jueves, 21 de marzo de 2019

Primera fila







“Plano de Caracas Monumental”, fragmento. Ramón Sosa B. Caracas, 1936. 


“…me encantan las copas de los árboles
que como cabezas curiosas se asoman por las tapias…”
Teresa de la Parra. Ifigenia. Capítulo II.

I. Memorias urbanas de Quebrada Honda
Con el paso del tiempo, al ir tomando la ciudad el carácter que le confiere la superposición de las capas históricas en su fábrica urbana, la importancia de entender un lugar y continuarlo empieza a crecer en quienes actúan en ella. No tenemos una capital milenaria, es cierto, pero nadie puede negar que los años van dejando en Caracas –como en todas las ciudades del mundo- una huella indeleble. 

La presencia de la compacta sede de la FESNOJIV entre la Calle Real de Quebrada Honda y el Parque Los Caobos es una ocasión ideal para reencontrar las oportunidades perdidas, los momentos urbanos notables borrados u olvidados y -sobre todo- para enmendar los errores cometidos en el lugar y relanzarlo hacia su rediseño y reconstrucción futuras. Estamos literalmente al borde de nuestras butacas para asistir al impacto a punto de desencadenarse con esta nueva obra y sus posibles ampliaciones. Hacer un recuento de las memorias urbanas de Quebrada Honda es así imprescindible. 

Lo primero que hay que entender es la dicotomía del territorio. Un territorio a caballo entre dos sitios contiguos de la unión de cuyas peculiaridades surge el genio del lugar. Por una parte, al sur, una amplia ribera donde desde tiempos de la colonia había noticias de una hacienda de café. El enclave -anterior a la ciudad- de un bosque natural.1 Un dato abrumador: porque quiere decir que la principal memoria en la zona es tener cinco siglos bajo la sombra alta y frondosa de una gran foresta: la única que queda de su tipo en el valle. Bajo esta selva ribereña subyace además la naturaleza profunda, la honda hoya de la quebrada encajonada, que junto a las quebradas de Canoa y de Maripérez, perfilan la topografía y la hidrografía del bosque hasta su natural desaguadero en el río Guaire.  

Por otra parte, al norte, un largo balcón urbano de suave curvatura se asoma sobre el bosque, el cual se convierte en su escena y espectáculo. Esta cornisa alongada tiene casi cinco siglos construyéndose. Una ciudad lineal que se ha ido fabricando poco a poco para acompañar la carretera hacia el este,  la cual se llamó sucesivamente “Camino a Petare”, “Camino de Oriente”, “Carretera Oriental”, “Camino de Sabana Grande”… Y, como toda ciudad lineal, tiene una calle principal, esquinas, edificios, ensanches, espacios públicos, fachadas campestres y fachadas urbanas.

II. De caobos altos y cauces profundos
Todo llama a la verticalidad en este lugar. En ninguna otra parte del valle la mirada recorre tan radicales ángulos visuales. De perderse arriba entre las alturas catedralicias de las copas de los árboles baja a hundirse en las simas del suelo por entre las que corre el agua de la montaña. Uno de los “más hermosos y agrestes” parajes de las inmediaciones de Caracas.2

De una sombra a la otra, una alfombra de oscuros cafetos tapizaba el terreno de la antigua hacienda cafetalera ocultando sus accidentes superficiales hasta llegar a la orilla del río. Era el sembradío de “La Industria”. La garganta de Quebrada Honda, de tan profunda, se había convertido en una barrera natural, en un “duro obstáculo” para el crecimiento de la ciudad hacia el este (hoy sigue siendo el límite, vestigio del derecho urbano colonial, entre las históricas parroquias de Candelaria y El Recreo). De su cauce en adelante lo que había era la umbría foresta y una historia de puentes sucesivos que le franqueaban el paso a la carretera y al tren.

Avenida central de Los Caobos, paseo,1922 (Postal. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana)
 
Hacia 1857 la propiedad fue adquirida por don Juan Antonio Mosquera, “hidalgo apasionado de los árboles”, y también de la música. Mosquera, quien “con visión profética acerca del crecimiento al que estaba destinada la pequeña villa de su tiempo, sembró este bosque de caobos de Santo Domingo” 3. Caobos de las Antillas, según Pittier, Swietenia Mahogani, llamados en Venezuela caobos ‘de Santo Domingo’”.4  La plantación hecha entre la selva natural preexistente fue “simétrica y perfectamente orientada de occidente a oriente”.5 A mediados del siglo diecinueve encontramos así a un aficionado – e ilustrado- paisajista caraqueño que sembraba en tresbolillo su cafetal y su jardín personal... Como en Versalles.6

En 1887 se escribe por primera vez en los planos de la ciudad el nombre de “Quebrada Honda”, reconocida como “profunda y tupida de árboles”.7  Este nombre irá a extenderse entre quebrada y quebrada a todo el sector y al barrio, y así llegar hasta nuestros días. Los otros dos afluentes de las cercanías no logran competir con los atributos pantagruélicos de esta garganta ascendida a nomenclatura, pariente de los profundos barrancos de Sarría. Lógico es que la primera esquina de la ciudad lineal fuera bautizada en 1889 como “Esquina de Hoyo”; cerca de allí habrá también un rincón que pasará a la posteridad como “Bajo seco”.

Para fines de siglo se construye en medio del bosque una cruz de calzadas, sutilmente inclinada, que sale del Camino Real –a la altura de la actual Esquina de Santa Rosa-, entre unos ondulantes jardines para llegar al río. Son los primeros paseos domésticos del futuro parque. Mas no será sino hasta la primera década del siglo veinte que un verdadero diseño urbano se impondrá sobre toda Quebrada Honda: el año de 1911, dibujándose sobre el sombreado territorio con aires de utopía, campea un reticular urbanismo surcado de diagonales. La diagonal originaria es la que traza más al oeste el río Arauco en el plano; las demás replican su ángulo o son sus desdoblamientos. El corazón de este diseño es una circular “Plaza Mohedano” (hoy Plaza Morelos).8 A la nueva plaza la atraviesa una calle que viene desde el Centro Histórico a la altura de  la vieja Plaza de la Ley,  que irá a convertirse en el eje de lo que ahora se llama por vez primera “Los Caobos”. Es así como nace una de las perspectivas más memorables y amadas de Caracas…

Avenida central de Los Caobos, c. 1929 (f. Torito. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana)

