domingo, 28 de junio de 2009

Torres de planos

La Torre Pirelli tras el choque de una avioneta suiza Rockwell Commander 112 de un solo motor, el 18 de abril del 2002 (f. swissinfo.ch).





1. Con la faz abofeteada
La Radio Popolare de Milán había decidido ayudar a la hija del arquitecto en hacer pública su protesta frente a lo que lucía como una amenaza cierta: los actuales inquilinos de la Torre Pirelli (1959), obra del maestro de la arquitectura moderna Gio Ponti, recientemente dañada tras el choque espectacular por la avioneta de un suicida, estaban pensando en hacer una “reinterpretación” de la fachada al ir a emprender rápidamente las costosas reparaciones (la torre fue prácticamente atravesada de lado a lado). Tan grave desprecio de los sublimes proyectos de Nervi y del Studio Ponti, Fornaroli & Roselli estaba suscitando en toda la ciudad una acre polémica. ¿Cómo era posible que hoy en Milán, la capital italiana del diseño, pudiera siquiera considerarse la posibilidad de una reconstrucción libertina-no respetuosa del edificio? ¿Será el espíritu de los tiempos?

La Radio Popolare, emisora tradicionalmente luchadora y denunciante de toda injusticia sabía que aquéllo solo podía explicarse por la poca cultura de los jefes de las oficinas oficiales que ocupan la Pirelli (algo así como la gobernación local), a quienes el exquisito diseño original de Ponti, imagen de toda la ciudad, les importa un bledo: les basta con que la torre siga dominando la plaza. Para muestra de ésto, estaba su amenaza reciente de imprimir sobre los vidrios de toda la fachada sobre la Piazza del Duca d’Aosta su logo gigantesco… una abominable práctica publicitaria que solo abunda en países donde el respeto por la cultura arquitectónica no existe. Valga como ejemplo local el ignominioso trato que le están dando a la Torre Polar en Plaza Venezuela sus inquilinos, dueños y anunciantes, con el vulgar aviso gigante (donde, en este momento (2002), “Sí Hay” abuso contra la ciudad), que mancha y borra la noble presencia arquitectónica de este favorito ícono moderno de la ciudad, como si fuera una bofetada propinada en su mismísima cara. La Pirelli se salvó por poco de ésa; la Polar, lamentablemente, no.

2. Como era
Pero aunque en Caracas vivimos en medio de una barbarie urbana, pudo nuestra ciudad acudir en ayuda de Milán. Librado el “Pirellone” por el clamor popular de la afrenta de la despreciable valla en su fachada, corría todavía un nuevo riesgo: el de verla reconstruida libertinamente con un detallado distinto, el de verla ocupada internamente con otros diseños de tabiques y plafones distantes de los originales esquemas de espacialidades internas. Estos diseños ya no emplearían los finos detalles originales pontianos.

Aunque todos los planos de la torre están guardados en la Universidad degli Studi di Parma en el Archivo Ponti, y aunque sendos juegos de copias se guardan en los depósitos del edificio, nadie garantizaba que serían seguidos al pie de la letra. Es entonces cuando Radio Popolare, en su emisión en vivo del pasado Jueves 25 de Abril de 2002, a las ocho de la noche, decide entrevistar a la hija del arquitecto. “Puede decirle a nuestros oyentes, ¿Qué opinión guarda usted al respecto?”
 
Letizia Ponti no vaciló. Había estado estudiando por días su respuesta. Y se había paseado por algunas notables reconstrucciones: la del Pabellón alemán de Mies van de Rohe en Barcelona, que no fue destruido, sino desmantelado en 1929; la polémica sobre el sustituto potencial de las siniestradas Torres Gemelas; los muchos casos de reconstrucciones en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, Berlín, Varsovia; la obra póstuma de Wright. De todos éstos, finalmente seleccionó un caso extremo para ejemplificar lo que hay que hacer con la obra maestra de su padre: la historia de las dos reconstrucciones de las fachadas de la Torre Europa de Caracas tras sus dos siniestros, reconstrucciones hechas exactamente según sus planos, y que honran a nuestra ciudad al punto de poder ser citadas como ejemplo.

Y así lo dijo al periodista: “La Torre Pirelli debe ser reconstruida como era, al igual que lo fue la Torre Europa de los arquitectos Benacerraf, Fuentes & Gómez en Caracas. Sus planos deben ser vueltos a usar, y su arquitectura reconstruida exactamente en toda la belleza de sus detalles”. Es decir, queridos oyentes, si en Caracas lo han logrado, si en esa lejana ciudad, abatida por la anarquía, la desmemoria y el irrespeto, lo han logrado, queridos milaneses, entonces con más razón debemos de hacerlo nosotros aquí... Cabe recordar que Letizia Ponti conoce bien Caracas desde los años cincuenta, cuando vivió junto a sus padres el maravilloso episodio de la Villa Planchart. Un puente arquitectónico y humano se tendió entre ambas ciudades desde entonces, del cual este testimonio radial es una nueva prueba.

