de arena y piedra. Las vistas enmarcadas y controladas, la importancia otorgada a los contrastes y la arquitectura integrada a la vegetación son los tres fuertes de la propuesta. Aunque nos gusten mucho los Cerezos, las Azaleas, y los Maple trees, tenemos el clima en contra, y toda la vegetación será tropical local, por lo que el jardín sólo será japonés en espíritu, por su diseño y sus conceptos.

En unos días en que el santuario máximo de los jardines mundiales, Vaux-le-Vicomte, se celebra a sí mismo en el castillo con la gran exposición antológica sobre el paisaje titulada “André Le Nôtre, los jardines de la inteligencia”, es un placer encontrar que hemos aquí también entrado en la era de los jardines inteligentes, de los cuales esperamos, con este pionero ejemplo, se empiece a sembrar toda la ciudad de Caracas.



Parque del Este, 2009.


 

Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Lunes 28 de Octubre de 2002.

sábado, 30 de enero de 2010

Caracas ejemplar

Parque Vargas, Caracas.





Una de las cosas con la que más orgullo cuento en mi vida es el haber formado parte del equipo que diseñó el Parque José María Vargas en los años ochenta. Yo tuve la suerte de ser testigo de excepción de esa epopeya histórica -que periódicamente deberíamos prohibir olvidar, tan ingratas y desmemoriadas son algunas personas-.

Epopeya en la que nuestra ciudad logró convertir la hostil autopista que dividía en dos su corazón en la gran avenida urbana a la que originalmente aspiraba; en la que esta ciudad logró para sí la mejora definitiva de la calidad de su vida urbana recuperando treinta y cuatro hectáreas donde antes habían proyectado grandes negocios especulativos para destinarlas a plazas, aceras, parques, jardines y edificios culturales; en la que esta ciudad apoyó en todos sus niveles de discusión pública el largo camino político, institucional y legal para asegurarse un futuro cualitativamente mejor, erradicando de su propio corazón con una Ordenanza de Zonificación ejemplar -la Ordenanza vigente del Parque Vargas-, el fantasma de la densificación gigantesca, irracional y antiurbana del meganegocio Bantrab, que algunos ya habían proyectado para continuar con los negocios “latinos” del proyecto de Parque Central. En un giro radical, el Parque Vargas se basa en obtener una clara y evidente rentabilidad social, substituyendo a la “rentabilidad económica” de quienes engañaron y causaron la quiebra del Centro Simón Bolívar en aquél momento.

Partiendo de la importancia que tuvo para Caracas el Plan Rotival en 1939, generador de la idea de la Avenida Bolívar, luego fueron igualmente notables las sucesivas alternativas de otros arquitectos, desde Carlos Raúl Villanueva a Cipriano J. Domínguez, para desarrollarlo y convertirlo en realidad. Pero a fines del siglo pasado, después de aquellas propuestas, Caracas había cambiado, ya era otra: en esas cuatro décadas se habían cometido errores garrafales y omisiones lamentables en la construcción de su fábrica urbana que eran absolutamente imprevisibles para aquellos notables arquitectos. Caracas había densificado su centro sin hacer previsiones para nuevos espacios públicos ni conjuntos de tipo cultural a la escala del futuro, la ciudad creció impetuosamente hacia el este y hacia el sur igualmente sin preocuparse por ninguna de estas calidades, y poco a poco, los únicos terrenos estratégicos que fueron quedando, el mejor espacio que aún nos queda para saldar la imperiosa deuda con los niveles de calidad de vida urbana que necesita tener una gran capital es éste mismo de siempre alrededor de la Avenida Bolívar.

Es inmoral y abominable saber en estos tiempos (2002), cuando se supone que todos ya estamos de acuerdo en qué es lo que hace humana una ciudad y qué es lo que más necesita Caracas, de iniciativas que buscan revertir el trabajo inmenso y desconocer la responsabilidad social y el profesionalismo en Diseño Urbano con que actuaron los integrantes de la Comisión del Parque Vargas, configurada por cinco Premios Nacionales de Arquitectura: Juan Andrés Vegas, Antonio Cruz Fernández, Tomás J. Sanabria y Fruto Vivas, unidos a Carlos Gómez de Llarena. Ese grupo de notables logró para Caracas entre 1985 y 1989 la dosis de espacio público y zonas de esparcimiento necesarias para equilibrar los desafueros y la apretada mediocridad y egoísmo con que se construyó el centro. Todas sus positivas ideas de blindar con una Ordenanza estos apetitosos terrenos (tan apetitosos eran y son que nunca han dejado, ni siquiera hoy, de tener manos peludas zamureándolos e intentando convertirlos de nuevo en metros cuadrados rentables) para garantizar que Caracas pudiera tener un corazón monumental, pero en el sentido humanizador de la palabra, quieren revocarlas o disminuirlas.