La arboleda de caobos sembrada el siglo XIX ya para 1920 estaba verdaderamente alta. Entonces la hacienda se convierte en parque. En 1927 se le da el nombre de “Parque Sucre”, pero poco durará,  porque el nombre que los caraqueños harán perdurar es el de “Los Caobos”. Una de las allées de árboles es ahora avenida central del parque. La adornan neoclásicos copones mampostería sobre pedestales, antecesores de los que vendrán en los años cincuenta para el Paseo de los Precursores. Al norte, una pequeña acequia se divisa bordeando sinuosamente la cornisa de estrechas casas Art Nouveau que cada día crece más…


Puente Los Caobos, c. 1936 (Postal. Foto A. Müller. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana)

El tráfico vehicular va en aumento. Hasta entonces, “el paseo de Los Caobos solo contaba con un rústico sendero por el cual se aventuraban los automovilistas que se dirigían a Sabana Grande evitando el rodeo por Venus y Quebrada Honda…” 9 En 1929 se construye el “Puente Bolívar” sobre el lecho de la Quebrada Honda. Tres años más tarde la avenida central se vuelve vía vehicular “a Sabana Grande”. Tiene dos puentes que lo permiten: uno adicional sobre la Quebrada Honda y otro al este sobre la Quebrada de Maripérez.
 
La década de los años treinta será arquitectónicamente crucial. Todos los arquitectos que van a trabajar en el parque de alguna manera sueñan Los Caobos. Sus intervenciones dispersas arrojan intenciones que hoy deberían ser reestudiadas. Carlos Raúl Villanueva, por ejemplo, en 1936 diseña sus dos museos agrupados en torno a una nueva plaza que hará de puerta principal del parque, la “Plaza de los Museos”. Los edificios estaban rodeados de sendos jardines que culminaban donde comenzaba la arboleda. Ambos nacieron con fachadas dobles: una a la plaza, una a Los Caobos… cosas que las ampliaciones y transformaciones de hoy han tapiado. Pero la aspiración está ahí. 

 Plantas originales del Museo de Bellas Artes y del Museo de Ciencias, con sus puertas posteriores abiertos al Parque Los Caobos (f. GAN)

Entretanto, mientras que la avenida central al año siguiente es bautizada por el Concejo Municipal como “Avenida Mosquera”, en justo reconocimiento a su primer paisajista, en el extremo oeste, los espacios verdes del parque y la fábrica urbana de su par del norte, la cornisa de Quebrada Honda, culminan juntos en el “Paseo Colón” (1934), donde recién se ha reinsertado el “Monumento a Colón en el Golfo triste”. Ninguna calle hay aún al sur del bosque, el cual alcanzaba el río. Para 1940, además,  Los Caobos conservaban completa su larga diagonal suroeste, diseñada como reflejo especular del trazado del río Anauco a partir del eje de la Avenida Mohedano. El parque tenía así otra “puerta” occidental, la de Puente Mohedano, como el madrileño Parque El Retiro. En 1941, una “autopista” (que primero se llamará “Avenida Colón” y luego “Avenida Principal de Los Caobos”) hará que se pierda esta segunda puerta y se corte la relación con el río.



La redoma en Puente Mohedano, con la puerta suroeste del Parque Los Caobos (f. Ricardo Rodríguez Boades).

 
En 1951 un nuevo puente desconecta el Paseo Colón del resto del parque. Ya no será más un paseo, sino una “plaza” aislada, un islote. Con los años cincuenta vendrá también la desaparición de la Plaza Morelos a merced de las vías y la instalación en Los Caobos de algunas mejoras, como “fuentes y figuras escultóricas, elementos para la recreación infantil y bibliotecas escolares en pabellones especiales".10  La vocación de parque de esculturas viene desde entonces. Seguidamente, en 1958, el Gobernador del Distrito Federal nombra la Comisión de Areas  Recreacionales,  y surge el Plan General de Parques del Area Metropolitana. Eso permite al arquitecto José Miguel Galia formular la remodelación del Parque Los Caobos, donde “propone extensas áreas peatonales pavimentadas para reuniones cívicas, conservando la estructura espacial anterior definida por las avenidas vehiculares y la alineación de los árboles”.11 Su concepto “surge del antiguo trazado que genera espacios en tres direcciones y conduce a un módulo de base triangular”, basado en los viejos ángulos acuáticos del plan de los años.12 El proyecto de Galia se construye en 1968, y es el que hoy persiste, parcialmente desfigurado. Los sesenta serán también la década de la mudanza de la Fuente Venezuela a la Avenida Mosquera, y de la re-plantación de “caobos jóvenes para sustituir algunos ya viejos o destruidos por la tiña y otras plagas”,  en un primer  intento por preservar la memoria vegetal.13
 


Plaza Mohedano. Al este, se aprecia la Plaza de los Museos, y al norte el edificio de los tranvías y la Estación de l Ferrocarril Central (f. Ricardo Rodríguez Boades).

Para 1973, Villanueva reinventa junto con Oscar Carmona su arquitectura en el parque con la ampliación del Museo de Bellas Artes. Esta vez su edificio irrumpirá dentro de las copas de los árboles alto como una presencia escultórica para ver y para ser vista… algo que en 1979 será un tema menos importante en la nueva sede del Ateneo de Caracas de Gustavo Legórburu, construida un centenar de metros más allá. Ese mismo año, un nuevo balcón se abre al suroeste con la inauguración del Complejo Cultural Teresa Carreño, obra de los arquitectos Tomás Lugo, Jesús Sandoval y Dietrich Kunckel, con un monumental foyer abierto al bosque. Para entonces, todavía, ningún plan unifica todas las operaciones arquitectónicas existentes y por venir en el Parque Los Caobos, salvo una inestable reja de reciente factura y total desubicación formal.