3. Planimetrías como garantía
Aseguran quienes han dado la lucha en el resguardo de la memoria urbana de las ciudades de Venezuela, que luego de las derrotas sucesivas o del desconsuelo, lo único que deja una esperanza es el testimonio que podamos hacer de las arquitecturas y de los fragmentos urbanos amenazados. Levantar, fotografiar, dibujar, describir, relatar.

El más grave problema, por ejemplo, que enfrenta el triunfo del reciente amparo para proteger los conjuntos urbanos patrimoniales y las arquitecturas de la Avenida Lecuna, es la falta de registro de lo que antes había. La magnífica Torre Pirelli puede ser reconstruida, porque sobran los elementos para hacerlo; no hay nada más hermoso que ver el archivo de planos originales en canson de la Torre Europa guardados en su archivo. Pero, ¿qué hacer con El Conde, qué hacer con las arquitecturas anónimas de La Lecuna y de San Agustín del Norte? ¿Dónde están los cuadros de Canaletto o las fotos de Atget que nos permitirían reconstruir o siquiera reinterpretar lo que tan injustamente nos han arrebatado?

Esta historia de dos torres que mutuamente se ayudan a través del océano, es un llamado a la reflexión, y a la necesidad de que los organismos competentes y las universidades se aboquen, con urgencia, a registrar, registar, registrar nuestras frágiles realidades urbanas, calle por calle, edificio por edificio de caraqueña arquitectura... en torres de planos.



La Torre Pirelli, Gio Ponti (f. Sergi, 2007. Flickr.com).




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 5 de Mayo de 2002.

sábado, 13 de junio de 2009

El fantasma

Villanueva fantasma (f. Paolo Gasparini).



"Una cadena circula a través de nuestra existencia,
enlazando lo que ya está muerto con lo que está plenamente vivo”
Marcel Proust.1

Un sábado en la noche, tuvimos la suerte de pescar en ValeTV una serie de la BBC –a la que ya no pudimos dejar-, titulada The Hemingway Adventure. La aventura en cuestión no era otra que la filmación de un individuo que tenía la pauta televisiva de recorrer el mundo siguiéndole los pasos a toda huella, a todo vestigio, a toda memoria que hubiera dejado sobre la faz de la tierra Ernest Hemingway.

Una idea genial para una serie. En ella se mezclaban en forma muy actual los documentales de descubrimiento de paisajes del mundo con los programas sociologizantes que muestran las culturas humanas, con una suerte (por lo aventurero de las peripecias registradas en cámara) de re-edición de Indiana Jones, pero literario.

Armado de una casaca de khaki, de un sombrero de cazador de patos y de un bolso de municiones repleto de libros del perseguido autor, el presentador británico iba de Madrid a Venecia, de Idaho a París, de Key West a Cuba y hasta al corazón de Africa, hasta el mismísimo nacimiento del Nilo, esforzándose obsesivamente en usar los mismos medios de locomoción y de vida originalmente empleados por el incansable “Papa” en sus escarceos trotamundos, de la bicicleta a la avioneta al tanque de guerra al bote de remos, y de la canoa al lomo de caballo palomino hasta las motocicletas con remolque.

La pesquisa del fantasma de Hemingway por todas sus casas y todos sus lugares (que invariablemente ostentan un orgulloso “Aquí estuvo…”) discurría entre lo patético, lo tragicómico, lo poético y lo maravilloso, y uno no sabía si reir o estar agradecido, porque todos los sentimientos del espectador se iban confusamente mezclando… Lo más increíble era la constatación del grado de veneración mundial hacia los instantes de vida de un hombre notable, de un ídolo bienamado, por más volátiles o fugitivos que éstos fueran. Como su paso por un puente de provincias en bicicleta o, peor aún, su provisión de víveres en la bodega del pueblo: “aquí E H compraba sus lombrices de tierra para irse a pescar lubinas”, práctica que se exageró hasta el punto de conducir al célebre cartel disuatorio en la entrada del famoso mesón madrileño Botín, en los bajos de la Plaza Mayor, que reza sobre el dintel:

“Hemingway NO estuvo aquí”

El espectro de la veneración es variopinto, y es una de las inclinaciones a las que más está dada nuestra época. Valga otro ejemplo, aún más suculento: Ediciones Gallimard publicó el año pasado (2001) la obra de un cineasta-escritor llamado Jérome Prieur, quien se dió a la tarea de perseguir por París el paso de Marcel Proust, itinerario-homenaje que culminó en el genial libro Proust fantasma.2 Otra afortunada noche tuvimos el chance de agarrar al vuelo una entrevista que le estaba haciendo Radio France a Prieur. En ella él se preguntaba qué es la vida de un escritor, pero sobre todo, qué es lo que queda de ella. De nuevo, como en la serie de la BBC, su libro “no es una biografía, sino una aventura”. Lo importante es que el fantasma del personaje perseguido sea de novela, preferiblemente negra. Los lugares habitados por su presencia, las escenografias abandonadas, “algunas fotos, cierta suerte de reliquias, de marcas medio borradas, de relámpagos de luz, de brazadas de pequeños recuerdos, sirven de talismanes”. Todo es bueno para volverle a dar cuerpo a ese ser invisible, para adivinar a qué se parecía cuando era de este mundo, para “invocar su imagen como se invoca a los fantasmas”.