Alegar que el Parque Vargas no ha podido concluirse, que la Plaza Cívica de La Hoyada no ha podido construirse aún, que la Galería de Arte Nacional lucha por terminarse, son argumentos del absurdo. Si en toda la década pasada esas mismas personas hubieran tenido una actitud más respetuosa de la ciudad y de su épica proyectual, quizás hoy tendríamos ese corazón monumental concluido, ese ejemplar eje dorsal terminado, y quién quita que hasta con sus mismas firmas endosando los demás proyectos que hacen falta para completar el Parque… si es éso lo que tánto les quita el sueño. Porque no pueden alegar nada contra la idea de la humanización que trae consigo el Parque Vargas en este lugar, ni contra el aumento generoso de los espacios urbanos y de las áreas verdes, ni contra la peatonalización, ni contra la presencia de las edificaciones culturales, ni contra las posibilidades de mejora de la calidad de vida para toda la metrópolis.

Pero eso es harina de otro costal. El tamaño del Parque Vargas es apenas proporcional a las necesidades de esta ciudad y haría falta que todos los ciudadanos, todo el gremio de colegas arquitectos y urbanistas, todos los medios y especialmente todos los vecinos, todos los ciudadanos se unan y apoyen vigorosamente las dimensiones, las dotaciones y los usos que están previstos en el Parque Vargas, a fin de que se concluya de una vez por todas en todos sus nobles planteamientos para el disfrute y la salud urbana de esta ciudad. Caracas no puede avanzar con tan poca fe en nuestros mejores hombres. Los enceguecidos críticos que hoy nos hablan de “construir los bordes del Parque Vargas” (cuando su borde urbano es la propia ciudad a la que meramente habría que incentivar, como ha dicho Tomás J. Sanabria, para que se homogeinice alrededor) o de “definir la Plaza” (cuando lo que es hacen es reducirla criminalmente), lo que están promoviendo es restarle metros cuadrados de espacios públicos a nuestra pobre Caracas. Los terrenos, de nuevo para ellos, no son sino el símbolo de “$$$” (Avida Dollars).

El perímetro del Parque Vargas no se ha reservado para permitir desarrollos y negocios inmobiliarios comunes y corrientes sino para garantizar y equilibrar con su generosa dosis de urbanidad las carencias urgentes de esta ciudad. Caracas no puede permitirse perder para su futuro ni un solo metro de los que conquistó con tanto esfuerzo, en aras de no se sabe qué negocios, intereses o apetencias personales.


Gran Plaza Cívica de La Hoyada, Parque Vargas.

 




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Lunes 30 de Septiembre de 2002.



domingo, 17 de enero de 2010

El cielo es el límite

El Empire State Building entre las nubes (f. Charlotte Price, 1950). 


 


“…altos brotes de hierro, esbeltos, fuertes, ligeros,
subiendo espléndidos hacia los claros cielos”.
Walt Whitman. Mannahatta.1
 
La ciudad de Nueva York pasado mañana (11/09/2002) conmemora la peor tragedia arquitectónica que haya conocido la humanidad y el primer aniversario de la destrucción del que fuera quizás su ícono menos reconocido. Las Torres Gemelas del World Trade Center durante estos meses demostraron ser mucho más importantes en la lectura de la ciudad de lo que hubiéramos querido reconocer jamás. El skyline de Manhattan -todos lo hemos podido comprobar-, nunca volverá a ser el mismo.

La memoria urbana de las torres se ha convertido ahora en un verdadero reto para la enigmática naturaleza humana, la neoyorkina en especial. La fuerza de su ausencia es punzante y persecutoria, pero mientras la ciudad se ha ido penosamente recuperando del dolor de la tragedia, aún no se ha atrevido a volver a ser ella misma: la Nueva York de antes del accidente, la Nueva York orgullosa, la Nueva York puntera, para decidir qué hacer, qué poner en su lugar, qué construir en Ground Zero  (Zona Cero).

Porque, seamos sinceros: nadie se cree que los neoyorkinos realmente hablan en serio cuando dicen que van a sustituir a la pareja de rascacielos con un simple memorial de césped salpicado de obras de arte o con un conjunto ridículo de rechonchos edificios haciendo ruedo. No es posible. No en la ciudad que se promocionaba a sí misma en 1932, ¡hace casi un siglo!, en un libro titulado Nueva York: La Ciudad Maravilla, haciendo alarde de sus rascacielos diciendo: “Nueva York –¡sinónimo de lo grande, lo grandioso, lo impresionante, lo milagroso!”. No en la ciudad que se batió a duelo con Chicago por décadas para tener el edificio más alto del mundo, lucha que le hiciera a Frank Lloyd Wright proponer erigir en 1956 frente al Lago Michigan nada menos que un edificio de una milla de alto (el “Mile-High Building”); no en la ciudad donde los edificios hacían competencia por unos pocos pies de altura para llevarse el premio de ser solo por unas pocas semanas el más alto (como en la historia del Chrysler Building versus su vecino de 40 Wall Street, cuando su aguja fue mantenida escondida en su pináculo hasta que se terminó la otra construcción, y entonces fue colocada en su sitio, con lo que ganó por unos buenos metros); no en la ciudad que le perdió el miedo a los rascacielos la mañana de un domingo de 1945 cuando el Empire State Building quedó impávido tras el choque contra su fachada de una avioneta perdida.