III. De líneas que se esfuman y cornisas que se reafirman
Varias fuerzas modelan la forma urbana del barrio de Quebrada Honda. Primero, el “Camino Real” (“Real en el sentido de principal”) que partía de la Esquina de la Torre y pasaba por el peaje del río Arauco; luego, la finca La Industria, que configuró desde mediados del siglo diecinueve la base del antiguo barrio de Maripérez, y finalmente, la construcción a los pies del Avila de la Casa del Real Amparo (1790), que propició el desarrollo de la barriada de Sarría.14

El Camino Real avanza raudo y rectilíneo hasta dar con el obstáculo de Quebrada Honda.13 Ello, unido a la aparición de la vía férrea en 1885, hace surgir el famoso triángulo de la “Esquina de Venus”. En la legendaria venusina intersección, los caminos se bifurcan: al norte para el Ferrocarril Central (cuyo curso era Sabana Grande-Chacao- Los Dos Caminos- Petare), con su línea de la que hoy solo la “Esquina de la Línea” guarda el recuerdo (“al lado de la vía férrea existía, a trechos, la Calle de la Línea, transformada en los años setenta en la Avenida Libertador”), y al sur para seguir carretera hasta Petare.15 


“Estación del Ferrocarril Central”, 1915 (Postal.Archivo Fundacion de la Memoria Urbana)

Gradualmente, el barrio se consolida. En 1887 se construye la hermosa Estación del Ferrocarril Central, con sus cinco columnas toscanas y su gran terraza sur. Su simétrica arquitectura es perpendicular a una calle que baja desde el Lazareto por Sarría (primero llamada “Calle N. 19” y luego “Calle Santa Rosa”),  mientras que un gran espacio público de forma  semicircular va formándose al sur. La Esquina de Hoyo (primera al este en la trama) ya presenta sus cuatro ángulos bien configurados a fines de siglo, con una calle que baja directo hasta el parque.


Fachada al parque del Colegio de Ingenieros de Venezuela. Luis Eduardo Chataing, 1939 (f. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana)

El tranvía, al aparecer en 1889, agrega su infraestructura a las redes del lugar. Viniendo también de Catedral, luego de pasar en la Esquina de La Cervecería por el edificio de los Tranvías Bolívar (Tranvías Eléctricos de Venezuela), llega a Venus y salva por un nuevo puente la quebrada hasta alcanzar la estación, para ir de ahí hasta la población de Sabana Grande (en 1906). En Venus, el Camino Real – que durante su paso por el barrio adquiere el nombre de “Calle Real de Quebrada Honda”- se desvía siguiendo el cauce de la quebrada, para luego re-enderezarse. Este año aparecen también en el plano de Caracas la “Esquina de Santa Rosa” y un puente para la vía férrea sobre la Quebrada de Maripérez.  En dicha esquina, en 1906, se erige la Iglesia de Santa Rosa de Lima, la cual por lo tanto,  acaba de cumplir un siglo de existencia. 
 
El urbanismo reticular con diagonales que afecta el diseño urbano del parque desde 1911, impone su trama también sobre el barrio, reticulándolo en manzanas largas en sentido este-oeste y creando una diagonal que une la Calle N. 23 con el Puente Canoa.

En 1927 un nuevo espacio urbano va a diseñarse justo frente a la Iglesia de Santa Rosa, lateral a la plaza de la estación: una “plaza real” con todo y sus diagonales. Dos años más tarde, se bautiza como “Plaza América” (después también se le conoce como “Plaza Santa Rosa”). Las manzanas del barrio se alineadas al norte con la suave curva de la Calle Real y aserradas en orlas en su parte sur debido a la presencia de la acequia y a su lotificación en pequeñas parcelas. En 1932,  la esquina siguiente a la de Santa Rosa se nombra “Esquina del Carmen”. Poco dura la Plaza América como espacio público. Nueve años después de inaugurarse, se le planta en medio un edificio moderno de planta cruciforme que la anulará: es el “Jardín de Infancia Isabel La Católica” (1936), atribuido al arquitecto Carlos Raúl Villanueva, el cual formará en el futuro parte del complejo de la FESNOJIV.16 

Con la construcción de la Línea 1 del Metro de Caracas y de la Estación Colegio de Ingenieros, gran parte de la fábrica urbana de Quebrada Honda se borró.

Tras un concurso nacional de arquitectura en el que resulta ganador el arquitecto Luis Eduardo Chataing,  en 1939 se inicia la construcción del edificio del Colegio de Ingenieros de Venezuela entre la Calle Real y el Parque Los Caobos. Este surge prácticamente dentro del parque. De su arquitectura –hoy brutalmente desfigurada-, se conserva “parte de la fachada sur, que era originalmente la principal, con la escultura y relieves de Francisco Narváez”.17 He aquí el principal legado de Chataing: haber imaginado una tribuna abierta al parque… Un aporte sustancial. Hacia 1956 una de las diagonales de la antigua Plaza Morelos es usada como una conexión vial al nuevo trazado de la Avenida Libertador, y entreambas “cercan” por el norte y el oeste el barrio,  separándolo de Sarría.  

A partir de 1963, con la construcción en la Avenida Principal de Maripérez, frente al Paseo Colón, de la Gran Sinagoga Tiferet Israel, el sector comienza a convertirse en un gran “distrito multireligioso”. Salvo el deterioro creciente tanto del parque como del barrio y algunos cambios en la nomenclatura reciente (como la Esquina de Hoyo, que en 1967 pasará a llamarse “Esquina de la Bombilla” y la Calle Real de Quebrada Honda, que para 1982, a raíz de la construcción de la Estación Colegio de Ingenieros, se renombra “Bulevar Amador Bendayán”), el principal acontecimiento urbano reciente será dicha proliferación puntual de templos de los más diversos cultos. Así, en 1993 se inaugura la Mezquita Sheich Ibrahim Bin Abdulaziz al Ibrahim (1993) con su minarete de 117 metros de alto, y enfrente en 2002 la Iglesia Católica Maronita San Charbel (Orden Libanesa Maronita).18 En un kilómetro cuadrado, “una sinagoga Skenazim (San Bernardino), otra Sefardita, la Gran Mezquita de Caracas, la Iglesia Luterana de Caracas y una Iglesia Católica Romana (Santa Rosa de Lima), celebran una conjunción religiosa que no existe ni en Jerusalem”.19

Finalmente, a fines de 2007, Tomás Lugo, en la arquitectura de la sede de la FESNOJIV enfrenta de nuevo un reto semejante al de los setenta, para lo que reinventa su arquitectura en el parque, modelando ambas fachadas de su edificio, la del campo y la de la ciudad, a fin de que penetren al interior y se den la mano dentro de su caja de música. Como en un aplauso… La diferencia con todas las anteriores intervenciones a través del tiempo,  la de Mosquera primero, y luego Villanueva, Chataing, Galia, Legórburu, Carmona, Sandoval, Kunckel y del mismo Lugo, es que mientras éstas dejaron en Quebrada Honda un legado inconexo de buenos oficios y esperanzas truncadas tanto para el parque como para su balcón urbano, hoy, esta nueva pieza recibe un reclamo postergado de la ciudad  a la vez que crea una expectativa inédita.20

La experiencia nos ha demostrado que un lugar puede reconvertirse, renovarse y hasta volver completamente a la vida cuando en él se hace la inversión adecuada. La aparición en escena de este edificio en el contexto urbano de Quebrada Honda es desde ya su esperanza más concreta. Con la potencia de su operación arquitectónica y la importancia del proyecto cultural que alberga, puede impulsarse el reordenamiento de todo el sector. ¿Quién puede evitar que Caracas empiece a soñar con un Plan Maestro que ordene definitivamente el borde del parque como la tribuna abierta y continua donde todos podamos disfrutar del espectáculo… en primera fila?