Prieur se dispuso entonces a recorrer la ciudad de París dispuesto a hallar todas las reencarnaciones de Proust. Así, enfrentó la redacción de todas las vidas imaginarias discurridas en paralelo a la que tuvo realmente, exhumando página tras página en las calles, en las habitaciones, en los edificios parisinos, el soberbio cuerpo arquitectónico proustiano. Escuchó su voz, miró por sus ojos “de mirada de mil facetas como la de las moscas, mirada de lobo que engorda todo lo que toca”, surfeó sobre las ondas del pasado y elaboró toda una nueva teoría de los espectros, donde, fuera del tiempo, gracias a los miles de ex-votos dispersos por París, se puede hacer reaparecer a ese hombre invisible, intocable, que, sin cuerpo, permanece vivo –“vivant"- en la ciudad. Las expediciones de Prieur pueden lucir como obsesión, es cierto, y hasta como cursilería, pero, es innegable que, como médium amantísimo, nadie como él para hacer aparente y traducir para los menos sensibles la “bruma de las inhalaciones urbanas”. La ciudad se llena de nuevas estaciones solemnes de peregrinaje.

Uno podría bien resistirse a los mitos, y evitarlos. Y negar, reconocer que existen. Pero éso, solamente, no los borra. Yo misma, luego de haber participado en uno de los equipos que trabajaron en el recién concluido (2002) "Concurso de Calidades Urbanas para la Zona Rental Norte de la UCV", quiero dar fe aquí de un tercer delicioso ejemplo de freudiano reencuentro con el fantasma de un ídolo en una ciudad. La ciudad es ésta, Caracas, y el fantasma es el de Carlos Raúl Villanueva.

En las bases del exitoso concurso tenemos un hermoso ejemplo de una comunidad arquitectónica que, como una hija tentada y atormentada, se debate ante cometer o no un parricidio. En la Zona Rental Norte yacen, nada más y nada menos, que las fundaciones y siete sótanos construidos de la Torre Rental, el edificio no-construido del maestro, cuyo proyecto terminado hasta el último detalle reposa en la Planoteca de la Universidad Central de Venezuela.

De una manera inconsciente, las directrices geométricas del rectángulo existente de la torre inacabada norman todas las líneas de diseño del conjunto que el nuevo edificio deberá seguir: sus ejes compositivos marcan todo con villanuévica cardinalidad. Ni qué decir que, consecuencia de este insconsciente respeto a la obra de un maestro fenecido, a la que sin embargo se quiere borrar del mapa y sustituir con unas enanas torrecillas, algunas propuestas buscaron olímpicamente suplantar la torre de Villanueva con una “mejor”, otras le pasaron por encima con un bucólico pasillo de adoquines y otras la dejaron como un resto arqueológico plantado de vegetación. Las cinco propuestas que compitieron, animadas, o poseídas, más bien, de este villanuévico espíritu, hacen de acuerdo a las estrictas bases, “ejes de la torre”, “halles de la torre” o “cortes volumétricos”, que responden a los alineamentos que “vienen de la torre”.

La Torre Rental, presente en el insconsciente de los organizadores del concurso, rechazada y a la vez imposible de olvidar, nos hace recordar las palabras de Proust, cuando escribía: "el presente inscribe también frente a nosotros palabras con las cuales no sabemos qué hará más tarde nuestro destino. Y una cadena circula a través de nuestra existencia, enlazando lo que ya está muerto con lo que está plenamente vivo”.3



Portada del libro Proust fantôme, de Jérome Prieur. 






NOTAS
1. Marcel Proust. Textos reencontrados.
2. Jérome Prieur. Proust fantôme, Le cabinet des lettrés, Editions Gallimard, Mayenne, 2001.
3. M. Proust. Op. Cit.



Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, 11 de Marzo de 2002.



domingo, 7 de junio de 2009

Mitologias de la ciudad


"Casa Colonial. Caracas, Venezuela" (Postal. Archivo Fundacion de la Memoria Urbana).



“La literatura sirve para devolvernos un pedazo olvidado
o ignorado del mundo en que vivimos".
María Fernanda Palacios.1

Las grandes lagunas de la conciencia urbana suelen comúnmente taparse de manera disuasoria. Automáticamente le achacamos toda amnesia a la escasa historiografía arquitectónica producida por nuestros autores el siglo pasado sobre la historia urbana de Caracas y todas las ciudades de Venezuela: todo quedó por sentado en los pocos textos fundamentales; todo lo demás son grandes misterios o grandes mitos solares. 

Todo está por verse (o nunca estará por verse), todo está disperso, todo era escaso (o convinimos en creer que es escaso). Los planos se perdieron, las fotos se borraron, los textos no existen. A nadie se le ocurre atreverse, por lo menos, a fabular. Para muestra de ello quizás el ejemplo de la ciudad colonial sea el más paradigmático y patético de dicho automatismo. Hace muchísimo tiempo que la comunidad arquitectónica nacional dio por sentado que había que abandonar toda búsqueda de los vestigios arquitectónicos y urbanos coloniales, ya que "la ciudad moderna barrió con todo" y, aparentemente, nada quedó. Caracas es la ciudad de América con menor cantidad de fábrica colonial, que le vamos a hacer, asunto terminado. Somos modernos. Evviva.
  