Lo que hace falta es un poco más de tiempo que cure las profundas heridas. Y, entretanto, averiguar porqué diablos Nueva York se dejó quitar la supremacía en la osadía arquitectónica. Si revisamos nosotros mismos dónde quedó el hilo de la historia, la carrera por la altura terminó cuando la Torre Sears, de Skidmore, Owens & Merrill, de 110 pisos y la más alta del mundo para ese entonces, fue terminada en 1974, dos años antes de que Minoru Yamasaki y Emery Roth & Sons concluyeran por su parte las Torres Gemelas. Chicago había terminado por ganar. El golpe fue mortal... pero pasó desapercibido. A partir de entonces el asunto no pareció importarle ya demasiado a nadie… hasta ahora. Habiéndose superado los problemas técnicos por la altura y disipados los tabúes por la congestión en las ciudades, los rascacielos empezaron gradualmente a “pasar de moda”. O mejor dicho, lo que en realidad hicieron fue mudarse a Asia.

Cuando en 1981 el crítico de arquitectura Paul Goldberger culmina su libro The Skyscraper, concluye diciendo: “la de hoy es una época mucho más como la Barroca –una época de auto-indulgencia. La inocencia ya no existe hoy en día”.2 La historia de los rascacielos la cierra coincidiendo con el momento de su decadencia neoyorkina. Lo que vendría de allí en adelante serían edificios cada vez más auto-ensimismados en su estética, como de hecho ocurrió. Goldberger no se equivocó. La cosa en los ochenta se volvió un problema formal y toda la epopeya Howard-Roarkiana del reto por conquistar los espacios aéreos, o de William van Alen en el Chrysler Building con el romanticismo urbano del Jazz Age, o de William F. Lamb en el Empire State Building con la poética de la construcción en el aire, pasó a un problema de marketing de la imagen de las mediocres nuevas torres en la ciudad que empezaban a construirse.

La arquitectura neoyorkina se “reblandeció”. Se abandonó sin miramientos toda la tradición de una nación de constructores, la idea de la “espléndida Babilonia”, la gran aventura americana y la loca carrera de un siglo que construyó las estructuras arquitectónicas más osadas de la tierra, por las ironías y los juegos baratos de modas pasajeras. Las florituras posmodernas de los ochenta y los batires de alas pseudo-vanguardistas de los noventa sustituyeron la pasión teatral, el romanticismo y la irracionalidad crónica de una ciudad que siempre se vió a sí misma mitológicamente como el Jardín de los Edificios que son a la vez Maravillas Naturales.

Sin embargo, y como bien dijera Thomas A.P. Van Leeuwen en La Corriente del Pensamiento hacia el Cielo; la Metafísica del Rascacielos Americano, así como “basta perseguir la historia para que nos encontremos de frente con el mito, basta tener fe en el mito para que escribamos la historia”.3 No pasará mucho tiempo sin que la ciudad de Nueva York pierda el miedo y retome la senda de su propia sueño. Ese sueño de

“…altos brotes de hierro, esbeltos, fuertes, ligeros,
subiendo espléndidos hacia los claros cielos”

al que le cantaba Walt Whitman en “Mannahatta”. Para prueba de ello, basta un botón: en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2002, que inauguró este sábado pasado en los Giardini dell’Castello, el Pabellón Americano abre con una exposición de propuestas para la Zona Cero que desconoce así, flagrantemente, los resultados recientes del referéndum popular que desdeña un nuevo rascacielos.

Su esperanzador título es: “NEXT”. 



Los rascacielos de Wall Street vistos desde Trinity Church, con el Equitable y e lBankers Trust Building, en Diciembre de1916.

 



NOTAS
1. Paul Goldberger. The Skyscraper: The Drive for Height, Alfred A. Knopf, Nueca York, 1981, p. 77.
2. Thomas A.P. Van Leeuwen. The Skyward Trend of Thought: the Metaphysics of the American Skyscraper, The MIT Press, Cambridge, MA., 1988.
3."...high growths of iron, slender, strong, light, splendidly uprising toward clear skies..." Walt Whitman. "Mannahatta", 1860.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 9 de Septiembre de 2002.