NOTAS
1. Preinventario arquitectónico, urbano y ambiental moderno de Caracas, Fundación de la Memoria Urbana / Instituto del Patrimonio Cultural-CONAC, Caracas, 2006.
2. Plazas y Parques de Caracas, Caracas, c. 1957. 
3. Plazas y Parques de Caracas, Op. Cit., 1957.
4. Rafael Valery S. La Nomenclatura Caraqueña, Petróleos de Venezuela,Ernesto Armitano editor, Caracas, 1979. 
5. Plazas y Parques de Caracas, Ibid.
6. Tresbolillo: “dícese de las plantas colocadas en filas paralelas cruzadas en diagonal: plantar árboles en tresbolillo”. En: Miguel De Toro y Gisbert. Pequeño Larousse Ilustrado, Editorial Larousse, 17, rue de Montparnasse, París, 1970.
7. R. Valery S. Op. Cit., 1979.
8. R. Valery S. Ibid., p. 316.
9. Guillermo José Schael. Caracas, la ciudad que no vuelve, Gráficas edición de Arte de Ernesto Armitano, Caracas, 1968. 
10. Plazas y Parques de Caracas, Idem.
11. Mariano Goldberg. Guía de edificaciones contemporáneas en Venezuela. Caracas, Parte 1, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Caracas, 1982.
12. G.J. Schael. 1971. Op. Cit., 1968,  pp. 37-38. 
13. R. Valery S. Idem, p. 388,
14. R. Valery S. Idem, p. 114.
15. R. Valery S. Idem, p.198.
16. Paulina Villanueva & Maciá Pintó. Carlos Raúl Villanueva, Tanais Ediciones, ‘Obras y proyectos’, Sevilla, 2000.
17. Preinventario arquitectónico, urbano y ambiental moderno de Caracas, Op. Cit., 2006.
18. Hanns Dieter Echsling. Santiago de León de Caracas: una guía práctica histórica-cultural para caraqueños y visitantes, Grafía Kito-Cervantes C.A., Caracas, 2003. 
19. “Como la mejor muestra de la tolerancia y de la apertura de nuestra sociedad”. Luis Vidal (padre de Mitchele Vidal, una de las autoras de este libro).
20. Irma de De Sola-Ricardo. Contribución al estudio de los planos de Caracas, Ediciones del Cuatricentenario de Caracas, Caracas, 1967.



Publicado en: Marco Pitrelli Bizzini, Frank Balbi Hansen y Mitchele Vidal Castro. Arquitectura Musical, PNUD, Editorial Arte, Caracas, 2010.



Viacrucis N. 1, o la transparencia de la ruina

"The world's most expensive 'Autopista' connects Ccs and La Guaira, Venezuela. Total cost was over $60 million" (f. Delta G&S Airlines. Archives of Chicago Sun-Times and Chicago Daily News).




Nos conmueven los restos del Viaducto N. 1 (1953), creación del ingeniero estructural francés Eugène Freyssinet, mejor conocido como el padre del concreto pretensado, o, si lo prefieren, como el sucesor de Gustave Eiffel. Una obra de ingeniería tan extraordinaria, que incluso hace extraordinaria la bizarra labor de demolerla. La estructura de sus dos bases de La Guayra y de Caracas, firmes en su sitio, como las mejores ruinas de la historia, ya trasmiten para la posteridad su repertorio de moralejas.

Por largo tiempo los venezolanos, no importa cuán legos en la materia, desesperados como estábamos ante la imninente catástrofe que veíamos impotentes venírsenos encima, nos habíamos enfrascado en una discusión de anclajes, refuerzos, patines, fallas geológicas, empujes horizontales, gatos hidráulicos, trochas, terraplenes, taludes y filtraciones. Todos nos volvimos ingenieros estructurales, técnicos de concreto pretensado y geólogos, y casi cada quien tenía una solución que proponer para salvar una obra de arte que nos era tan cara, tanto funcional como emocionalmente. 



Viaducto N. 1 (Postal, 1954. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).

Y decimos obra de arte cuando nos referimos a esta joya de la ingeniería, salvajemente perdida, porque queremos poner las cosas en su sitio, usando el término correcto. Obra de arte se llamaba hasta bien entrado el siglo veinte a las obras de los grandes ingenieros. Algo que parecemos haber olvidado. Un magnífico puerto, una monumental torre, un enorme dique, una vasta canalización, una colosal carretera, un osado puente: a esas construcciones, cuando destacaban por la proeza de sus ideas, por la maestría de sus cálculos y por la epopeyas de sus construcciones, la humanidad las honraba, elevándolas al estatus de obras de arte.

Pero, ¿acaso era otra cosa lo que teníamos en el valle de Tacagua? Si fuéramos a juzgar por los acontecimientos, y por ellos tuviéramos que hacernos un juicio, el puente de Freyssinet, del equipo de ingenieros especializados del MOP y de las Empresas Campenon Bernard de Venezuela, pasó de ser el puente de arco de concreto más grande del hemisferio occidental y el quinto del mundo, pasó de ser el sucesor del magnífico Puente de Plougastel (sobre el río Elorn, en Bretaña), al que superó en ingenio, pasó de ser el monumento histórico de nuestra modernidad más radiante y una de las siete maravillas modernas de Venezuela, a convertirse en un estorbo susceptible de ensayo y error, en un coroto desahuciado al que había que dinamitar a la brevedad posible, del que había que salir porque nadie sabía qué hacer con él, y sobre cuyos escombros, hubo más de uno que imperdonablemente encontró motivos para celebrarlo en público.