Todo intento es vano. Para que remover los escombros de una realidad oscura si su sombra nos basta, si con ella nos contentamos bien pronto. Del siglo diecisiete, del siglo dieciocho "no tenemos nada", y por ende poco pesa en nosotros. Como esos parcializados historiadores de la urbanística mundial, que obvian (2002) el capitulo de la ciudad latinoamericana por ser "otra simple retícula colonial más", dejándola de lado en libros y enciclopedias del saber urbanístico, dos mil ciudades producto de las Leyes de Indias en América birladas de un plumazo por virtud de un albur, eso parecemos... La herida la dejó abierta Carlos Raúl Villanueva en su libro Caracas en tres tiempos.2 Allí, el álbum de fotografías tomadas por el mismo de las más hermosas casas coloniales de la ciudad ya anunciaba tanto la desaparición inminente de esas mismas casas como el inicio del tácito mea culpa (que nos alcanza a todos) por la destrucción que traería consigo el impulso renovador que sobrevino tras la construcción de El Silencio. 

El vértigo de la suplantación nos ha succionado en su vorágine desde entonces. Las cosas en la ciudad no se quedan intactas con nosotros lo suficiente como para que nos apropiemos psicológicamente de ellas. Hay un vacío, sin embargo, que no podremos por mucho tiempo seguir dejando sin atender. No es posible que en la historia urbana de Caracas hayan silencios de cien años, o que carezcamos, por ejemplo, de un plano que narre la evolución de las haciendas en el valle, o de otro que intente dibujar las arquitecturas domésticas del centro histórico antes del siglo veinte.

Afortunadamente, esta ciudad es infinita, y otros indómitos espíritus levantan sus voces para darnos renovados ánimos. Espíritus que no se contentan ni con las verdades a medias, ni con las historias contadas hace tiempo. Su heroica resistencia al status quo de lo que se tiene como cierto abre de nuevo la lectura de la ciudad desde ángulos inesperados de sí misma. Por ejemplo, están los apetitosos anuncios que nuestro admirado Carlos F. Duarte hace al respecto, cuando nos dice: “detrás de los muros de las aberrantes construcciones, en el fondo de los patios, debajo de los escombros, tras las fachadas prostituidas del centro histórico y de sus áreas aledañas, se encuentran esperando por ser descubiertos insospechados vestigios de nuestra ciudad colonial”. Pilas, patios, cisternas, tumbas, fragmentos, huellas de toda índole. Confundidas con lo contemporáneo, enmarañadas en la obscena realidad… O, adicionalmente, cuando vemos que empieza a levantarse por doquier la sospecha de la existencia de toda una ciudad colonial virtual descrita en las actas testamentarias de las archivos históricos de Caracas, esperando por a ser levantada por algún infógrafo cartógrafo que podamos generosamente proveerle. Casas y haciendas descritas en manuscritos por pintores y escultores o arquitectos, planos minuciosos doblados en sobres hechos por abogados del Rey o de la república… un caudal de información dormido en arcas promisorias.

Así, nuestros renovados ánimos se han coronado gloriosamente este sábado pasado, con el bautizo  en la Librería Estudios de esta ciudad del asombroso libro de la profesora María Fernanda Palacios, Ifigenia, Mitología de la Doncella criolla, su esperado trabajo de veinte años. Entre las inagotables maravillas de esta obra que lo dejan a uno paralizado de admiración -valga decir, en absoluto estado de shock-, ésta comprende un magistral primer capítulo, titulado “Mitología de la casa”, que habrá que hacerles leer a todos los estudiantes de arquitectura de ahora en adelante, por decir lo menos.3 Es, sin duda, es el texto más sensible e inteligente aparecido sobre el tema de la casa criolla desde que Graziano Gasparini publicara en 1962 La casa colonial venezolana… hace ya cuarenta años. (2002).

Magníficamente escrito, mejor documentado, divinamente pensado y argumentado, este libro es, sobre todo, una especie de epifanía anunciada: algo que la ciudad esperaba ya hace mucho tiempo. ¿Hay que aclarar que son las amorosas, eruditas, apasionadas lecturas como ésta las que ahora justamente más le hacen falta a Caracas?… Aunque hay que estar claros: es muy difícil que ninguno de nosotros pueda llegar siquiera a rozar el discurrir de la profesora Palacios, acucioso, creativo e incansable, por las líneas y entrelíneas de la novela Ifigenia de Teresa de la Parra.

Por ello, ¡quién pudiera atreverse a pedirle que lo siguiera haciendo pero esta vez en el gran libro que es esta ciudad para poder lograr develarnos todas sus otras mitologías, todas sus corrientes sumergidas! Y, si como nos dice: “la literatura sirve para devolvernos un pedazo olvidado o ignorado del mundo en que vivimos o de la historia en que estamos ensartados”, los arquitectos debemos estarle agradecidos por habernos devuelto la casa criolla en todas sus estancias e instancias, y por habernos demostrado con sublime tino cómo habita en sus profundidades “el corazón salvaje de la ciudad”.4

Portada del libro Ifigenia, Mitologia del Doncella Criolla.
 