No temo que estas palabras vayan a zaherir a la comunidad de ingenieros de Venezuela. Soy una vieja admiradora de los ingenieros venezolanos, cradores de obras de arte, y ellos entienden bien de lo que estoy hablando. Lo que sí siento, en verdad, es que todos hayamos dejado pasar esta dramática oportunidad de demostrarle al mundo hasta dónde llega el ingenio nacional... o de que el resto del mundo colaborase - Freyssinet International incluido- en la resolución de un problema que hasta hermoso era (este año -2006-, Caracas va a la Bienal de Arquitectura de Venecia, convocada por su comisario por su cualidad de ‘ciudad que está colapsando’. Qué verguenza). 


A mí nadie me logrará convencer jamás de que con las tecnologías y el pensamiento contemporáneo el Viaducto N. 1 no se podía haber salvado. Jamás. Tengo meses soñando con Santiago Calatrava y con sus estructuras al límite… imaginaba un nuevo puente blanco anclado desde el norte que sostendría en cantilever el viaducto. Cuando veía serrucharle las bases al puente imaginaba qué hubieran hecho Ove Arup & Partners (¿alguien le preguntó al Instituto del Patrimonio Cultural o al ICOMOS Venezuela o a la Fundación de la Memoria Urbana si ése es el tratamiento que se le da a una estructura en trance de ser designada como patrimonio moderno?). 

Cuando se hablaba de la falla de Tacagua y del cerro deslizante, pensaba en el mismo Freyssinet –quien hasta inventó un sistema totalmente nuevo para armar el arco central en sitio-, y ya en 1952, antes de construirse el Viaducto N. 1, había previsto una cimentación enteramente diferente para cada lado del valle de Tacagua… no crean que el maestro Freyssinet era un ingenuo. Lo que no me explico es porqué basadas en la naturaleza de su proyecto original no surgieron nunca ideas de más largo aliento que permitieran repensar y recrear su impronta creativa. En realidad, lo que ocurre es que estamos olvidando y le hemos perdido el respeto a una forma fundamental de arte nacional.

Pero el viacrucis aún no termina. Con la orden de dinamitación de las ruinas de la Base Caracas y de la Base La Guayra, se nos quiere despojar incluso de una de las cosas más sagradas en el hombre: el derecho a la memoria y a la historia. Si el Viaducto N. 1 jamás debió haber caído, mucho menos sus ruinas deben ser pulverizadas para desaparecerlas del mapa. Cada gramo de concreto pretensado anclado aún a las laderas de la cordillera de la costa es patrimonial, y merece permanecer en su lugar, consolidado. 


Así, por medio del efecto de lo que en arquitectura se llama lo “incompleto de la ruina”, al menos nos quedará el consuelo cada vez que pasemos por allí de volar con la imaginación y agregarle mentalmente a las antiguas bases colosales las cimbras aéreas y los tres arcos paralelos, desde ahora y para siempre faltantes.


Demolición del  Viaducto N. 1 (f. EL UNIVERSAL, 2006).





Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, Abril 3, 2006.



miércoles, 20 de marzo de 2019

Cuento de dos casas: la antigua casona de Blandín y la Casa Club

                 Casa de la Hacienda Blandín hacia 1922 (f. wwviejasfotosactuales.com).






1. Dèja Vû
A la entrada del Caracas Country Club todo visitante se topa con una placa colocada allí en 1982, que dice: “Esta casa, sede del Caracas Country Club, fue construida en el año de 1929, en el sitio exacto donde estuvo la antigua casona de la Hacienda Blandín, lugar en el que se tomó la primera taza de café cultivado en el valle de Caracas, en el año de 1786”. Muy próximo a la placa, sobre un caballete de madera, se exhibe igualmente un dibujo original del proyecto de dicha residencia, proyectado por el arquitecto germano-californiano Clifford Charles Wendehack en 1928. El dibujo en cuestión, un hermoso alzado hecho a creyón, ilustra la que luego con el tiempo se convertiría en la vista canónica del edificio: la vista sur, con el Avila al fondo, mirando sobre lo que fueron los cafetales de la Hacienda Blandín.

Atravesando el salón principal, unos pasos más allá, se sale a un corredor abierto, una suerte de veranda, de arquería, que unida a su terraza es uno de los principales belvederes monumentales de Caracas. Desde allí, la vista del paisaje es espléndida… como siempre lo fue. Si volvemos sobre las palabras de la placa: “…esta casa fue construida en el sitio exacto donde estuvo la antigua casona de Blandín…” es imposible no empezar a retrazar mentalmente ambas casas, la de 1780 y la de 1928, superponiéndolas, y comenzar a conjeturar sobre qué otras coincidencias nos legaron los refinados arquitectos protagonistas de esta historia, que tan bien procuraron hacer uso –y preservar para la posteridad- las destrezas de la primera casa en beneficio de la segunda. Nada más asomados desde los arcos, ya hemos comprendido que nos encontramos ante uno de los más notables palimpsestos arquitectónicos de que se tenga noticia en el valle.

2. La Casa de Blandín

Pocas casas de hacienda del valle de Caracas cuentan con la suerte de haber tan sido minuciosamente descritas por algún viajero como lo fue la Casa de Blandín, gracias al diligente y detallista Coronel William Duane. Por ende, pocas son tan susceptibles de ser reconstruidas virtualmente. Hoy, resulta más que plausible trazar el dibujo de su planta basándose tan sólo en la lectura de su Viaje a la Gran Colombia 1822-1823.

Sabemos por Duane que Don Bartolomé Blandín, su primer propietario – y plausiblemente, también el primer arquitecto de esta historia-, a fines de los 1780s “…hízose de nueva y hermosa casa que ensanchó, y fue ésta la solariega de la familia Blandain”, en su hacienda del Valle de Chacao. Era pues, una casona rural de la época colonial tardía. Su descripción, de inicios de la era republicana, aún permite claramente tener una idea de cómo estaban organizados la arquitectura y el territorio.  