NOTAS
1. Maria Fernanda Palacios. Ifigenia. Mitología de la Doncella Criolla, Ediciones Angria, Caracas, 2001.
2. Carlos Raúl Villanueva. Caracas en tres tiempos, Caracas.
3.4. M.F. Palacios. Op. Cit., 2001.




Publicado en: Arquitectura, EL NACIONAL, Caracas, lunes 25 de febrero de 2002.






domingo, 24 de mayo de 2009

El golfo triste

"Estatua de Colón en el Parque Los Caobos. Caracas, Venezuela" (Postal. Archivo Fundación de la Memoria Urbana).




 


1. Conmemoraciones
Hacia 1893, cuando se acercaba el Cuarto Centenario del Descubrimiento de esta tierra de gracia, la Presidencia de la República estaba presta a inaugurar una nueva etapa en la historia de la estatuaria caraqueña que enaltecería la máxima albertiana renacentista que dice que las estatuas son “el más excelente entre todos los recursos para hacer perdurar maravillosamente la memoria”: la de la Estatuaria Monumental Urbana.1

Como nos cuenta Guillermo José Schael, “la estatua de Cristóbal Colón fue erigida con motivo de la llegada del Almirante en su tercer viaje, a las costas de Venezuela, el 1º de agosto de 1498”. Su sitial fue un espacio urbano de nueva planta que se bautizaría como “Plaza/Bulevar Macuro”: una plataforma rectangular elevada casi medio metro por sobre el nivel natural de la calle, limitada por una balaustrada de piedra, situada entre las esquinas de López y de Romualda, donde hoy está “el cruce o paso a nivel de las avenidas Urdaneta y Fuerzas Armadas” (frente a donde se ubican los libreros de viejo).2 El “Monumento al Golfo Triste” no comenzó, pues, simplemente como una estatua.

Hagamos memoria urbana: este monumento era la combinación de un memorial, de una columna conmemorativa y de un espacio público… Algo significativamente innovador para la Caracas de la época, y totalmente cónsono con los monumentos que por el aniversario del descubrimiento se estaban levantando en todo el continente. Hace 110 años, la tropical capital finisecular celebraba sus acontecimientos históricos de acuerdo a la más actualizada cultura urbana internacional… ¡Qué tiempos aquéllos…! El monumento al Almirante fue encargado al escultor venezolano Rafael de la Cova (Caracas, 18-, La Habana, 18-), en 1893. En 1906 toda la operación conmemorativa ya aparece reseñada en el “Plano de Caracas” de R. Razetti como “Plaza Macuro”.

De la Cova, de los mejores escultores de su época junto con Eloy Palacios, “se formó inicialmente en la Escuela Normal de Dibujo”, alcanzando a “recibir orientaciones de Martín Tovar y Tovar”.3 Luego en Roma, entre 1870 y 1877, estudiaría escultura y fundición, es decir, que esculpía y fundía sus propias obras, con el surplus adicional de calidad a la obra de arte que esto significa (quizás por éso el Colón no se quebró tan rápido como hubieran deseado sus verdugos el pasado -2004- 12 de octubre).

De la Cova se convierte así, gracias a la oportunidad del Cuatricentenario del Descubrimiento, en pionero de la Escultura Monumental Urbana en Venezuela, junto con el también venezolano Eloy Palacios. Y es que Palacios seguiría la saga urbana inaugurada por su colega en la Plaza Macuro al diseñar años más tarde (1906-11) su “Monumento a Carabobo” (o “La India”) en la Avenida Páez de El Paraíso, también como una columna conmemorativa –esta vez una columna-chaguaramo, y esta vez, además, dedicada a exaltar no a Colón sino a los indígenas-. Es paradójico encontrar ambas temáticas unidas de manera tan hermosa en la historia del arte y del urbanismo caraqueños, influenciada la una por la otra, para que luego, un siglo después, nos veamos sometidos a tan grotescos espectáculos como si eso no hubiera pasado nunca…

Entre las demás obras del escultor caraqueño están el “Monumento a Ricaurte y Girardot” (bronce, ca. 1898) que está en el Trébol de La Bandera, en la Avenida Nueva Granada; el Antonio Leocadio Guzmán (1893) de la Plaza El Venezolano; el Bolívar pedestre que estaba en la vieja Universidad, hoy Palacio de las Academias (¿alguien concoe su paradero?), y el importante Bolívar ecuestre que prácticamente abre sobre la Quinta Avenida de Nueva York la entrada al Central Park, otro elegante aporte del Ilustre Americano a la memorabilia nacional, y que une indeleblemente en esta historia de memoriales colombinos a las ciudades de Caracas y Nueva York.

2. El círculo colombiano
El año de 1883 era el Centenario del nacimiento del Libertador y el gobierno venezolano “decidió erigir una estatua ecuestre del Libertador en el Central Park, la cual fue fundida por la firma local Heny & Bounard”.5 Una década sumamente conmemorativa. La estatua fue concluida en 1884 e inaugurada por Guzmán Blanco, quien iba de camino a París. Un par de cuadras más al oeste, sobre la misma calle 59 entre la intersección de Broadway, Central Park West, y 8th Avenue, se crearía un nuevo espacio urbano emparentado en intenciones y alcances con nuestra Plaza Macuro, Columbus Circle (el Círculo -o la Redoma- de Colón). Columbus Circle, a diferencia de su contemporáneo caraqueño, hoy subsiste incólume en la fábrica urbana neoyorkina.

El monumento a Colón –de Manhattan- consiste en una columna “rostral” (porque estaba sembrada de rostros alusivos a la epopeya del Descubrimiento) “hecha de mármol de Carrara de veinticuatro metros de alto”, y coronada también como la caraqueña por una estatua de Colón hecha por el artista Gaetano Russo que fue añadida en 1884, donada por los italianos a la ciudad y develada el 12 de octubre de 1892”.6 El colombiano círculo permacería desde entonces en su santo lugar marcando, como luego haría el Colón caraqueño con el Parque Los Caobos, la entrada sur-oeste de Central Park. Sabiendo como sabemos que el Colón de Dela Cova fue también fundido en Nueva York, tenemos entonces una línea de columnas conmemorativas sucediéndose unas a otras en el tiempo y en el espacio: la rostral neoyorkina, la de la naos macuriana y la de la India del Paraíso...

La mudanza del “Monumento al Golfo Triste” a las inmediaciones de lo que será más tarde la Plaza Venezuela se reseña en los planos de la ciudad en 1934. El nuevo lugar es un jardín sembrado de flores, un “Paseo” Colón, un lugar con personalidad propia, por lo que concluimos que quien lo diseñó entendía muy bien que no podía hacer desaparecer un espacio urbano de la ciudad sin reemplazarlo con otro, y preferiblemente superior en calidad.

Y así fue: el nuevo “Paseo Colón” (1934) gana en monumentalidad por la ideoneidad escénica de su nueva ubicación: sobre una colina, mirando el Parque Los Caobos. Colón, señalando con la diestra el horizonte, ahora nos recuerda el primer nombre con que bautizara a Paria: “Los Jardines”. Y este parterre de flores, en medio del cual reapareció en los años treinta el monumento luego de que las obras preliminares del ensanche de la Avenida Urdaneta lo sacasen del Centro Histórico, merece también ser reconstruido, cuando, habiendo restaurado a Colón y a su doncella ofrendante, las instituciones patrimoniales competentes resarcen a Caracas de tan pasajeras tristezas.


(f. "Colón en el golfo triste". Ciclomontañistas, 2007. Flickr.com).



NOTAS
1. Leon Battista Alberti. De Re Aedificatoria, Libro VII, Caps. XVI y XVII.
2. Guillermo José Schael. La ciudad que no vuelve, p. 87.
3. GAN. Diccionario de las Artes Visuales en Venezuela, 1982, pp. 114-115.
4. Leszek Zawisza. Arquitectura y Obras Públicas en el siglo XIX, III, p. 174.
5. L. Zawisza, L. Op. Cit.
6. The New York City Encyclopedia.





Publicado en: en_Caracas, N. 1.27, Caracas, viernes 22 de Octubre de 2004 y en Opinión, @EL NACIONALweb, 2015.




Barriologías

(f. "Ranchitos en Caracas", 2009. Flickr.com.





Hace más de tres años escribí un artículo en El Nacional titulado “Barriología napolitana”. En aquel momento, el CONAVI aún estaba bajo el mando de Josefina Baldó y Federico Villanueva, arquitectos que habían enfrentado de una manera nueva y harto razonable la rehabilitación de los barrios como un problema de renovación urbana. Es decir, como lo que es: hacer ciudad.

Antes de que el programa en cuestión fuera inexplicablemente suspendido, prácticamente todos los arquitectos a quienes les fueron confiados algunos barrios del área metropolitana coincidían en verlos como “un incipiente fenómeno urbano, como una proto-ciudad otra que Caracas”. Cosa que me parecía adorable, pero muy susceptible de crítica. Por lo tanto, ironizaba yo entonces (2001) que el punto de vista consensual compartido por la mayoría de quienes trabajaban en los Proyectos de Renovación Urbana de los Barrios, es que “todos andaban por ahí enfrascados en un enternecedor romanticismo de sospechosa reminiscencia Neo-Hippie, utopolizando ciudades nuevas donde prácticamente nada había aún, idealizando escarpados pueblos insulares del Mediterráneo y midiendo y remidiendo tramas urbanas de pinta medieval o en su defecto musulmana, con viejos números de la revista Process Architecture bajo el brazo, mientras que recorrían a pie peligrosamente, los ojos brillando, los caminos verdes de la Gran Caracas…”.

Yo temía que todo su esfuerzo sólo iba a servir para que nos quedáramos en la etapa arqueológica de la contemplación o, cuando mucho, en la consolidación de las estructuras de cada sector objeto de estudio, zanjando para siempre la brecha enorme entre la ciudad informal cerro arriba y la ciudad informal valle abajo. Dos ciudades, dos tramas, dos mundos urbanos separados, y ahora sí, para siempre, y no una sola, continua y espléndida trama caraqueña.