Por el texto aprendemos, por ejemplo, que la desaparecida arquitectura estaba “situada a más de una milla del camino que lleva hacia Petare” (su exacta coordenada norte) y que la vía de acceso hasta ella – hoy la Avenida Principal del Country- fue desde siempre más o menos paralela a la Quebrada de Chacaíto extendiéndose “a lo largo de la acequia por la cual corre el arroyo que riega la plantación de café, y que por ella se abre paso hacia el Guaire”. Este fue un tema típico de las entradas a las haciendas en el valle de Caracas, origen de las repetidas avenidas arboladas norte-sur de las urbanizaciones entre los 30 y los 40, Vollmer (San Bernardino) y la Avenida del Parque (Campo Alegre), ambas alamedas de mangos, si es que es posible llamarlas así. 

Pero Duane nos ayuda aún más: nos indica que el cafetal se encontraba dispuesto a lado y lado, en “avenidas”, “entre el camino y la residencia”, y que “la graciosa erytrina”, es decir, un macizo de bucares, “interceptaba la vista de la casa hasta que uno se encontraba ya muy cerca”. Basta sustituir imaginariamente la naturaleza de las plantaciones, y ya aparece ante nuestra vista el acanalado paisaje agrícola de Blandín, salpicado de altos árboles y blandido en dos por la senda principal. 

Pero, ¿qué más dice de la arquitectura de la casa? Pues bien, habla ante todo de la presencia de un gran patio exterior “adoquinado”, de ciento ochenta y tres por doce metros, zurcado de varios canales de agua, al que se le entraba “por la parte oriental”: el patio del café. Uno de estos canales “descargaba sus aguas en una gran pila circular de mampostería, construida a un nivel inferior”. Al cruzar dicho patio abierto, se menciona un “ala izquierda” de la casa, el ala utilitaria (con molinos, pilones, sitios de limpiar el grano, almacenes, talleres, una herrería y una carpintería), lo cual nos permite conocer que eran dos los cuerpos que formaban el conjunto: el ala izquierda y el cuerpo principal. Dicha ala es dejada atrás al ir en pos de la puerta, desde la cual se ingresaba a “un espacioso salón que daba a la parte sur”. Este es el legendario salón del arpa francesa, pieza central del mobiliario, que estaba tutelado por un gran y único cuadro, un retrato de Bolívar, salón que se volcaba sobre la vista del paisaje.

Plano de la Casa Blandín y sus alrededores (f. National Park Service/Frederick Law Olmsted National Historic Site - Archivo Fundación de la Memoria Urbana).


Quienquiera que desee recrear el plano de la Casa de Blandín, también sabrá por el texto sus medidas: la fachada -principal, intuimos- tiene de más de dieciocho metros, y es simétrica, con un par de aposentos a cada lado, de seis metros de lado cada uno, entre los cuales “se extiende un corredor con pilares de bambú, que sostienen –bajo las vigas maestras- la parte frontera del techo, cuya altura no es inferior a seis metros”. Al centro está un segundo patio, el interno, que “era de ladrillo”, “construido en alto”; y “alzado un metro ochenta del suelo”. Un patio se asoma sobre el otro gracias al gran vano central en la fachada sur, cosa que confusamente Duane intenta explicar. Con más claridad, da cuenta del tema de las instalaciones, ya que el arroyo “después de hacer girar la rueda del molino”, suplía “el agua necesaria para el consumo doméstico, así como para la cocina, lavandería y baños”.

Para el Coronel, las diversas secciones del edificio, que consideraba “realmente espléndido”, eran “perfectas”. Y hasta alcanza a darnos la descripción exacta de su estructura, que para aquél entonces – y por temor a los temblores (hay que recordar que la original Casa de Blandín fue parcialmente derruida por el terremoto de 1812)- estaba compuesta de bambú y bahareque. Conocedor, la compara con un exótico “bungalow” bengalés, al cual se asemejaba no solo en sus materiales, sino “en su forma, anchura y elevación”. Y tal cual un bungalow, tenía columnas de bambú, una “verandah” a la manera del Indostán, circundada de habitaciones, y un gran techo de tejas “de una sola pieza” que cubría toda la casa … Es decir, el más pleclaro estilo arquitectónico de las Indias occidentales.

Recientemente, todas estas apreciaciones suyas pudieron ser constatadas y ampliadas, al hacer aparición en escena el plano de levantamiento de la antigua Casa de Blandín dibujado en 1928 por la oficina de arquitectura paisajista Olmsted Brothers, cuando ésta estudiara del paisaje de las haciendas para el proyecto de diseño urbano del Caracas Country Club. El plano, titulado “Plano de la Casa de Blandín y sus alrededores”, confirma todas las descripciones del bueno de Duane: allí está la casa con su irregular ala oeste junto a la Quebrada de Chacaíto, aunque mucho más grande de lo que hubiéramos podido deducir jamás del texto; allí su geométrico cuerpo principal, mirando al sur, sobre el extenso patio de café. Allí, la gran pila donde “nadaban peces de color oro y plata”, que si bien no terminó siendo circular –un error atribuible a la distancia y a la perspectiva- sino elíptica, estaba situada efectivamente al sur, y perfectamente alineada con el eje de simetría principal de la casa.

Pero la mejor nueva son los datos inéditos que aporta el plano. Revela que la Casa de Blandín tenía un Rond Point junto a su fachada este, al final del camino principal de la hacienda, para uso de coches y cabalgaduras; que el puente original estaba también construido junto a la casa, sobre la Quebrada de Chacaíto, en la continuación del camino principal hacia el norte; y que, además de las grandes extensiones de cafetales, Blandín contaba al noreste – donde hoy están el parque infantil y el tennis-, con una extensa área de huertos y lo que parece ser un jardín geométricamente plantado.

 El proyecto de M. Mujica Millán, Caracas 25 de septiembre de 1928 (f. Graziano Gasparini y Juan Pedro Posani, Caracas a través de su arquitectura, Fundación Fina Gómez.,Caracas, 1969, p. 305)

3. Una nueva casa
La historia continúa durante todo el siglo XIX con la preservación de la Casa de Blandín por sus herederos prácticamente intacta hasta el día de su demolición, en 1929. Aunque sabemos por un par de imágenes de comienzos de los años veinte, que para ese entonces ya había dejado de ser un romántico bungalow de bambú, y ahora, aunque con la misma composición, era de robusta mampostería. Cuando el Sindicato Blandín la adquiere de su último propietario, imaginamos que se le vuelve impracticable a los fines de proveer espacios para todos los nuevos usos que implicaban un club de golf de diecioho hoyos y la urbanización. Por lo cual, la Casa de Blandín desaparece… mas al parecer, sólo físicamente.

La sabia decisión de encargarle el proyecto del Caracas Country Club a Olmsted Brothers afecta profundamente no solo la manera como se aborda el tema general del paisajismo, sino cómo se enfocará también la concepción de la nueva casa club. La línea de la firma, desde tiempos de Frederick Law Olmsted, había sido desde siempre la preservación de la naturaleza americana a fin de traspasarla como legado escénico a las generaciones futuras. Este particular punto de vista hace inmediatamente apreciar a los arquitectos el protagonismo que ejercía en el paisaje de la hacienda la Casa de Blandín, así como su señorial arquitectura, su armonía compositiva, algunas de sus sabias ideas ya comprobadas en el terreno, y su circunstancia de terraza panorámica sobre el valle de Chacao.

De allí que tomen la decisión en el plan maestro – como prueban los planos del proyecto- de reedificar en el mismo sitio casa sobre casa, reeditando para la casa club la condición de enclave central de toda la composición que tenía la vieja casona en sus dominios. Esta admirable decisión, que erige toda la operación en un ejemplo de persistencia y respeto a la memoria del lugar, fue acompañada de otras también muy importantes: la ratificación del camino de chaguaramos de la hacienda como avenida principal del nuevo suburbio, del sitio sobre la quebrada del viejo puente colonial para el nuevo puente de tres arcos (hoy lamentablemente perdido) y de las áreas verdes de los viejos huertos y jardines.

De resultas a lo dispuesto por los arquitectos paisajistas, el Sindicato Blandín en septiembre de 1928 llama a un concurso internacional de arquitectura, en el que hasta ahora solo sabemos compitieron el arquitecto de origen español Manuel Mujica Millán, y el arquitecto triunfador, Clifford Charles Wendehack. Nuestra hipótesis es que para participar en el concurso, estos arquitectos recibieron al inscribirse algunas de las decisiones de diseño ya predeterminadas por los Olmsted. Cuando se admira la bella perspectiva que nos queda de la entrada de Mujica Millán en el concurso, es clarísimo que en su versión de la Casa Club, donde versionaba a La Alhambra, hay indicios de elementos que pertenecen a la Casa de Blandín: allí está la veranda; allí el mismo patio elevado; allí la simetría de los dos volúmenes enmarcando el vano central de la columnata. Y podríamos seguir…

El caso es que Wendehack, “el más prominente diseñador de casas club de la era” en los Estados Unidos, triunfa. El deberá ser el artífice del palimpsesto arquitectónico que se pretende construir.

4. La Casa Club
Wendehack adereza el planteamiento. Inmediatamente se ocupa, aparte de respetar el sitio original de la casa principal de la Hacienda Blandín, de idear un nuevo lenguaje arquitectónico. Hábil intérprete de los estilos (Colonial Americano en la casa club de Forsgate (New Jersery, 1929), Tudor Inglés en la de Norwood Country West (New Jersey, 1919), Moderno en la de Bethpage Park (Farmingdale, Long Island, 1934 y Misional Español en la de Douglaston Park (Little Neck, Brooklyn, 1927, para citar solo algunos de sus diseños), había publicado justo antes de ganar este concurso un par de muy difundidos libros: Casas Holandesas tempranas de New Jersey (1925), que nos habla de su amor por las viejas casas de abolengo, y, más importante aún, Golf & Country Clubs: un survey de los requerimientos para la planificación, construcción, y equipamiento de la Casa Club Moderna (1929), en donde aparece como el mayor especialista contemporáneo en la materia.

El proyecto de Clifford Charles Wendehack (f. Archivo Histórico Caracas Country Club, 1928).

Wendehack tuvo, que, digamos, empezar por “recetar” el sabor apropiado para Blandín. Del estilo empleado en su Job N. 447, se han dicho muchas cosas. Unos han dicho que es Neohispánico, comparándolo con el Monasterio de Santa María de la Rábida en Huelva; España Otros, que es más bien “arábigo” (Zawisza, 1988), y el resto, que es Neocolonial Californiano (Colmenares, 1989), basándose en el auge que para la época tenía ese estilo internacionalmente gracias a “la famosa exhibición Panamá-California realizada en San Diego en 1915, dirigida por el arquitecto Bertram Grosvenor Goodhue” y a “la ruptura arquitectónica que muestra Caracas con respecto a las formas afrancesadas y los eclecticismos europeos” que favoreció al patrimonio histórico venezolano. Todas estas aseveraciones tienen algo de cierto, a las que habría que agregar que la Casa Club de Douglaston Park -diseñada y construida al mismo tiempo que la de Caracas-, fue clasificada por el Registro Nacional de Edificios Históricos de los Estados Unidos como Spanish Mission Style. Lo que nos lleva a suponer que es posible que la Casa de Blandín tuviera más de una heredera… 

 
Plano de replanteo (f. National Park Service/Frederick Law Olmsted National Historic Site – Archivo Fundación de la Memoria Urbana).

Finalmente, en otro plano del proyecto de Olmsted Brothers, titulado “Plot Plan” (Plano de replanteo), podemos ver cómo termina la historia de estas dos casas. Allí encontramos al palimpsesto arquitectónico ya plenamente representado: planta sobre planta, las dos casas están superpuestas una sobre otra a la misma escala.

La Casa Club, aunque a muchos esto pueda sorprenderles, es más pequeña que la Casa de Blandín: ¡casi la mitad! Vemos cómo Wendehack parte para su proyecto del patio original colonial, habiendo colocado patio sobre patio, y organizado la nueva arquitectura a partir de los viejos ejes de simetría. Con maestría, permite que se perciba el corazón de la vieja casa, al articular los volúmenes sueltos de las diversas dependencias alrededor del patio, engarzándolos graciosamente en la periferia como satélites neocoloniales. En ambas casas, la orientación es exactamente la misma; en ambas casas, hay un estanque de agua al sur de lo que era el patio de secado original y un rond point oriental; en ambas casas, un gran salón este-oeste se instala entre el patio interior y el paisaje, los jardines están el este, y la vista, al sur. Y en ambas casas, una veranda simétrica contempla inamovible el espléndido panorama.