Los barrios estaban siendo tratados “como Mykonos, como Anacapris, o como Amalfis tropicales. Como floraciones, especies nuevas, como ´tejidos informales´ que debían ser escrutados bajo el microscopio con atención hasta llegar a descubrir sus intríngulis urbano-ambientales, sus oportunidades de intervención, su composición morfológica, las particularidades de sus espacios públicos y los elementos singulares de su estructura urbana. Sólo de la mitología propia de cada barrio se podía partir para poder definir las propuestas que aseguraran su futuro urbano…”. Todo lo cual estaba muy bien, si se trataba de consolidar ruinas etruscas, pero nunca si se trataba –como se trata- de construir la ciudad contemporánea y del futuro, de la cual los barrios son su territorio por antonomasia, ciudad nueva que debería ir de la mano de la historia del urbanismo universal y del arte de construir la ciudad.

Hoy, cuando con ciertos signos esperanzadores que provienen del recién creado Ministerio de Vivienda y Habitat, parece haber una nueva oportunidad para los Proyectos de Renovación Urbana de los Barrios de Baldó/Villanueva y su equipo, queremos traer a colación todas las barriologías alternativas que surgieron durante el ínterin temporal de la suspensión del programa. Por ejemplo, -para nombrar solo algunas- los puntos de vista artísticos que aportaron quienes llevaron los barrios a la Bienal de Arquitectura de Venecia, o la idealización del espacio urbano concatenado y vertical de las largas escalinatas en los cerros emergida en algunas propuestas en otros medios, o las iniciativas de construcción de ciudad de algunas aisladas cooperativas vecinales de avanzada, y –Last but not Least- nuestro propio reclamo a tanto organicismo asumido a ultranza a fin de que se reconsidere su Arquelogía inversa. Porque como decía yo, (idealizando como idealizo a la ciudad de Nápoles, a Nápoles, la magnífica, a Nápoles, la de la sorprendente superposición de todas sus ciudades invisibles, al arquetipo de ciudad vertical), “para que los barrios de hoy se vuelvan la urbe del mañana, nada peor que errar la escala urbana de las referencias, y pensar en Positano cuando se está a la vera de la rica y compleja capital del Reino de Nápoles”.  

Y hoy vuelvo a hacer la pregunta: ¿qué hacen los barriólogos napolitanos? Evidentemente, no “urbanismo sin arquitectos”. Si no más bien, saber exactamente “cómo su ciudad creció, cómo colonizó los cerros, cómo salvó todos sus barrancos haciendo de cada brinco una obra de arte, cómo signó el accidentado paisaje con redobladas creaciones, belvederes en pendiente, calles panorámicas, retículas aragonesas, coronas de Capodimonte, cómo siendo pobre ha sido siempre rica y cómo allí los miserables son millonarios de tánta ciudad, desde que los romanos se inventaron una villegiatura de terrazas escalonadas y anfiteatros, hasta que los renacentistas hicieron sus plazas en rampa y los barrocos sus palacios en escalera y los del período floral sus pallazinas en escorzo que llamaban Paradisielli". Una ciudad que conoce su historia, no puede sino recrearla constantemente. No le tiene miedo a crecer… porque sabe cómo hacerlo para perseguir una unidad de espléndido valor formal. Esa debería ser nuestra meta. Pero, ¿cómo lograrlo, “si a cada barrio se le busca una historia distinta, si a la ciudad la dejamos aquí abajo, y nosotros, los expertos en su historia, en su forma y en su diseño, estamos reacios a usar nuestras herramientas más clásicas para hacerlos a todos una?” 

La pregunta, tres años más tarde, sigue vigente. O más urgente aún que entonces, luego de la horripilante visión estos últimos tiempos de tánta torpeza arquitectónica y pedestres emplazamientos anti-urbanos de los módulos de Barrio Adentro. Por ello me atrevo a repetir, cual ritornello, que “los valores urbanos intrínsecos de los barrios existen, sí, pero que mitificarlos también es un crimen, que consolidar sus casuísticas naturalezas urbanas es condenarlos a su marginalidad para siempre”, y que “hay que llevar la ciudad a los cerros, para que, de vuelta, ella pueda devolvernos los cerros”.


(f. Camarógraforeggae, 2008. Flickr.com).



Publicado en: en_Caracas, N. 1.24, Caracas, viernes 1 de Octubre, 2004.

 

domingo, 17 de mayo de 2009

La Autopista Is Almost Right

Primer emplazamiento de la estatua de María Lionza al pie del Puente de los Estadios (f. Archivo Fundación de la Memoria Urbana, 1954).




Luego de más dos años (2004) de intensa calle, la mutante más hermosamente violenta de Caracas ha sido la autopista. Desde que Robert Venturi en su libro Aprendiendo de Las Vegas (1972) diera la absolución al popular strip, nunca se había producido en la historia del urbanismo universal otro perdón urbano tan estupendamente colosal como el que hemos hecho los caraqueños con la Autopista del Este.
 