El proyecto de Wendehack fue construido por el maestro Carlos Guinand Sandoz, el último de los arquitectos de esta historia, quien complementó muchos de los pormenores del diseño con magníficos aportes personales. Pero ésa es otra historia que aún habrá que contar... De la segunda Casa de Blandín, inaugurada el 12 de Diciembre de 1930, solo nos queda decir que ha contribuido a nuestra preferencia por las arquitecturas que nos dejan una inquietante sensación de dèja vû





NOTAS
1. Belén Rodríguez de Mendoza y Carlos F. Duarte. En: Testimonio de la Hacienda Blandín, Cromotip, Caracas, 1982.
2. Coronel William Duane.Viaje a la Gran Colombia 1822-23, en: Testimonio de la Hacienda Blandín, Op. Cit., 1982, pp. 30-36.
3. Colección del Frederick Law Olmsted National Historic Site.
4. www.golfclubatlas.com.
5. Clifford C. Wendehack. Golf & Country Clubs: A Survey of the Requirement of Planning, Construction, and Equipment of the Modern Club House, New York, William Helburn, Inc., 1929.
6. C.C. Wendehack. Early Dutch Houses of New Jersey, The White Pine Series of Architectural Monographs, Volume XI, Number 3, Russell F. Whitehead, New York, 1925.
7. Leszek Zawisza. Inventario del Patrimonio Arquitectónico Venezolano, Código MI-L.4-1-M, Ficha No. 1/11, Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, UCV, Caracas, 1988.
8. José Luis Colmenares. Carlos Guinand Sandoz, Colección Documentos para la historia de la arquitectura venezolana contemporánea, Claderca C.A., Caracas, 1989, pp. 80-89.



Publicado en: revista Entresocios, Caracas, 2006.





Caracas Paradiso


 Detalle de la fachada norte de la Villa Planchart (f. Ana Luisa Figueredo, 2006)





It was the year 1953. A South American couple takes the decision of lending on the hands of Domus magazine´s Director, Milanese architect Gio Ponti –whom they did not know, except for the magazine itself-, their most precious possesion: the absolute finest property in the city of Caracas, placed on the valley´s highest hilltop with breathtaking vistas that vanish in the landscape. Up to here it already looks like an extraordinary story.

But there´s still much more to tell: multitalented Ponti had never been before in Venezuela; Armando and Anala Planchart, well-bred “Caraqueños” and both art lovers, did not want to dwell anymore in a traditional house. Ponti ignored how the plant that produces orchids looked like; the Planchart´s were not only orchid collectors, but wanted to exhibit their collection in their new surroundings; and while the architect was not familiar with distant Caracas, Mrs. Planchart demanded to see El Avila mountain from every newly-conceived single space…

And right on the studio´s drafting table in Via Dezza they met: Ponti and the Plancharts, with more than an ocean stucked between them; both, in front of a huge slice of drafting paper. What would later turned out to be –according to Ponti himself- his masterpiece, began to be drawn that morning, tangled amongst the images of his 1940s Mediterranean white houses, plunged on the sea views, and the diamond-shaped forms that also became part of the magnificent Pirelli Tower. The Villa Planchart –a.k.a. El Cerrito- and this story, multiplied on four hundred designing letters, on a profuse project and on an exquisite art, object and furniture collection all shipped expressly from Italy, next year (2007) arrive to their 50th anniversary.

While that day comes, the Fundación Armando y Anala Planchart, has forwarded the creation of a cultural centre in the property, seeking to provide for the preservation and the maintenance of the villa and its gardens and of a house for the elderly also built by the couple. Step by step, the Italian arch that once docked on a Caracas hill, prepares to sail on again, this time with the good news of an spotless architectural paradise.




Published: Andrew MacNair, editor. ZAPP, New York City, February, 2006.


Caracas Paradiso

 

Era el año de 1953. Una pareja suramericana roma la decisión de dejar en las manos del director de la revista Domus, el arquitecto milanés Gio Ponti -a quien no conocían, excepto por la revista-, su más preciada posesión: la mejor propiedad de la ciudad de Caracas, ubicada en la colina más alta del valle, con magníficas vistas que se pierden en el paisaje. Hasta aquí ya todo luce como una extraordinaria historia.

Pero todavía queda mucho por contar: el prodigioso Ponti nunca había estado antes en Venezuela; Armando y Anala Planchart, ambos caraqueños cultivados y amantes de las artes, no querían seguir viviendo en una casa tradicional; Ponti ignoraba cómo era la planta que produce las orquídeas; los Planchart eran no solo coleccionistas de orquídeas, sino que además querían exhibir su colección en su nueva residencia; y a pesar que el arquitecto no estaba familiarizado con la distante Caracas, la señora Planchart deseaba ver la montaña del Ávila desde cada uno de los espacios que él iba a concebir.

Y allí, sobre la mesa de dibujo en el estudio de Via Dezza se encontraron: Ponti y los Planchart, con más de un océano de por medio; frente a una enorme hoja de papel de croquis. La que más tarde se convertiría -según el mismo Ponti- en su obra maestra, se empezó a dibujar esa mañana, mezclada entre las imágenes de sus blancas casas mediterráneas de los 40 volcadas sobre la vista del mar y las formas adiamantadas de la magnífica Torre Pirelli. La Villa Planchart -alias El Cerrito- y esta historia, multiplicada en 400 cartas dibujadas, en un profuso proyecto y en una exquisita colección de arte, objetos y muebles enviada expresamente desde Italia, el año próximo (2007) arribará a su 50 aniversario.

Cuando la construcción de la villa empezó en 1954, Ponti comenzó a llamarla "mi joya", quizás ya imaginando su iluminador destino. En 1970, los Planchart crearon la Fundación Anala y Armando Planchart para velar por el ancianato que habían construido en las afueras de Caracas y para preservar su casa para la posteridad. Luego de donar ambos edificios a la fundación, vivieron en la villa hasta su muerte. Armando en 1978, Anala en 2005. Ahora la casa y sus jardines tienen un nuevo e importante rol; el de modelo para el naciente movimiento por la preservación de lo moderno en Latinoamérica.

Desde 2005, la villa sirve de sede para las muchas actividades culturales de la fundación, así como de extensión de la Embajada de Italia en Venezuela, albergando su apretada agenda cultural y social (Venezuela tiene la cuarta comunidad italiana más grande del mundo). Hoy espera por la construcción de un auditorio, a ser semienterrado en la colina, para ampliar su función de centro cultural. La villa "prediletta" de Gio Ponti está por empezar a vivir un nuevo capítulo de su maravillosa historia.




Publicado en: Andrew MacNair, editor. ZAPP, Nueva York, Febrero, 2006.