De ramplón backyard por el que la tienen ciertos anacrónicos funcionarios patrimoniales, la autopista es en realidad el orgullo de una ciudad cuya más importante oferta cultural ante la humanidad es su modernidad. Monumento longitudinal de concreto, gloria de su generación, orgullo de los cincuenta, está sensual, escultórica, voluptosamente trazada. Sus musculosas involuciones formales, hechas para ser recorridas a gran velocidad, apreciadas desde la lentitud del paseante la repotencian como vanguardista promenade; un paseo ideal para la celebración contemporánea de sus largas fachadas urbanas y de su propio paisaje megaestructural.
 
Y es que aparte de ser el único espacio urbano caraqueño en que puede materializarse físicamente lo de aquí cabemos todos, el "Paseo Fajardo" emergió como un teatro químico armado de una multípoda fauna ingenieril de distribuidores particularmente proclives a mutar con furia: en Explanada monumental (La Bandera), en Encrucijada de peregrinaciones (Santa Fe), en acústico teatro al aire libre (loops menores) y en Belvedere monumental/set (Altamira)... Fauna a la cual habrá que sumarle los paseos dentro del paseo de sus rampas y sus rectas, unas, por su sutil efecto de tribuna, y las otras por su derecho propio como “avenidas” temáticas.
 
Como la vegetal “Avenida de Ceylan” que se creó entre el Jardín Botánico de Caracas y Parque Los Caobos, donde habrá que ir pensando en las bandejas verdes que salvarán el río... y como la teatral “Avenida Olímpica”, que ha venido funcionando por medio siglo en torno al vértice urbano del monumento de María Lionza, verdadero circo máximo caraqueño que habrá que monumentalizar aún más para sacarle mayor partido a las fuerzas telúricas del sitio.
 
Es por ello que se caen por sí solos todos los tercos alegatos intentando justificar el absurdo de darle al Monumento a María Lionza otro espacio en la ciudad que obviamente no necesita, teniendo ya uno, e inigualable. Cuando Carlos Raúl Villanueva la puso en la autopista lo hizo con mucho tino. Y es que él si sabia bien lo que ésta significaba. La autopista se inauguraba como el cauce fulgurante de la modernidad; en ella la estatua emerge como el pivote imantador de todas las energías, vinculando el norte y el sur, es decir, la Universidad Central de Venezuela y su Zona Rental, que no hay que olvidar que Villanueva estaba pronta a desarrollar él mismo.
 
Allí, Yara quedó en medio de la gran ciudad ucevista. Con sus brazos alzados, se une a los mástiles de las luces de los estadios haciendo el mismo gesto vertical victorioso del Atlante de Narváez, portando a su vez el fuego olímpico como el pebetero oficial de la Villa Olímpica universitaria. En ningún otro lugar tendrá mayor visibilidad, ni estará de mejor manera unida a la historia de la ciudad, tanto de la universitaria como de la de Caracas. Y es a este enclave justamente que la poderosa imagen artística de la diosa y el mismo culto le deben gran parte de su persistencia en la memoria y en el incosciente colectivos, valores tardíamente reconocidos por sus empecinados mudadores.
 
Por ello, cuando leemos a la oficiosa oficina de prensa de Fundapatrimonio trabajando arduamente para intentar mantener viva una polémica que de suyo hace rato esta ciudad ya dejó atrás, no podermos sino querer recordarles los casi dos años de voluntad ciudadana manifestada públicamente pidiendo “déjennosla en su lugar de siempre”, reclamando respeto a la memoria urbana de Caracas, al lugar que ha sido sacralizado en la autopista y al diseño del elegante espacio urbano hecho por Villanueva entre los museos, patrimonio urbano de esta ciudad que ellos desprecian, y temiendo por la remoción de las energías del Genius loci y el desastre incontrolable que puede desatar su traslado a la Plaza de los Museos. 

Como grandes chamanes de lo desconocido, estas autoridades y sus asociados vuelven a la carga inexplicablemente, a pesar de que solo con las razones urbanísticas que se han esgrimido ya habr
ían sido defenestrados en el pasado hacía ya bastante rato. Nada ha sido suficiente para demostrarles que dos piezas idénticas de relativo valor magnético colocadas en el mismo paisaje urbano, lo que hacen es que se anulan mutuamente. O lo que es lo mismo: Kaput.  

¿Que harán ellos cuándo la restaurada diosa y su plástica réplica se vean –todavía- ridículamente próximas? ¿Qué harán cuando las vean perder toda su fuerza, y no digamos la urbana, si no la telúrica? ¿Qué harán cuándo la estatua original, plantada en medio del vacío monumental y calificado que hiciera Villanueva (de nuevo, el irrespetado Villanueva) se erija como inefable peñasco atravesado en medio del Eje Mayor de la ciudad, en su escollo y obstáculo? ¿Y qué harán cuando la Yara de plástico luzca tan cheap como una Barbie, contribuyendo con aún mas con la “calcutización" de Caracas, un efecto banalizador del espacio urbano que ya hemos experimentado con horror en la ciudad de Maracaibo? 

Seguramente, no será a Robert Venturi a quien invoquen por clemencia.





María Lionza en la autopista.

 


Publicado en: en_Caracas, N. 1.06. Caracas, viernes 28 de Mayo de 2004.